Coahuila
Por Irene Spigno
Hace 3 años
Una de las principales diferencias entre los seres humanos y los animales es que los primeros poseemos el don de la palabra, aunque los segundos también saben comunicarse eficazmente. Sin embargo, hablar es una acción necesaria pero no suficiente para comunicar. Si nos limitamos a hablar, lo único que hacemos es expresar lo que pensamos. Esta acción, aunque importante y protegida constitucionalmente, no garantiza que el mensaje que deseamos transmitir sea recibido por los destinatarios con el mismo sentido que pretendíamos.
Para comunicar de manera eficiente y eficaz, debemos ser asertivos y claros. Sin embargo, también es esencial contar con personas dispuestas a escucharnos y, especialmente, a entendernos. El trayecto entre lo que decimos y lo que el otro escucha parece ser rápido y directo, incluso en esta era globalizada, pero en realidad está plagado de dificultades y obstáculos que a menudo generan malentendidos, incomprensiones y conflictos. Considere el clásico juego del “teléfono descompuesto”.
Las incomprensiones provocan confusión, malestar y emociones negativas. En el contexto de los derechos humanos, pueden llevar a violaciones e injusticias. Las palabras no son meras palabras; son herramientas poderosas que pueden crear soluciones o agravar problemas.
Ciertamente, aunque las palabras sean precisas y faciliten una comunicación efectiva, no bastan por sí solas. Es esencial que a las palabras les sigan acciones coherentes orientadas a solucionar problemas. Sin embargo, para que estas acciones aborden problemas específicos, deben estar respaldadas por ideas claras sobre el contenido de los derechos humanos, las necesidades y demandas de las víctimas de graves violaciones, y, en particular, las obligaciones y responsabilidades de los funcionarios públicos.
Ante situaciones de violaciones graves y generalizadas de derechos humanos, como ocurre en México, es imperativo actuar para asegurar justicia, reparar los daños causados y prevenir futuras transgresiones. La magnitud de víctimas es tal que el escenario evoca al infierno descrito por Dante.
La situación se agrava al considerar que, a menudo, las soluciones propuestas carecen de practicidad y se implementan sin empatía. Aunque las autoridades se esfuerzan, sus acciones frecuentemente no tienen fundamentos firmes ni objetivos sensatos, resultando en desenlaces que difieren ampliamente de las intenciones originales. Esto se debe a que dichas acciones se basan en un diálogo ineficaz.
A menudo, no sabemos escuchar ni siquiera a quienes queremos y tenemos cerca, mucho menos a desconocidos que han enfrentado graves violaciones. Cuando un ser querido nos expresa una preocupación, nos cerramos, asumiendo que sus inquietudes carecen de base, evitando reconocer nuestras propias fallas en la relación. De manera similar, muchas autoridades tratan las demandas de justicia de las víctimas como si fueran peticiones infundadas, criticándolas por no expresar adecuadamente, según criterios legales, sus necesidades.
¿Dónde está esa empatía de la que todos hablan? Todas las personas sufrimos cuando nos sentimos confundidos o creemos que nos han perjudicado en algo valioso, ya sea emocional o físicamente. Además, quienes enfrentan graves violaciones a sus derechos humanos no solamente sufren una lesión jurídica.
Pensemos por ejemplo a las víctimas de desaparición de personas. Sus familiares sufren una violación demasiado profunda que les afecta en el alma, en su ser más vulnerable. Es una lesión tan grave a nivel emocional que genera angustia por conocer el paradero de sus seres queridos y rabia por tener que enfrentarse con un camino tortuoso que solo eventualmente y después de mucho tiempo podría llevarlos a encontrarlos.
El dolor que sienten es real y palpable; no podemos permanecer indiferentes. Buscan justicia y verdad. Lo que todo funcionario público debe comprender es que no puede haber justicia y verdad sin empatía, sin conectar con las emociones ajenas. Las víctimas son madres, padres, hermanas, hermanos, hijas e hijos; adultos mayores, niñas y niños.
La protección de los derechos humanos requiere empatizar con las personas, sus historias y emociones. La comunicación implica hablar para ser oídos, escuchar para comprender y entender para solucionar problemas y brindar apoyo. Escuchar con empatía es una manifestación de amor.
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