A Lupita Saucedo
Siempre he pensado que la muerte es parte de la vida, sin la una no existiría la otra.
Pero que doloroso es perder a un ser querido con el que te habías acostumbrado a compartir momentos felices, otros no tan felices y quizá varios amargos, pero dentro de una comprensión mutua que nos llevó a limar asperezas y ser tan unidos y aliados siempre, a pesar de nuestro carácter, el conjunto de rasgos, cualidades o circunstancias que indican la naturaleza propia o la manera de pensar y actuar de una persona, por lo que se distingue de las demás.
Fui favorecido por una persona inteligente, ordenada, estricta, pero infinitamente humana.
Cronológicamente pasamos juntos 60 navidades y años nuevos, primero con su familia paterna y luego con la que formamos Lupita y yo. No era el intercambio de regalos, ni la cena, era la celebración propia de estar unidos y esa constituyó la norma de siempre.
Juramos estar juntos mis hijos, sus descendientes, y yo para venerar tu recuerdo, porque en vida nos diste todo amor, cariño, comprensión, pero sobre todo un ejemplo de dignidad y trabajo que no manchará nunca la trayectoria tuya y la nuestra por esta efímera vida.
Como suele suceder la muerte nos ganó tu partida y estamos tratando de aceptarla para evitar más sufrimientos. La muerte es de un solo instante, no así el proceso de morir, que puede ser largo y doloroso como lo sufriste tú por tres largos años.
Se decía en la antigüedad que “la filosofía es una preparación para la muerte” y, retomando esta reflexión de Cicerón, diría más adelante Pascal que “quien enseña al hombre a morir, le enseña a vivir”.
Sentimos que la muerte se entromete, pero en realidad es una prueba de que estamos vivos y además puede ser una inspiración para que esta expresión de vida sea vivida de la mejor manera con respecto a todo aquello que está en nuestra mano.
¡Enséñame a vivir la vida, enséñame a vivir sin ti!
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