Coahuila
Por
Kevin Carranza
Publicado el sábado, 20 de marzo del 2021 a las 08:50
Arteaga.- De repente, a las brigadas de combatientes del incendio en la sierra de Arteaga, que desde el martes devasta más de 3 mil 800 hectáreas –solo 2 mil 053 en territorio de Coahuila– se sumó un grupo de pobladores de ejidos y rancherías de la zona.
Sin guantes, ni calzado especial, pero con mucho ánimo, armados con machetes, picos, palas, azadones y un camión cisterna repleto de agua que rocían en las inmediaciones de la carretera entre Los Lirios, en el lado de Coahuila y Santiago, Nuevo León, para evitar que el fuego la cruce y siga colina abajo.
Los espontáneos combatientes son liderados por “El Güero” y “el de Monclova”, este último un exbombero de aquella ciudad.

Como tampoco tienen acceso a equipos de radiocomunicación, las órdenes de atacar el fuego –con agua o tierra– incluso de replegarse cuando las llamas empiezan a calar en la frente, las hacen a través de una cadena de gritos que replican la voz de mando.
“¡Estiren la manguera!, ¿todavía hay agua?, ¡ábranle!, ¡una pala, raza!, se está poniendo gacho; hay qué pararlo, ¡no puede más que nosotros!”, son los ecos sobre las montañas y que se mezclan con el crujir de la madera al fuego vivo.
Sienten gran impotencia frente al fuego que arrasa con la serranía, que destruye viviendas, lo mismo que calcina animales y reduce a cenizas árboles centenarios de más de 15 metros de altura.

La frustración de ver cómo el incendio forestal arrasa con el bosque en el que muchos de ellos crecieron, los movió desde el jueves a sumarse a la estrategia de combate.
Al principio no les fue fácil, pues policías y brigadistas profesionales trataron de frenarlos por el riesgo de que, ante la falta de equipo y capacitación, pudieran ser alcanzados por la lumbre.
Pero esta vez la voluntad se impuso y su trabajo en la primera línea de batalla da resultados y facilita el combate del fuego desde el aire, con descargas de agua y químico retardante.

Parece sencillo, pero cuando la radiación por el calor, el humo y el riesgo de quedar en medio de un torbellino de fuego, la complejidad aumenta.
La tarea de los comuneros es evitar que las llamas crucen la carretera e impedir que se extienda colinas abajo, pues ello aumentaría el riesgo de que la devastación alcance a más comunidades rurales.
Lo que hacen es apagar el fuego y encapsularlo con una estrategia de enfriamiento de la zona, lo cual hace más efectivas las descargas de los helicópteros.
“Desde acá abajo les estamos ayudando. Nosotros enfriamos la zona, la lumbre ya no pasa y el helicóptero con las descargas la mata por completo.
“Los de los helicópteros ni siquiera saben lo que estamos haciendo, pero les estamos ayudando”, explicó “El Güero” a sus compañeros, durante un momento de descanso que utilizan para hidratarse.
El fuego no cesa, y el coraje de los brigadistas voluntarios para seguir adelante, tampoco.
Ellos son los ángeles guardianes del bosque, los brigadistas y voluntarios, los héroes que arriesgan su vida por salvar la flora y fauna que ahí habitan.
Su espíritu es fuerte, su amor por la naturaleza desborda el corazón y su valor parece no tener límite.
En la jornada del viernes se cumplió la tarea: la lumbre –como la llaman– estaba a 50 metros de la carretera y con mucho esfuerzo, sentido común y estrategia lo contuvieron.
Lograron detener el paso del fuego y enfriaron el terreno. Por ahora, lo lograron. Mañana será otro día.
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