Coahuila
Hace 3 años
Para Alejandro Isidro Medina
Para quienes no practicamos ninguna religión, ni tampoco pertenecemos a organización alguna, la premisa fundamental que observamos en los asuntos relacionados con la fe es el respeto a la forma en que cada uno decida llevar su relación con el Gran Arquitecto. Ni promovemos, ni nos manifestamos en favor de cómo se lleve a cabo, eso es un asunto privado. Ello, sin embargo, no implica que dejemos de lado este tema desde una perspectiva histórica, especialmente en lo concerniente a cómo, a través de los tiempos, la alta jerarquía católica ha buscado retener a su clientela. Esa situación se presentó por vez primera durante el Siglo XIX una vez que la Leyes de Reforma y la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857 dieron fin al monopolio religioso que la Iglesia Católica ejerció por más de trescientos años.
Como consecuencia de lo anterior, se abrió la puerta para que llegaran otras interpretaciones de la fe. Ante ello, los miembros de la alta jerarquía católica emprendieron una campaña para evitar la desbandada de la clientela. En ese contexto, amonestaban a sus fieles para que no fueran a caer en el pecado de leer e interpretar la Biblia que era una de las banderas que utilizaban las religiones protestantes diversas las cuales en ese contexto estaban muy preocupados porque sus adherentes aprendieran a leer y escribir. Ya sabemos que, hasta antes de la llegada de la Reforma, la educación estaba en manos de los religiosos católicos. Gracias a esta situación, en esa época alrededor del noventa y cinco por ciento de la población mexicana era analfabeta. Las escuelas a cargo de dicho grupo tenían como objetivo que la mayoría de la población en edad escolar memorizara rezos y cánticos religiosos y si bien les iba aprendieran a escribir su nombre.
Estaban muy atentos para que a que a esa mayoría no se le ocurriera darle un mordisco a la manzana del conocimiento, ya ven lo que había sucedido con quienes lo hicieron hasta terminaron con el monopolio de la interpretación de la fe en México. Eso era un pecado que se agravaba al momento en que se abrió la puerta para que las religiones protestantes arribaron al país y se empeñaran en que su clientela interpretara y discutiera el contenido de la Biblia. Pero siempre habría alguien que estuviera dispuesto a defender la causa de la ignorancia, faltaba más.
Mientras los apátridas encabezados por el obispo de Puebla, Pelagio Antonio De Labastida y Davalos, andaban en Europa en busca del príncipe que nos viniera a sacar del salvajismo (¡!), acá se había quedado un trio que cerraba la pinza en pro de la ignorancia, un acto que disfrazaban como defensa del catolicismo ante la llegada del protestantismo. La primera voz estaba a cargo del arzobispo primo de Guadalajara, Pedro Espinoza y Dávalos. El primer acompañamiento de cuerdas era responsabilidad del obispo primigenio de San Luis Potosí, Pedro Barajas y Moreno. De la ejecución del requinto se ocupaba el obispo de León, Guanajuato, José María de Jesús Díez De Sollano y Dávalos. Los tres no ocultaban su animadversión hacia los protestantes y en ese sentido cada uno decidió interpretar una melodía en tono de carta pastoral. A principios de mayo de 1866, teniendo como fondo la música de un jarabe, Espinoza soltó de su ronco pecho la suya relacionada con “las Biblias protestantes que han comenzado a circular.” El tercero en hacerlo fue Barajas que al ritmo de son huasteco emitió la propia a finales de julio de 1866. De lo que habremos de ocuparnos es de la segunda que Díez De Sollano expuso, en modalidad de huapango arribeño, el 8 de junio de 1866. La melodía respondía al nombre de Séptima Carta Pastoral e iba dirigida a “sus diocesanos y en especial a su venerable cabildo, párrocos y clero contra el protestantismo.” Veamos cual era el contenido de la misma cuya extensión alcanzaba veintiséis páginas. Antes de que alguien por ahí nos vaya a endilgar algún sambenito en uno u otro sentido, aclaramos que los textos entrecomillados corresponden a la perspectiva emitida por el ciudadano Diez.
Tras de invocar al profeta Ezequiel y sus admoniciones para advertir a otros de los peligros o los males inminentes con lo cual quien emitía la alerta podría salvar su alma por haber señalado la maldad posible o el pecado a cometer. En ese contexto, Díez De Sollano escribía: “He aquí, hermanos, nuestra obligación y la vuestra; y he aquí también por qué, para cumplir por nuestra parte, os vamos a amonestar del peligro que más de cerca nos amenaza.” Eso era apenas para entrar en calor, el obispo leones no estaba dispuesto a que se le fueran los feligreses.
En ese contexto, les advertía que “este peligro es el PROTESTANTISMO [las mayúsculas son del texto original] que de mil maneras está haciendo esfuerzos por introducirse en nuestra sociedad, como os lo vamos a explicar. Si, pues, nosotros calláremos y por nuestro silencio se perdieren las almas de nuestros fieles , el Señor las demandará de nuestras manos , es decir, nos pedirá estrechísima cuenta por su pérdida; más si hablando nosotros y tocando la trompeta como el atalaya de Israel para advertir del peligro , nuestros hermanos e hijos no nos quisieren escuchar, ellos se perderán y morirán en su pecado; pero nosotros habremos salvado nuestra alma y no pesará sobre nosotros en el juicio de Dios la responsabilidad de su ruina .” Así que ya sabían los rejegos lo que les sucedería sino atendían la admonición del nativo de San Miguel El Grande, Guanajuato [en 1826 pasó a ser San Miguel de Allende] quien en plena carrera continuaba alertando de los peligros que implicaba que otros fueran a tomar un pedazo del pastel que había sido todo suyo.
“Decimos que el PROTESTANTISMO amenaza introducirse por todas partes; porque el PROTESTANTISMO consiste esencialmente en sacudir el suave yugo de la autoridad de la Iglesia.” ¿Podrá alguien pensar que la espada y el látigo producen algo blando al hacer uso de ellos? Pero José María no quería que se pensara eran cosas suyas, sino que invocaba al filósofo y teólogo español, James Luciano Balmes i Urpiá, quien viviera durante la mitad primera del Siglo XIX, para citarlo cuando escribía: “ Sus caracteres [del protestantismo] son: el odio a la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta.” Tras de ello, el que por nombre tercero tenía el de Jesús, especificaba que “este odio a la autoridad de la Iglesia es el que le ha sugerido mil medios para menoscabarla y, si pudiera, para destruirla. Entre estos medios, uno de ellos ha sido el establecimiento de las sociedades Bíblicas y en especial la de Londres con objeto de esparcir la Santa Biblia en todas partes, pero con tal que no sea bajo la inspección de la autoridad de la Iglesia, gastando para ello sumas inmensas, repartiendo los ejemplares casi dados, en idioma vulgar y con traducciones más o menos infieles, más o menos mutiladas, todo con el objeto antes indicado de pisotear la autoridad de la Santa Iglesia Católica. Y este es uno de los peligros de que os advertimos, hermanos nuestros, como muy inminente, pues ya circulan en abundancia las Biblias protestantes.” Díez De Sollano hablaba en nombre de quienes veían como otro de sus monopolios, la interpretación de la Biblia estaba en peligro de que se les terminara. Y para tratar de evitarlo, en lugar de someter a una confrontación los textos bíblicos que ellos argüían eran verdaderos con los que eran presentados por los protestantes, soltó algo que revelaba cual era en realidad su postura.
Intentando racionalizarla, el obispo de origen guanajuatense apuntó: “Explicaremos con una poca de más extensión el pensamiento indicado. No es extraño ni nuevo el sistema diabólico tantas veces ensayado de valerse de la verdad tergiversándola para llegar al error. Es bien sabido, v. gr., que desde la primera seducción en el Paraíso se valió el demonio de excitar el instinto o propensión natural a la ciencia, para engañar a nuestros protoparentes; que luego, para introducir en el mundo la idolatría, se valió de tergiversar las verdades naturales y aun las históricas para forjar la fábula, y con ella la Mitología, y con ésta, por último, la idolatría.” O sea que, para ese ciudadano, la ciencia era un asunto demoniaco, igualito a los que ahora dicen pertenecer al otro extremo. El pecado original no fue otra cosa sino morder la manzana del conocimiento y en el momento en que el ser humano lo hace se vuelve racional y es capaz de poner cada cosa en su sitio y no aceptar lo que otro le diga por mas que quiera presentarse como poseedor de la verdad eterna. Pero eso de pensar no era válido, todo lo que no se apegara a la verdad que el catolicismo promovía tenía origen demoníaco.
En ese sentido, escribía: “Es bien sabido que este mismo sistema ha ensayado para suscitar las persecuciones contra el cristianismo, llevando a los hombres por aplicaciones detestables de principios mezclados de verdades con mentiras, al odio y al furor contra el cristianismo. Ni fue otro el medio de que usó la astucia diabólica para introducir todas las herejías, sino el de tergiversar la verdad, valiéndose sacrílegamente de las mismas Sagradas Escrituras pésimamente aplicadas para sostener la herejía.” Este argumento era simplemente una excusa, en el párrafo siguiente quedaba al descubierto que era lo que realmente le preocupaba al obispo de León y a todos los miembros de su iglesia, que les cuestionaran el poder absoluto que ejercían autonombrándose poseedores de la verdad eterna.
Como acorde a Díez De Sollano, sin exhibir prueba tangible alguna, a él y a quienes ejercían el control de la empresa trasnacional mas antigua, se les escrituró el poder absoluto, nadie tenía porqué cuestionarlo. En ese contexto, apuntó: “No es, pues, extraño que siga este sistema la última de las herejías y que las abraza todas; esta herejía, que consiste esencialmente en la denegación de toda autoridad, en el despojo de la primera de todas las autoridades en la tierra, de la autoridad divina de la Iglesia, es el protestantismo…” Al parecer, sin embargo, la presencia de otras religiones en México les preocupaba muchísimo. No entendemos el motivo, si ellos se decían recipiendarios directos de la voluntad divina ¿Acaso temían que el dedo divino apuntara hacia otro lado? Vaya usted a saber, nosotros somos legos en asuntos teológicos. Pero, con toda certeza, en el Siglo XIX, los miembros de la curia católica tenían otros datos y de ahí su nerviosismo.
Según Díez De Sollano y Dávalos, el protestantismo “ha hecho , como los otros cismas y herejías que han disputado a la Iglesia parcialmente su autoridad en algún punto, v. gr. en este o aquel determinado dogma, en este o aquella determinada doctrina, en este o aquel ejercicio de su autoridad; sino que el protestantismo, despojando de un solo golpe a la Iglesia de toda autoridad y consistiendo esencialmente , como ha dicho el sabio Balmes , en protestar contra toda la autoridad de la Iglesia, y en el odio implacable a esa autoridad divina…” Insistían con auto investirse como representantes exclusivos del Gran Arquitecto y ser ellos los únicos que podían dar alguna interpretación a la Biblia, tal y como se aprecia en el párrafo siguiente.
Según el pastor del rebaño leonés, “no es extraño repetimos, que entre los medios adoptados por [el protestantismo] haya entrado, y no en último lugar, el de servirse del mismo sacrosanto Código de la verdad divina comunicada a los hombres y consignada por escrito en el libro por excelencia que llamamos Biblia, para engañar, seducir y corromper a los fieles, presentándoselo ¡cosa monstruosa, inconcebible! despojado de la autoridad nata que debía enseñárselos, que es la de la Iglesia.” Vaya concepto que tenían de su feligresía, la estimaban que vivía en los linderos de la ignorancia y eran incapaces de razonar y cuestionar lo que estuviera escrito en ese libro cuyo contenido es excelente, pero ¿es realmente divino algo que fue escrito por pecadores múltiples a través de los tiempos?
A lo largo de esta revisión, se han dado momentos en que no hemos podido abstraernos de recordar el pasaje, ocurrido en un país que ya no existe, que les narrábamos la semana anterior en donde un integrante de un grupo de hombres curtidos por los rayos del sol le reclamaba a otro con características similares. “mi Dios es mas poderoso que el tuyo.” Pero los del Siglo XIX iban más allá, lo que estaba en disputa era investirse como la autoridad única para leer e interpretar un libro que por excelente que sea no debía, ni nunca debe de estar, impedido de que quienes lo estudien discutan sobre su contenido en base a la interpretación de cada uno. Tan simple que hubiera sido plantear vamos a contrastar posiciones y a debatir sobre la interpretación de cada uno conforme a su perspectiva religiosa, si personajes como el ciudadano Díez de Sollano y Dávalos estaban tan ciertos de que eran los herederos de la divinidad ¿Cuál era el temor de que alguien los cuestionara? Pero esta es la perspectiva de un hereje, la semana próxima les presentaremos los argumentos que sustentaban la reticencia de los católicos a debatir con los protestantes en forma civilizada acerca de un documento en específico. Pero olvidábamos, aquella era una batalla por el mercado espiritual. [email protected]
Añadido (23.21.99) Si no se es gente de sombrero, ¿Para qué enjaretárselo? Al final, lo único que se logra es hacer el ridículo al colocárselo al revés.
Añadido (23.21.100) En todo lo que hemos estudiado de la historia patria nunca encontramos que a un presidente mexicano se le hubiera declarado persona non-grata en ninguna parte.
Añadido (23.21.101) Para no olvidarlo, el de naranja y el de guinda abrevaron del mismo aguaje.
Añadido (23.21.102) ¿Habrán entendido el mensaje que envió Citigroup o acaso creen que fue una ocurrencia?
Añadido (23.21.103) Mientras que, en el entorno mundial, su jefe anda de pilar a poste, el encargado de las relaciones exteriores brilla por su ausencia en eso de ocuparse de su chamba. Claro que tiene una disculpa, está atareadísimo tratando de que la encuesta dactilar salga a su favor. Al parecer olvidó que el dedito pertenece a la mano del aquel a quien ha descuidado.
Añadido (23.21.104) No, el país no necesita otros seis años de confrontaciones, con lo que llevamos hasta ahora es suficiente. El grito destemplado alebresta a las galerías, pero no sirve para sacarnos de la crisis que vivimos.
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