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Autor Invitado
Publicado el jueves, 20 de octubre del 2011 a las 20:58
Monterrey.- El poeta francés Jean Nicolas Arthur Rimbaud, nacido un 20 de octubre de 1854 en Charleville, Francia, y que sólo 37 años después muriera en la ciudad de Marsella, el 10 de noviembre de 1891, fue catalogado, no en sus tiempos, como uno de los grandes autores de finales del siglo XIX; y ubicado, eso sí en su época, entre “los poetas malditos”.
Hace 157 años ya de su nacimiento pero su vida fue llevada al cine por Leonardo DiCaprio (Total Eclipse) en 1995.
Entre sus obras destaca Poesías (1863-1869), Cartas del vidente (1871), Una temporada en el Infierno (1873), Iluminaciones (1874), Cartas completas (1870-1891); y de sus poesías, según los especialistas, las más conocidas son: El barco ebrio, Vocales, Mi Bohemia, El corazón atormentado.
De sus frases que han sobrevivido al paso de los siglos se encuentran, entre tantas:
“La moral es la debilidad del cerebro.
Yo debería tener un infierno para mi cólera, un infierno para mi orgullo, y el infierno de las caricias; un concierto de infiernos.
Hay que ser absolutamente moderno.
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, herido por el trigo, a pisar la pradera; soñador, sentiré su frescor en mis plantas y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos: pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
La honestidad de la medicina me llena de dolor.
Espero a Dios como golosina”.
El baile de los ahorcados
En la horca negra bailan, amable manco, ¡Monseñor Belzebú tira de la corbata Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles: ¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza , ¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta! El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas; ¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos! ¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes Y de pronto, en el centro de esta danza macabra crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! .
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
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