Esa palabra se puso de moda en los años 80 en México. Especialmente en el ambiente político, se refería a proyectos que idealmente se podrían sostener con los frutos de su operación, sin necesidad de sangrar al erario.
Ese término, “autosustentable”, mostró una alarmante ausencia durante la existencia de los regímenes socialistas. Todo el bloque de la entonces llamada Cortina de Hierro, o Pacto de Varsovia, gozó de un inexplicable apoyo del capital internacional, época en la que fueron alejándose de la productividad y la tecnología, con excepción de la industria de guerra. Ese derroche de capital terminó en 1989-90, cuando los capitalistas extranjeros les cerraron la llave. La mayoría de las otrora poderosas y temidas dictaduras socialistas, en cuanto les fue quitado el yugo, optaron por la economía de mercado y son ahora productivas y exitosas, en eso, incluidos Vietnam y China.
Desde la concepción del Estado socialista que plasmaron Marx y Engels, aparecía el problema de que cualquier modelo era insostenible; un gobierno dirigido por inútiles, hostiles al capital, llevaba a desastres e incompetencia.
Aprovechando el natural porcentaje de la población de resentidos sociales, instauraron sus sangrientos gobiernos y, en lo único que fueron efectivos, fue en llevar hambre y dolor a millones de familias en forma vehemente.
En el creciente desastre socialista mexicano, vemos proyectos cada vez más grotescos, anunciados con bombo y platillo, proyectos que prometen ser solución a los males del pasado, un saqueo descarado durante la realización del supuesto proyecto y, una vez terminado, así como pariente en terapia intensiva, vemos que costará un potosí y nunca servirá.
La manipulación política en México tiene mucho poder. Así como en la religión hay muchos nombres para el mal, así vemos conceptos de los que cualquier hombre inteligente o de bien debe alejarse, conceptos como “neoliberal”, “derecha”, “clasista”…
Pero también, oscuramente, cancelan toda posibilidad a personajes como Diego Fernández de Cevallos, Jorge Castañeda, Ricardo Anaya y, actualmente, Ricardo Salinas Pliego.
La labor de un presidente no es un acto elevado a los cielos. Cuando el elegido conoce sus limitaciones, primero debe reconocer que no es poseedor de la nación, ni estará eternamente en el poder, y que debe entregar la nación en mejor condición que como la recibió.
Debe tener la sencillez y sabiduría para rodearse de personajes superiores a él en diferentes temas, escucharlos y enriquecerse de ellos para tomar las mejores decisiones.
Debe tener la calma para conceder ayuda sabia a los necesitados. La entrega de recursos de cualquier tipo no necesariamente es solución.
Desde el momento de ser declarado presidente de todos los ciudadanos, debe gobernar para todos. Desde ese momento ya no es integrante de un partido, religión o grupo, y debe actuar siempre como un empleado del país.
Debe regirse por la idea de que el gobierno solo debe gastar un monto igual a lo que recauda; el dinero ajeno nunca es para llevar justicia a nadie.
Las fuerzas del orden son herramientas que está obligado a usar para vigilar que todos, sin excepción, obedezcan y respeten la ley.
Un país regido por sus leyes, administrado honestamente y con una población educada y capaz atrae capital.
Y no debe olvidar que la educación es probablemente la única arma que podrá darle a muchos mexicanos para valer y ser respetados, no solo en suelo nacional.
Cuando eso suceda, estaremos viendo una nación autosustentable, sin discursos patrioteros.
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