Dentro de la nociva fauna político-gobernante, hay cierto espécimen especialmente peligroso, una suerte de camaleón con garras, ya que sabe mimetizarse con el ambiente, cambiar de color a voluntad y además cuenta con afiladas uñas, ya que por añadidura es, en su esencia, un depredador con especial gusto por devorar recursos públicos. Sí, para este el erario es un banquete.
Este espécimen –y puede ponerle el nombre que quiera y colocarlo en la posición que guste, ya que se le puede encontrar en todos los niveles, en los tres órdenes de Gobierno y en los tres poderes– tiene como característica principal, y por ella se le puede ubicar, el dedicar su vida al “servicio público” y a brincar de puesto en puesto.
Lo más peligroso de este camaleón con garras es que, como su único objetivo, es asegurar la próxima chambita en el andamiaje del poder, desdeña olímpicamente la realidad social y económica de su entorno; es un gran zalamero con quien puede ayudarle y se vuelve un coleccionador de etiquetas para presumir entre el selecto grupo que se reparte el pastel de los puestos de elección popular.
Sí, lo único que le importa en el fondo, es el reconocimiento de sus pares; el que se diga en las cofradías políticas que hace muy bien las cosas, que es un visionario, un estadista, un verdadero servidor público, aunque en la realidad su desempeño sea francamente cuestionable por quienes lo sufren, los ciudadanos.
Bueno, queda recordarles a estos camaleones que la realidad es terca; es como las aguas tras una tormenta: invariablemente reclaman su cauce y tarde o temprano queda expuesta a los ojos de todos, por más intentos que se hagan de ocultarla, en aras de ese reconocimiento o etiqueta, que para lo único que sirven es para ayudarles a brincar de puesto.
Pues sí, vaya estatura moral de estos “servidores públicos” que abundan en nuestro país y que desgraciadamente logran una y otra vez su objetivo.
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