Las raíces de la palabra filantropía provienen de dos vocablos griegos que, traducidos al español, son amor al hombre. En términos menos literales se puede interpretar como amor por la humanidad, un desapego, “casi natural”, de los bienes materiales propios con la intención de cederlos a otros para paliar sus necesidades más sentidas; esa es una de las características torales de un hombre filántropo.
Aunque, como la mayoría de las cosas en la sociedad, el altruista se puede pervertir al manipular sus actos benefactores, y detrás de ellos, perseguir objetivos políticos y/o económicos; o, en otros términos, utilizarlos con otros fines menos nobles, que el apoyar desinteresadamente a la población.
El empresario estadunidense Dan Price tiene una percepción negativa de los filántropos, particularmente de algunos empresarios de su país. Hace algunas semanas hizo unas declaraciones a los medios de comunicación: “Los multimillonarios pagan la tasa impositiva más baja de cualquier grupo de ingresos a nivel nacional, en el estado de Washington, los más ricos pagan 3% de sus ingresos en impuestos,” mientras que las contribuciones de los menos afortunados económicamente, llegan a 18% de sus ingresos. El empresario aludió que la información que daba a conocer provenía de una fuente federal.
Los comentarios del magnate norteamericano tal parece que son un “secreto a voces”, porque con antelación una organización civil también estadunidense publicó varios artículos sobre la riqueza de los estadunidenses más acaudalados y su contribución al erario federal. Los documentos (copias) filtrados tienen fuentes que se especula son agencias federales responsables de la captación de impuestos en la Unión Americana. Lo delicado del asunto, es que tuvo acceso a información fiscal confidencial, es decir, una filtración. Aún no se fincan responsabilidades, y el Gobierno se ha limitado a decir que ha abierto una carpeta de investigación para validar o deslegitimar lo publicado.
Una de las funciones de la organización citada, que por cierto no tiene fines de lucro, es el periodismo de investigación. Algunos de sus colaboradores sugieren, al hablar del sistema fiscal americano, que debe gravar la riqueza y no las percepciones, vetusta idea que muy probablemente retomaron de algunos economistas fiscalistas del país. Uno de los articulistas comenta algunas formas o argucias legales que se llevan a cabo sin violentar las leyes tributarias, para ahorrarse el pago de impuestos, por supuesto por la gente más rica del país, que aunque se incremente su riqueza, no está obligada a “colaborar” con el fisco. Enseguida se citan algunas:
1) Si se invierte en bolsa, y las acciones suben de precio, y por tanto el capital accionario se incrementa, el propietario de los “papeles” está exento de pagar impuestos, aunque su riqueza bursátil haya subido.
2) El hombre acaudalado puede solicitar créditos bancarios para invertir en proyectos productivos, cuya garantía o colateral puede ser su propia riqueza o capital; aquí la “argucia” técnica para birlar al fisco, o simplemente poner en marcha la elusión en el pago de impuestos, es que el costo del crédito, es decir, los intereses que genere, son deducibles de gravámenes, y además tiene el “plus” de ser exonerado del pago fiscal correspondiente si sus inversiones generan empleos, cuyos trabajadores (asalariados) irremediablemente pagarán impuestos.
3) Disminuir la carga fiscal a través de donaciones para la caridad pública, cuyos montos son deducibles.
En el caso de México, los artículos de divulgación (investigación) sobre temas impositivos y las “lagunas” fiscales son escasos, generalmente las opiniones editorialistas y ensayos periodísticos giran sobre temas coyunturales de economía o política, que cuando no son por encargo, hablan más de la forma que del fondo del asunto, destacando nimiedades, como por ejemplo, si el político traía los zapatos boleados o tuvo faltas de ortografía en lo que escribió, aunque ha habido casos como el de la “estafa maestra” y otros que ameritaron una investigación. Por ello, los recovecos y lagunas de las leyes fiscales quedan en manos de una élite de profesionales del derecho al servicio de conglomerados industriales.
La conclusión podría ser lapidaria: el periodismo de investigación parece ser que no le interesa al lector mexicano, y por lo tanto no es llamativo ni rentable, y por ende es desatendido.
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