Querida persona lectora, la semana pasada cerramos este espacio reflexionando sobre una disyuntiva importante: decidir qué tipo de luz queremos ser a lo largo de nuestra vida.
Se trataba de elegir entre ser luz solar, fuente de calor, vida y energía, que nadie puede sofocar, o luz artificial, que también tiene utilidad, pero que cualquier persona puede decidir cuándo y cómo apagar.
No sé qué haya decidido cada una y uno de ustedes, pero yo me he inclinado por irradiar luz solar. Lo digo sin intención de caer en la soberbia ni en la presunción, y sin pretender considerarme tan importante como el Sol.
Mi punto de comparación y el fundamento de mi elección reside en el convencimiento de que todo ser humano tiene el derecho a “brillar”.
En este contexto, “brillar” significa reconocer, y ver reconocido, el valor intrínseco, los méritos y los logros que derivan del esfuerzo y el compromiso individual hacia un propósito éticamente justo, por grandes o pequeños que sean.
Considero que, más allá de los éxitos que busquemos alcanzar y a los que dediquemos tiempo, recursos y energía, la decisión sobre qué tipo de luz proyectar está íntimamente ligada al tipo de persona que aspiramos a ser. Esto aplica en la relación con nosotros mismos, pero sobre todo en la interacción con las demás personas.
Para mí, este brillo personal tiene una finalidad muy clara y significativa, ya que no tenemos sólo el derecho a “brillar”, sino que también la responsabilidad de hacerlo. Hace tiempo tomé la decisión de ser una persona que quiere transformar el mundo.
¿Qué implica eso? Significa que cada día procuro realizar una acción, por pequeña que sea, que contribuya a que el contexto en el que vivimos, personal, familiar, profesional o social, sea ligeramente mejor que ayer.
Aunque el resultado no esté garantizado, lo verdaderamente relevante es la intención y la finalidad con que actuamos.
Esta tarea de transformar el mundo puede parecer titánica, difícil de perseguir y casi imposible de alcanzar.
Estoy seguro de que a muchas personas (y confieso que a mí mismo en ocasiones) les resulta agotador conducir una vida orientada al mejoramiento continuo. Es un camino exigente que con frecuencia demanda sacrificios importantes.
Sin embargo, esta es una creencia limitante. No tenemos que renunciar a lo que queremos conseguir para transformar el mundo mediante nuestra luz.
Brillar es iluminar, y es muy difícil contener la luz. Podemos usar cortinas o lentes de sol, entre otros remedios, pero ninguno de estos va a impedir que construyamos la vida que soñamos mientras, al mismo tiempo, impulsamos los cambios que deseamos ver en la sociedad a través de nuestro comportamiento, nuestras relaciones, nuestro modo de expresarnos y nuestras acciones cotidianas: en el núcleo familiar, con las amistades, en el ámbito laboral y en nuestro círculo cercano.
Si este es el significado de brillar, entonces no permitamos a nadie apagar nuestra luz. No se lo permitamos a quienes nos dicen que sería mejor mantener un perfil más bajo para no generar problemas.
No se lo permitamos a la gente envidiosa que minimiza nuestro trabajo simplemente porque no lo entiende o reconoce que el propio no tiene el mismo valor.
No se lo permitamos a quien no soporta la idea de vernos tener éxito y lograr metas. No se lo permitamos a quien no tiene la capacidad de entender la importancia de lo que estamos haciendo.
Al contrario, esforcémonos por brillar tanto como podamos y contagiar nuestra luz, brindando esa calidez y esperanza que necesitamos para transformar el mundo.
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