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Coahuila

Bullying y ciberacoso: Cómo detectarlo y frenarlo

Por Edgar Hernández Hernández

Hace 2 semanas

Hace algunos años, cuando un estudiante era víctima de burlas o agresiones por parte de sus compañeros, al menos tenía la posibilidad de encontrar tranquilidad al regresar a casa. Hoy esa realidad ha cambiado.

Las agresiones ya no terminan cuando suena el timbre de salida.

Continúan a través de un teléfono celular.

Después de más de 26 años dedicado a la educación, he sido testigo de cómo el bullying y el ciberacoso se han convertido en dos de los desafíos más importantes que enfrentan nuestras escuelas y nuestras familias. Ambos tienen consecuencias profundas en el desarrollo emocional, social y académico de los estudiantes y ambos requieren nuestra atención inmediata.

El bullying no es una broma.

No es parte natural del crecimiento.

Y mucho menos una forma de “fortalecer el carácter”, como todavía algunas personas creen.

Se trata de una conducta repetitiva de agresión física, verbal, psicológica o social que busca intimidar, humillar o excluir a otra persona. Cuando estas conductas se trasladan al entorno digital mediante redes sociales, aplicaciones de mensajería, videojuegos o cualquier plataforma en línea, hablamos de ciberacoso.

Lo preocupante es que este último puede acompañar al estudiante las veinticuatro horas del día.

Un comentario ofensivo, una fotografía difundida sin autorización, un rumor viral o un grupo de mensajes para ridiculizar a alguien pueden provocar daños emocionales que duran mucho más que una publicación en internet.

Como director de una escuela de bachilleres, he aprendido que detectar estas situaciones exige mirar más allá de las calificaciones.

Con frecuencia, las primeras señales aparecen en pequeños cambios de conducta.

Un estudiante que antes participaba deja de hacerlo. Otro comienza a faltar con frecuencia a clases, evita convivir con sus compañeros o muestra tristeza, ansiedad o irritabilidad sin una causa aparente. También puede disminuir su rendimiento académico o perder el interés por actividades que antes disfrutaba.

Esas señales no deben ignorarse.

Escucharlas a tiempo puede evitar consecuencias mucho más graves.

También debemos recordar que el bullying no solo afecta a quien lo recibe. Daña al agresor, que normaliza la violencia como forma de relacionarse; perjudica a quienes observan y guardan silencio por miedo; y deteriora el ambiente escolar, donde la confianza y el respeto comienzan a desaparecer.

Por eso, combatir el acoso es una responsabilidad compartida.

Las escuelas debemos promover una cultura de respeto, inclusión y diálogo. Los docentes necesitamos generar ambientes donde cada estudiante se sienta seguro para expresar lo que vive y pedir ayuda cuando la necesite.

Pero el trabajo no termina en las aulas.

Las familias desempeñan un papel fundamental. Es importante conversar diariamente con nuestros hijos, interesarnos por lo que ocurre en la escuela y también por lo que sucede en sus redes sociales. No basta con saber cuánto tiempo pasan frente a una pantalla; debemos conocer cómo se relacionan con los demás y qué tipo de experiencias están viviendo en el entorno digital.

La confianza sigue siendo la mejor herramienta de prevención.

Cuando un adolescente sabe que será escuchado sin ser juzgado, es mucho más probable que busque apoyo antes de que el problema crezca.

También debemos enseñar a nuestros jóvenes que detrás de cada perfil existe una persona con sentimientos. La facilidad para escribir un comentario desde el anonimato nunca justifica el daño que puede provocar. La empatía, el respeto y la responsabilidad también deben formar parte de la ciudadanía digital.

Después de tantos años formando adolescentes, sigo convencido de que ninguna escuela puede erradicar el bullying únicamente mediante reglamentos o sanciones.

La verdadera prevención comienza cuando educamos en valores.

Cuando enseñamos a respetar las diferencias, a resolver los conflictos mediante el diálogo y a comprender que la fortaleza no consiste en humillar a otros, sino en ser capaces de defender la dignidad propia y la de los demás.

Porque una comunidad educativa donde prevalece el respeto, es una comunidad donde todos tienen la oportunidad de aprender y crecer.

Y esa sigue siendo la esencia de la educación: formar personas que no solo destaquen por sus conocimientos, sino también por la manera en que tratan a quienes los rodean.

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