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Coahuila

¡Arriésgate!

Por Irene Spigno

Hace 14 horas

Querida amiga, querido amigo:

 

¿Cuántas veces has dejado pasar algo que querías por miedo? Quizás fue una oportunidad o proyecto profesional, un viaje o alguna experiencia de vida. Una conversación que nunca te atreviste a tener o una persona que te importaba. O quizás incluso una decisión que podría haber cambiado por completo tu vida.

Quizás te escondiste detrás de un sinfín de excusas racionales y conscientes, y de escenarios catastróficos que tu mente empezó a construir para justificar tu decisión de no hacerlo porque, inevitablemente, habría salido mal.          Nuestra mente se puede poner muy creativa cuando tenemos miedo y queremos encontrar argumentos racionalmente válidos para protegernos.

Quizás pensemos que lo que queremos no es conveniente o es demasiado complicado. Que hay que pensarlo más y esperar un mejor momento. O tal vez consideramos que no estamos suficientemente preparados, que no va a funcionar.

Y quizás algunas o todas estas razones sean ciertas y solamente tratamos de ser prudentes. Pero también puede ser que lo que a veces parece prudencia, en realidad, no sea otra cosa que miedo: a equivocarnos, a fracasar, a perder, a sufrir.

Quizás sea porque ya hemos tenido alguna experiencia poco positiva en nuestra vida o tal vez porque alguna otra vez no nos ha ido tan bien como esperábamos.

Sin embargo, debemos tener muy claro que la vida nos ofrece muy pocas garantías de que las cosas salgan tal y como las queremos y que, aunque no nos haya ido tan bien anteriormente, esto no significa que necesariamente vuelva a repetirse.

Pero, incluso así, muchas veces lo que nos paraliza no es solamente el miedo a que las cosas salgan mal. Ese miedo puede colocarnos en una pequeña pero segura zona de confort. Sabemos que, si no tomamos ningún riesgo, nada nos puede pasar.

Sin embargo, existe otro miedo que puede paralizarnos: el miedo a que las cosas salgan bien. Parece absurdo, ¿verdad?

Quizás llevamos mucho tiempo tratando de encontrar un proyecto profesional que nos entusiasme, pero cuando aparece lo que podría ser una extraordinaria oportunidad, nos enfocamos en todo lo que podríamos perder en lugar de arriesgarnos.

Decimos que hay cosas en nuestras vidas que queremos ordenar y cambiar, pero nunca empezamos a hacerlo porque realmente nos da miedo abandonar nuestra rutina, aunque sabemos que no nos hace bien.

Decimos que queremos una relación sana y bonita y, cuando encontramos a alguien que podría importarnos de verdad, levantamos defensas y terminamos autosaboteándonos.

Porque también las cosas buenas dan miedo, porque nos hacen más vulnerables. Si no tengo expectativas, tampoco voy a tener decepciones. Si no lo intento, tampoco voy a fracasar. Si no me enamoro, nadie va a romperme el corazón. Si no apuesto por algo, no corro el riesgo de perderlo.

Esta es la receta perfecta para protegernos, pero también para alejar la felicidad. Y quizás justo en este momento entra en juego el derecho a arriesgarnos, que significa poder tomar decisiones sin saber exactamente cómo van a terminar.

Poder intentar, cambiar, confiar, empezar de nuevo. Poder equivocarnos. Y también poder descubrir que aquello que tanto miedo nos daba podía hacernos inmensamente felices.

Por supuesto, arriesgarnos no significa ser imprudentes ni ignorar las señales de peligro. Significa entender que, después de haber pensado, valorado y tomado todas las precauciones razonables, llega un momento en el que tenemos que aceptar que no podemos controlarlo todo.

Porque para ser felices también hay que correr riesgos. Quizás el miedo nunca desaparezca por completo, pero no podemos darle tanto espacio como para permitirle decidir por nosotras y nosotros.

Así que la próxima vez que tengas delante algo que realmente quieres y tu mente empiece a enumerar todas las razones por las que podría salir mal, prueba a hacerte también otra pregunta: ¿y si sale bien?

Hay cosas que solamente podremos descubrir si nos atrevemos a vivirlas.

Así que, querida amiga, querido amigo: ¡arriésgate! Es tu derecho hacerlo.

 

 

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