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Brasil: ¿El país del futuro?

Por Federico Muller

Hace 4 años

La economía de Brasil, por el tamaño de su PIB, es la mayor de América Latina, supera a la mexicana desde hace varios años, y se posiciona en el ranking, entre las primeras 12 del planeta.

Algunos investigadores y académicos consideran a ese país por su extensión territorial como un continente. Dispone de abundantes recursos naturales, como café, azúcar y maderas, entre otros. Aunque, la agricultura contribuye relativamente poco a su economía.

Los servicios, comercio e industria han sido las actividades productivas que sustentan su crecimiento en los últimos años, y dinamizan su desempeño, además de que las Fuerzas Armadas brasileñas se equiparan con las mejores del orbe.

Su potencial económico y localización geográfica, extensos kilómetros de litoral inmejorable, le han permitido formar un acuerdo comercial con India, Rusia, China y Sudáfrica (BRICS) bloque que ha facilitado la entrada de inversión china a Sudamérica.

Su patrimonio natural, la reserva amazónica es uno de los “pulmones” de oxigenación del mundo, por cierto amenazada por los intereses económicos. Es uno de los contados países de América que construyen y exportan aviones para la milicia y la aviación comercial, así como equipo bélico.

La industria espacial se desarrolla de manera acelerada y compite con las economías desarrolladas europeas y estadunidense. Desde hace varias décadas ha tenido el potencial, para dar el salto de un país emergente a uno desarrollado. Sin embargo, ese cambio no se ha dado, de ahí que siga siendo, Brasil el país del futuro. Las causas de su estancamiento socioeconómico han sido multifactoriales; en este artículo solo se comentan algunas de ellas.

Razones políticas. Su transición a la democracia ha sido uno de las más prolongadas en Iberoamérica. En la década de los 60 del siglo pasado, los militares tomaron el poder, con regímenes autoritarios al gobernar con intereses distantes al de las nutridas clases populares, mestizas y afrobrasileñas.

Fue hasta mediados de los 80 que un civil llegaba a la Presidencia de la República, de allí en adelante la ciudadanía ha elegido gobiernos con diferentes orientaciones ideológicas: de izquierda, centro, y de derecha.

Uno de los gobernantes más populares y a la vez polémicos ha sido Luiz Inácio Lula da Silva, quien después de más de dos derrotas en las urnas, alcanzaba el triunfo; fue Presidente de 2003 a 2010, pero años después se le acusaba de cohecho, luego de varios meses en prisión, lograba su libertad, y el juez que llevaba su caso lo declaraba inocente, las pruebas nunca aparecieron, se trataba de una venganza política.

Aunque parezca sorprendente en las elecciones presidenciales, que se efectuarán en octubre de este año, se presentará nuevamente el fundador del Partido de los Trabajadores, y exlíder sindical, Lula Da Silva, quien competirá con el actual mandatario Jair Bolsonaro, a quien le lleva ventaja en las encuestas sobre las preferencias políticas, que sistemáticamente se efectúan entre la población.

El posicionamiento tan arraigado de un candidato, tiene varias lecturas, una de ellas es la ausencia de líderes políticos que logren satisfacer las expectativas de los votantes; tal insuficiencia también se ha presentado en otros países del cono sur como Perú, Argentina, etc.

En el caso que nos ocupa, fabricar “caudillos” puede representar un riesgo para la misma democracia al propiciar que se sientan irremplazables, y se eternicen en el poder, como ha sucedido en Venezuela, Cuba, Nicaragua, o en México en la era porfirista.

Para Brasil, la renovación de cuadros es una opción, que puede contribuir a aprovechar socialmente los recursos naturales y tecnológicos que posee. La influencia de la economía en el desarrollo.

En el vasto arsenal de las teorías económicas y de economía política, se encuentran algunas que hablan sobre el subdesarrollo que priva en regiones y países con abundantes recursos naturales, que por la explotación de los mismos descuidaron otros sectores, como el industrial, tecnológico, etc.

En las primeras décadas del siglo 20, esa fue la constante de la nación, la amplia y barata mano de obra brasileña, enriqueció a decenas de familias, generalmente de ascendencia europea, propietarias de extensas tierras de cultivo, agudizando la marginación y las asimetrías socioeconómicas.

Aparejado con esos oligopolios agrícolas, el país se ha caracterizado por la formulación de políticas monetarias laxas y déficits fiscales frecuentes, que han detonado hiperinflaciones e incrementado la deuda pública, la cual en 2020 representaba más del 90% de su PIB.

Su acreedor principal el FMI; sus gobiernos han firmado varias cartas o acuerdos con esa institución, que han repercutido negativamente en el bienestar social.

Tuvo una explosiva tasa de crecimiento demográfico, que lo llevó a ocupar el primer lugar en América, solo por debajo de Estados Unidos, con una población de 213. 3 millones de habitantes en 2021 (Fuente: IBEG).

Es probable que una mejor coordinación entre las políticas fiscales y monetarias, entre el Gobierno y la autoridad bancaria central, puedan lograr la estabilidad de precios y disminuir la deuda del Gobierno, binomio que encauce hacia el desarrollo social y económico del país.

 

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