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¡Aventura en un pueblo fantasma!

  Por Néstor Jiménez

Publicado el domingo, 2 de mayo del 2021 a las 04:15


Buscando la verdad sobre la leyenda de unos vagones repletos de plata, recorrimos el antiguo y fascinante paraje.

Cuatro Ciénegas, Coah.- En medio del inmenso valle enclavado entre la sierra de Marcos y Pinos y La Purísima existe un poblado que el tiempo castigó, pero, se niega a desaparecer a pesar de las inclemencias de cronos quedando sus ruinas como mudos testigos de épocas llenas de una bonanza espléndida.

Las calles en su mayoría calzadas de grava con su piedra suelta, mostraban las paredes de aquellos cuartos de adobe que se trataban de casas grandes al pie de las faldas del inmenso cerro.

Para llegar hasta ahí tuvimos que adentrarnos en aquella distante brecha del sureste cieneguense y pedir permiso a don Eulogio, que hace las veces de comisariado ejidal, muy respetado, su voz es ley en aquellos lares del semidesierto coahuilense. Tal como imaginábamos, ni más ni menos luego de 20 kilómetros al este, al cerrar un falsete, estábamos en el antiguo poblado del Mineral de la Reforma.

En algunas partes se dejaba ver el piso de mosaico adoquinado, algunas rejas y más arriba pudimos encontrar lo que era la tienda de raya aún y con algunos estantes donde se mostraba la mercancía. Estas tres estructuras al igual que una cuarta casa muy bien conservada son las únicas que se mantenían en pie. Dentro de esta última encontré periódicos en una pared de tabla roca con fecha de 1956, apenas dos años antes que cerrara aquel ingenio.

Debido a las condiciones en que se hayan, sirven de refugio para aquellos que han visitado el lugar, muchos exploradores que saben cuidar estos sitios, pero la mayoría de los paseantes son gente que no valoran el potencial histórico de lo que están pisando.

El poblado está al pie del inmenso cerro que ofrece una vista espectacular con las gigantescas paredes que eran golpeadas por el sol del crepúsculo, anunciando la pronta penumbra.

Para entender el porqué de este asentamiento humano en medio de la nada, su florecimiento y posterior abandono, tendremos que sumergirnos en la historia y conocer lo que verdaderamente pasó en este punto geográfico entre Cuatro Ciénegas y Castaños monte adentro.

LA PROSPERIDAD EN MEDIO DE LA NADA

En el año de 1885 exploradores pagados por Antonio Ferrara, patriarca de la familia de origen italiano que llegó a Ciénegas a principios del siglo XIX, descubrieron una veta mineral en la sierra de La Purísima. La mina bautizada como “La Fortuna” inició la explotación hasta 1887 nombrando el asentamiento como Reforma.

Se extraían plomo, zinc y plata que era transportado en carreteras hasta Monterrey, por lo cual se dice que el empuje económico que tuvo esta gran urbe regiomontana inició precisamente con la explotación de esta veta.

Para 1895 estaba listo el ramal ferroviario de Estación Monclova (Hoy Ciudad Frontera) con Cuatro Ciénegas. Así que el punto para embarcar el material rumbo a Nuevo León fue en San Juan de Boquillas (Era tirado por 16 mulitas). Sí existieron intentos de extender las vías hasta el poblado pero nunca se concretaron los planes.

Los historiadores José María Castro Zertuche como Carlos Gutiérrez Recio coinciden en sus trabajos dedicados a este tema, que la verdadera época de bonanza llegó en 1920 cuando los Ferrara se asociaron con la compañía Peñoles iniciando las contrataciones de mineros en masa y diez años después entró en la sociedad Industrial Minera México (IMMSA) trabajando los yacimientos por 20 años.

“La Bruja”, “El Rosario”, “La Fortuna” y “La Reforma”, fueron las minas que se trabajaron, siendo esta última la que tenía más riquezas y el tiro llegaba a una profundidad de 700 metros (exploraciones llevadas a cabo por National Geographic descubrieron que a esa profundidad iba una caudalosa vena de agua, que presuntamente abastece las diversas pozas del valle protegido de Ciénegas).

Existían todos los servicios que incluían distracciones como por ejemplo: La Escuela Primaria “Artículo 123” con 150 alumnos y tres maestros, hospital, tiendas, dos cines, una frutería, iglesia y cantinas, entre ellas la más popular que era “La Covacha”; sin embargo, estaba prohibida la presencia de prostitutas, por lo cual estas llegaban a un ejido cercano hasta donde iban los mineros a despilfarrar su dinero.

Más de dos mil habitantes llegó a tener esta población, la empresa dotaba de casas a los matrimonios y a los solteros les asignaban unos galerones de piedra, con todas las comodidades, eso sí, separados de los domicilios familiares.

Los trabajadores ganaban 50 pesos diarios y se sustraían diariamente 70 toneladas de material que ya lavado dejaba de 10 a 15 kilos de plata.
Cierto día la sección 180 del sindicato minero inició una huelga donde exigían más prestaciones para los trabajadores.

Desgraciadamente la empresa no pudo satisfacer sus demandas y el 8 de octubre de 1958 aquel centro de trabajo cerró para siempre. Los mineros se retiraron con sus familias a otras tierras convirtiendo aquella población en un “pueblo fantasma”.

EN BUSCA DE LOS VAGONES PERDIDOS

Llegamos en la noche a aquel punto olvidado y nos dispusimos a descansar pues por la mañana nos esperaba una pendiente de cerca de 900 metros de altura y “a ojo de pájaro” con un ángulo de inclinación de 45 grados.

Si alguna vez usted escucha alguna historia de fantasmas de ese sitio, bueno, siento decepcionarlo, le puedo decir que por ningún lado se observó algo fuera de lo común mucho menos un ánima en pena. Pero, a la luz de la fogata se antojan esas historias de aparecidos para darle sabor al entorno. Eso sí, el aullido de los coyotes se dejaban escuchar cerca.

No iba a ser fácil la subida y fue el explorador Jorge Zamora Zavala quien se adelantó. Los estragos de la pandemia se vieron reflejados en el esfuerzo o más bien “la bofeada” que un servidor se dio, pero la misión se cumplió.

La leyenda rezaba que unos mineros, enfurecidos por una merma en la paga lanzaron un par de vagones repletos de plata y placas de bronce en uno de los profundos barrancos, eso me llamó la atención y decidí comprobar si en realidad esta historia era cierta.

En la cúspide aguardaba una sorpresa: Había dos estructuras, como terrazas o bases hechas de piedra y en medio una plataforma de concreto hidráulico que dejaba ver cómo antaño había maquinaria de trasporte en ese sitio.

Tras explorar ese sitio descubrimos un pequeño sendero, casi imperceptible que serpenteaba a la orilla del impresionante cañón y mismo que nos llevó a un increíble túnel.

El oscuro pasaje, que fue hecho a punta de mazo por decenas de trabajadores medía aproximadamente 2 metros de altura y tenía una longitud de aproximadamente 50 metros. En su piso había vestigios de concreto y durmientes de madera por donde se pasaban algunos vagones con el mineral sustraído.

Pero la sorpresa del día fue al salir de aquel fresco pasadizo que atravesó la montaña: Estaba ante nosotros un viejo puente de madera que se tendía en el peligroso abismo que no se le veía fin.

Tenía de largo poco más de 20 metros y estaba sostenido por una serie de vigas que pegaban en las paredes de los cañones mientras se sostenía por un lado de estrobos de acero ya oxidado pero que a su vez estaban agarradas de firmes argollas incrustadas en la poderosa roca.

A la mitad del recorrido por ese temerario paso escuchamos un pavoroso “¡crack!”: Era el sonido del crujir de la madera podrida y que amenazaba con quebrarse y cuidadosamente retornamos. Un paso en falso y ¡Adiós mundo cruel!

Zamora y un servidor bajamos una parte del cañón y al subir al otro extremo del tendido de madera observamos para nuestra sorpresa que existía otro túnel y un segundo puente del cual se apreciaban finalmente las minas. ¡Estábamos en los lugares que mencionaban los escritos de los historiadores!

También se apreciaban los galerones de piedra de los solteros y las entradas a las vetas ya en desuso en una de ellas con una enorme polea de tres metros de diámetro ¿Cómo subirían esas moles hasta tal altura a principios del siglo XX?

Y contra todos los pronósticos… ¡Encontramos los vagones que mencionaba la leyenda!

Aquello era totalmente cierto sin embargo carecían del metal precioso (sarcasticamente: Seguramente nos iban a estar esperando), ahí estaban tirados, ya oxidados por el paso del tiempo.

Eran unos carritos cuadrados de fierro dulce mismos que eran tirados por unas mulitas e iban guiados por un riel. Las fotografías que el doctor Alberto Fernández Garza tomó durante su estadía en el mineral dentro de la primera década de 1900 (Dadas a conocer por su nieta María Enriqueta Rodríguez Fernández) cobraban vida ante nuestros ojos cuando contemplábamos aquel lugar.

El sol, aún invernal, ya empezaba a castigar con sus rayos y no había un árbol que los amainara sólo de vez en cuando las sombras de las mismas paredes del cañón tiraban “paro”.

En algunas de las bocas de la minas se podían apreciar los letreros con recomendaciones de seguridad para los trabajadores.

Descubrimos, en varias partes de lo que era aquella industria, plataformas de concreto hidráulico, cisternas, red de cableado para transporte y poco a poco fuimos bajando por un sendero usado por las gentes de aquellos años. Sorprendentemente ambos puentes se observaban en lo alto y dijimos asombrados “¡Mira donde andábamos!”

Por si fuera poco y como dato sumamente curioso, comprobamos lo interesante que es nuestra geografía puesto que del otro lado de la inmensa sierra se encuentra el ejido Soledad de Castaños.

Hay que ser agradecidos pues en todas las horas que prácticamente viajamos en el tiempo la sierra de La Purísima nos mostró generosamente sus secretos aquellos que sólo están destinados a los más aventureros.

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