Si le digo que, en estos momentos, en un “hogar” de Saltillo hay una niña de 6 o 7 años que vive aterrada, que experimenta ansiedad, desesperación, un dolor que escapa a su propia comprensión y que se agudiza todos los días, conforme avanzan las horas. Por la noche, cuando “papi” llega, su condición solo se puede expresar como de terror puro, con el agravante de que su madre y hermanos saben lo que le pasa, y no hacen nada.
Esa niña es abusada por su propio padre, y si el caso no fuera por sí mismo de extrema gravedad, hay que señalar que, como ella, decenas, centenares de niños y niñas sufren el mismo calvario. Tal vez usted, por su formación y cuadros teóricos de referencia, por su propia experiencia, no sea capaz de dimensionar el drama. Es más, probablemente se diga que eso no puede ser, que no es cierto, pero lamentablemente lo que le sucede a esa niña y a decenas más es tan aterrador como real, y se replica prácticamente todos los días en mayor o menor gravedad.
Sabemos que los datos oficiales y las carpetas de investigación que llega a abrir la Fiscalía representan solo la punta del Iceberg; que la cifra negra, los casos que no son denunciados, son más, muchos más que los que sí se denuncian, pero la estadística nos ayuda a proyectar el tamaño del problema.
La Pronnif dice que en 2019 se atendieron 850 casos de agresiones sexuales contra menores, y que en el 2020 la cifra aumentó a 950. En lo que va de este 2021 se han atendido a 250 niños y niñas víctimas de abuso y violación y, en la inmensa mayoría de los casos, el agresor es un familiar cercano.
Pues sí, hay muchas bestias sueltas e impunes en nuestras calles y el daño que hacen es devastador en la vida de niños y niñas, que a su corta edad saben perfectamente qué es el infierno.
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