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Coahuila

Buenos para criticar… pero en casa calladitos

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 4 semanas

Fíjense ustedes qué cosa tan curiosa pasa a veces con algunos empresarios del ramo de la construcción. Son capaces de soltar discursos larguísimos criticando al gobierno cuando una obra pública sale chueca: que si falta calidad, que si hay improvisación, que si se debería haber hecho mejor. Y uno los escucha y piensa: “Pues tienen razón, caray”.

Pero luego, cuando se voltea la tortilla y la falla sale en una obra suya, entonces… silencio. Como si el espejo se hubiera quebrado de repente.

Aquí en el norte, donde las distancias son largas y las carreteras se sienten en el alma, esto se vive de cerca. Tome el caso de la autopista Saltillo-Monterrey, esa que tanto clamamos regiomontanos y saltillenses durante años. La libre se había vuelto un infierno: congestionamiento a todas horas, accidentes feos por el tráfico pesado, y encima los deslaves de la sierra que cada temporada de lluvias nos mandaban piedras del tamaño de una llanta rodando sobre los autos.

La gente pedía a gritos una vía moderna, segura, que respetara la geografía de la Sierra Madre. Y al fin llegó. Se inauguró en octubre de 2009 bajo concesión de la empresa Isolux de México, que ganó el concurso. Parecía la solución. Pero a los pocos días empezaron los problemas. Y no pararon.

La verdad es que, pensando en frío, uno se da cuenta de que hubo improvisación desde el principio. El área técnica que debía haber hecho los estudios geológicos a fondo como la consistencia del terreno, calidad de las arcillas, dureza de las rocas, aparentemente parecía que se ahorró en tecnología que ya existía y que se usa en otras partes del mundo para este tipo de trabajos en zonas montañosas. Resultado: rocas que se desprenden, piedras sueltas que los conductores tienen que esquivar como en un juego de video, y en más de una ocasión cayeron directo sobre vehículos.

Y eso no fue cosa de una semana nomás. Hasta la fecha, en 2025 y lo que va de 2026, seguimos viendo cierres por deslaves, sobre todo después de lluvias fuertes. La gente de por acá lo sabe: a veces la autopista se llena de agua o de tierra y hay que desviarse otra vez a la viejita.

Y no es barato el asunto. Las tarifas de peaje son altas, sí, y para muchos camioneros o familias que viajan seguido entre las dos ciudades termina siendo un golpe al bolsillo. Por eso, fíjese usted lo que pasa: muchos han vuelto a la carretera libre. “Aunque se haga más tiempo”, dicen, “allá me siento más seguro”.

Yo mismo he platicado con varios choferes en las fondas de Ramos Arizpe o en las gasolineras de Santa Catarina. Uno me contaba el otro día, con ese acento norteño tan nuestro: “Mire, ingeniero, la de cuota es bonita… pero cuando cae una piedra del cerro, ¿qué hago? Mejor me voy por la de siempre, aunque me tarde una hora más”. Y uno lo entiende. Porque al final del día, la seguridad no tiene precio.

No cabe duda que en esa obra predominó el ahorro de costos por encima de la calidad. Y eso duele, porque el norte necesita infraestructura que realmente funcione. No solo para mover mercancía a Estados Unidos, que es el pan nuestro de cada día, sino para que la gente viaje tranquila, sin estar pendiente de un derrumbe o de un peaje que no corresponde a lo que se recibe.

Y no es el único ejemplo. Acuérdese usted de lo que pasó en Ciudad Acuña con el canal “La Misión”. Apenas un mes después de ponerlo en servicio, una primera lluvia fuerte bastó para que el agua barriera parte de la obra pluvial. La empresa IDELSA había cobrado por su realización, pero la calidad dejó mucho que desear. La gente de allá lo vivió en carne propia: inundaciones donde no debía haberlas. Y uno se pregunta: ¿por qué pasa esto? ¿Por qué el sector privado, que tanto exige al gobierno, a veces cae en los mismos vicios que critica?

En Coahuila y en todo el país hemos visto crecer la participación privada en grandes proyectos. Concesiones, alianzas público-privadas, obras que antes eran solo del gobierno ahora las llevan empresas particulares. Es bueno, porque trae inversión, tecnología, agilidad.

Pero también exige que se apliquen los mismos estándares que ellos piden cuando señalan al sector público. No se vale criticar con el dedo índice bien estirado si en la propia casa se está improvisando para bajar costos y subir utilidades.

Yo, como alguien que ha vivido toda la vida por estos rumbos entre Saltillo, Torreón y los caminos que conectan el desierto con la sierra, he visto cómo la infraestructura nos define.

Una carretera buena une familias, impulsa negocios, salva vidas. Una mal hecha, en cambio, genera desconfianza, pérdidas económicas y, lo peor, pone en riesgo a la gente común. Y cuando el privado falla, duele doble porque se supone que ellos traen la eficiencia que al gobierno a veces le falta.

Por eso, la próxima vez que escuchemos a alguien del sector empresarial despotricando contra una obra gubernamental, hagámonos la pregunta: ¿están aplicando en sus propios proyectos los mismos consejos que dan? o, ¿se les olvida el espejo?

No se trata de callar las denuncias reales, ni de defender lo indefendible. Se trata de ser justos. De ser centrados. De exigir calidad en todos lados, sin importar quién ponga el dinero. Al final, lo que queremos los que vivimos aquí en el norte es simple: obras que duren, que resistan las piedras de la sierra y las lluvias del desierto, y que nos permitan seguir creciendo sin tener que andar esquivando peligros a cada rato. Porque una autopista no es solo asfalto y concreto. Es confianza. Y esa, amigo, se construye con honestidad, no con improvisaciones. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

 

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