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Coahuila

Callejón del Ojo de Agua 107

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 1 semana

Ahí donde hace un recodo, como zonajita abandonada por los conquistadores, se encuentra la pequeña casa donde nací, el callejón del Ojo de Agua 107, que conecta a Félix U. Gómez por el sur, y a Hidalgo por el norte del barrio, cuna de Saltillo, el Ojo de Agua.

Mi niñez y parte de mi adolescencia transcurrieron en un ámbito de carencias. Era pobre pero no lo sabía, de lo feliz que era, hasta que ya de viejo me puse a recapitular.

Pasaron los días, las noches, los meses, los años y nunca me di cuenta de la pobreza en que nos desarrollamos los siete hermanos que fuimos de Estela Dávila y Carlos Gaytán, grandes forjadores de nuestro carácter, de nuestro empuje hacia la vida, y no defraudaron, pues formaron a cuatro mujeres y tres hombres de bien, honestos y trabajadores.

La casita que habitamos por largo tiempo medía unos 7 metros de frente por unos 10 metros de fondo, se componía de tres reducidas piezas, una era la pequeña sala, donde un buró servía para poner el radio Philco para escuchar las tres estaciones locales: la W de la Ciudad de México, y la CMQ de Cuba, al centro una mesita y cuatro sillas para hacer la tarea.

En seguida “la recámara”, donde milagrosamente cabían tres camas, en una dormían las muchachas, en otra los varones y una más para papá y mamá. Había una pequeña cocina donde figuraba la estufa de petróleo, toda una modernidad para la época, pues en el barrio había todavía quien cocinaba con leña. Era la estufa de la famosa marca Beroa que no ¡echa humo!, decía el slogan publicitario por la XESJ, y tenía todas las paredes manchadas de hollín (sustancia grasosa y negra que despedía el artefacto). Finalmente, un patiesito con lavadero.

El piso de tierra y era menester que mamá le echara agua para que no levantara el polvo, sobre todo a la hora de comer. ¿Cuál refrigerador?, ¿cuál lavadora?, ¿cuál piso de concreto?, mucho menos de ladrillo “Saltillo stile”.

El clima de la ciudad era aún el llamado “artificial”, pues sino éramos el de la eterna primavera sí prevalecía el fresco por las mañanas y por las noches. Para resguardar los alimentos, sobre todo la carne o el chorizo y los quesos se utilizaba una especie de gancho colgado del techo, con una tablilla, llamado “garabato”, en cuyo aditamento se colocaban otras comidas como los frijoles y la leche.

Eso sí, tenías mucho cuidado de que no entrara algún gato. Por aquello de las dudas mamá decía hijos ¡un ojo al gato y otro al garabato!, hasta años después supe que era este artefacto resguardador de comida “de la edad media”, jajajá, y el dicho que algunas personas de mi tiempo aún lo utilizamos, para estar aguzados, por si las dudas, de algo.

No sé si en algunas rancherías o en el sureste del país todavía se utilice el garabato.

El bufet de mamá Estela era muy simple, pues se hacía lo que se podía con lo que se tenía, invariablemente en el desayuno un tazón de avena con chocolate y una tortilla de auténtico trigo integral, de ese que todavía llevaba algo de salvado que raspaba en la garganta; al mediodía sí nos iba bien, un guisado de carne con masa colorada o de otras formas, y por las noches unas miguitas con salsa molcajeteada. A veces frijoles con chorizo o queso “navegante”, con salsa de jitomate, donde nadaba los trocitos de queso sobre abundante caldo. ¡Coman tortillas, hijos, para que llenen!, solía decir mi madre.

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