“El heroísmo de los San Patricios nos muestra que, lejos de aceptar un destino predeterminado, es preciso luchar por una convicción, por utópica que sea, con la esperanza de que el futuro será mejor”. C. Dávila.
El pasado jueves 10 entre los eventos culturales que se llevan a cabo en el museo de la batalla de la Angostura, dictó conferencia magistral el historiador coahuilense Carlos Davila. El tema fue el batallón de San Patricio.
Pocos actos en la historia de la humanidad representan tanto y tan bien la solidaridad internacional y la dignidad del género humano como el que llevaron a cabo los San Patricios.
Ante la invasión de los Estados Unidos de 1846 estos soldados, en su mayoría irlandeses católicos, dejaron las filas de la injusticia para unirse a la causa mexicana. Desde entonces compartimos con Irlanda, hermandad, no sólo en el dolor de la opresión y en la fe, sino en defensa de nuestra libertad.
Aunque el ejército invasor los juzgó como desertores y asesinó a cuántos pudo con saña inaudita haciendo coincidir la horca con el izamiento de la bandera norteamericana en el asta del Castillo de Chapultepec, y aquellos pocos que no logró ajusticiar los condenó a recibir 50 latigazos y la infamia por el hierro para castigar su deserción.
El pueblo de México los considera héroes desde el siglo XIX y el 29 de abril de 1999 el Congreso de la Unión los declaró “beneméritos de la patria” y sus nombres y el del batallón fueron inscritos con letras de oro en el muro de honor del palacio legislativo, sede de la Cámara de Diputados.
Nuestros mayores en la Angostura pelearon bajo el resguardo de su artillería, y su dignidad, compartieron la sangre y el hambre, defendieron la libertad, la justicia y la Patria mexicana.
Hoy que en ese lugar histórico que debería resguardarse, la especulación pretende borrarlo y con él, nuestra memoria.
Ahí donde la lucha fue contra el invasor, debe ser la nuestra para preservar la historia, para que, junto con nuestras madres y padres, siempre viva la gratitud al batallón de San Patricio y al heroico Pueblo de Irlanda.
Llegaron no importa cuando
al camino angosto de mi tierra y sus soles.
Aquí y entonces, su compañía con otro nombre, con otros hombres descalzos.
En cañones mudos, gastados de
desuso
lejos de sus pastos, bastilla del
mar.
Llamados por las campanas y las
risas
se quedaron por mi libertad
que no ahorcara jamás el
invasor.
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