Callejón del Ojo de Agua 107
Nací y me crié en un entorno de camaradería y amistad, sin envidias ni rencores, sí con carencias económicas, pero muy feliz.
Mi modesta casa en esa angostita vereda –el Callejón del Ojo de Agua–, que sirvió primero a los iberos que nos colonizaron, estaba cerca de todo. Enfrente la casa de mis abuelos maternos Jesús y Sarita, y a la vuelta de la esquina la de los otros abuelos, los paternos, José Santos y Dolores.
Era un entorno completamente familiar el que rodeaba a la joven familia Gaytán Dávila.
La mitad del tiempo la pasábamos en la calle y la otra en la casa en un territorio de terracería compartido con los vecinos. A veces jugábamos dentro, otras afuera. Cualquier objeto era digno de divertirnos, una simple lata vacía de sardinas servía para arrastrarnos por la tierra, simulando empujar un “automóvil” y rompiendo los pantalones a la altura de las rodillas. Nuestros juegos infantiles eran muy infantiles.
La calle era de todos, jamás tuvimos una disputa con niños de otras calles, ni había niños callejeros, y aunque el barrio no ha perdido su bravura, en mi niñez no existió la palabra pandilla o pandillero.
Todo estaba a la mano. Unos metros al sur la iglesia del Santo Cristo de la Capilla del Ojo de Agua y al norte San Juan Nepomuceno, apenas dos cuadras de distancia de mi casita de adobe.
En el recodo que hace el callejón la Tienda de Longino López, unos pasos adelante la de Lalo Flores, la de don Ramón de la Peña, la de Catarino Palomo y la de Lupe Franco, las cuatro en una sola esquina. ¡Las cuatro tenían abundante clientela! Ahí había de todo: mercería, ultramarinos (latas de variedad de pescados y mariscos), papelería, frutería, abarrotes y dulcería.
Pero sin salir de la cuadra estaba la peluquería, la carpintería, la yerbería, el billar, el salón deportivo, la venta de fierros usados de don Ramón Loera, la Botica de Carmen y Juan, la huerta de frutales y hortalizas de doña Chinta, Aurorita la costurera, que también reparaba las medias nylon, muy de moda en ese periodo. Era sorpréndente ver cómo con un fino punzón recorría los hilos que se habían ido, para juntarlos y que las medias parecieran nuevas otra vez.
Al sur, el gran almacén de Bucho y la carnicería de los Córdoba. Dos cantinas tenía mi barrio: Salón Corea y La Espinita. A dos cuadras las panaderías de Andrea y la de don Leoncio, el producto recién salido del horno cuyo olor invadía al barrio y las máquinas de moler el maíz, para hacer las tortillas a mano de los Flores y de los Hernández.
Todavía no había tortilladoras y las abuelas y las madres hacían a palmadas las tortillas, ¡hechas a mano! Y en torno al comal de barro, los chiquillos esperando la primera tortilla calientita con “manteca de rana”, sal y a veces salsa de chile. La manteca de rana era el agua donde las señoras se enjuagaban las manos para tortear las tortillas, a veces le ponían manteca de puerco (la mantequilla de los pobres), ¡toda una delicia! ¿Sería el hambre ancestral que nos cargábamos?
Más sobre esta sección Más en Coahuila