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Bandidos del tiempo

Por Juan Latapí

Hace 6 meses

Dicen que el onceavo mandamiento es “No estorbarás”, que hace clara alusión a la pérdida de tiempo que provoca quien estorba y se roba el tiempo de los demás, porque quitar el tiempo es un crimen en que lo robado jamás podrá ser devuelto.

Dicen también que el subdesarrollo de un pueblo -además de la cantidad de licenciados que tiene-, también se mide por la cantidad de tiempo que se pierde al realizar diferentes actividades. Tener que efectuar un trámite ante cualquier dependencia oficial es un suplicio, donde se desconoce el tiempo que llevará. Además de la nula información que prevalece en las oficinas públicas, hay que lidiar con burócratas déspotas y prepotentes que gozan humillando al público robándole el tiempo.

La tramitología nuestra de cada día está confeccionada para mantener ocupados a burócratas sin oficio ni beneficio y cuyo único reto laboral es ver cómo le hacen para que el tiempo de la jornada laboral transcurra lo más rápido posible y que pronto lleguen el viernes, los puentes o las vacaciones.

El tiempo que se pierde en transportarse al trabajo o a la escuela resulta insultante debido a la pésima planeación de la vialidad, al terrible servicio del transporte público, a los semáforos desincronizados o descompuestos, a la carencia de educación y pericia de los conductores y a otras tantas folclóricas calamidades . Eso sin contar con bloqueos, cabalgatas y la nula preparación de los agentes de tránsito. El costo que esto representa es tremendo.

En el sistema educativo que padece el país, los maestros –cuando no llegan a faltar a clase- a menudo piden a sus alumnos tareas inútiles en vez de motivar el gusto por el conocimiento. Llama la atención la manía de encargar trabajos que en la mayoría de los casos sirven sólo para perder el tiempo. De esta manera desde pequeños se va condicionando a los niños para perder o a quitar el tiempo como algo normal.

También es criminal el robo de tiempo en los hospitales públicos. Para ser atendido se debe contar con resignación, paciencia y estar dispuesto a perder el tiempo mientras el personal come, vacila o compra cualquier tipo de mercancías. Además de robar el tiempo a los pacientes, suelen quitarles la salud y a menudo hasta la vida misma.

Pero los verdaderos maestros en el arte de cómo perder y desperdiciar el tiempo son los diputados, que usan su tiempo –que pagamos los contribuyentes- en obras y rollos intrascendentes para atraer los reflectores y así poder chapulinear a la primera oportunidad. Ocupan su tiempo en la banalidad y frivolidad, olvidando que su función es legislar para tener leyes que sirvan a la sociedad y no que beneficien a criminales poderosos para que sigan gozando de su impunidad descaradamente.

A muchos no les importa quitarle el tiempo a sus semejantes; pero eso sí, su valioso tiempo suelen aprovecharlo en beneficio propio, ya sea para enriquecerse, adquirir grandes propiedades o conseguir un hueso antes de que el tiempo de su gestión expire. También estas autoridades sutilmente nos hacen creer que buscar justicia o la verdad es una vil pérdida de tiempo.

La impuntualidad es otra forma de robar el tiempo; por cierto, muy común entre funcionarios públicos y magnates que, desde su egocentrismo, solo su tiempo es valioso y el de los demás no importa; creen que hacer esperar les da clase y categoría sin sospechar siquiera que sólo se exhiben vulgarmente.

Pero el peor robo de tiempo, y el más injusto, es el que uno se hace a sí mismo, desperdiciándolo en meras nimiedades sin provecho alguno. Desde que la sociedad de consumo transformó al ocio en una industria de grandes ingresos nos ha hecho creer que la ociosidad es una admirada virtud.

Así, con esta mentalidad, se pasan horas y horas ante el celular, jugando videojuegos y navegando hacia ningún lado para convertirnos en bandidos de nuestro propio tiempo.

Quitarle el tiempo a un semejante es robarle parte de su existencia. Ese tiempo que se puede emplear en alguna actividad y que tal vez no se llegue a realizar debidamente. En esta época, más que ninguna otra, el mundo pertenece a los bandidos y entre ellos los bandidos del tiempo ocupan un lugar preponderante.

La vida es corta, el tiempo pasa y nunca regresa y lo peor que le puede suceder a una persona es arrepentirse de lo que ha dejado de hacer, es decir, no aprovechar el tiempo. Por eso, ante escándalos políticos, como el de estos días, surge la pregunta si no es una vil pérdida de tiempo prestarles atención porque de antemano se sabe cual será el desenlace: más de lo mismo.

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