Saltillo
Por
Paola Casas
Publicado el domingo, 19 de abril del 2026 a las 03:30
Saltillo, Coah.- El humo no sólo se eleva: incomoda. Se dispersa entre miradas, prejuicios y silencios incómodos en el espacio público. En Saltillo, como en muchas otras ciudades del país, fumar cannabis sigue siendo un acto que oscila entre la normalización y la sospecha. No es sólo una planta lo que arde: es una conversación que durante décadas se mantuvo reprimida.
El 420 dejó de ser un código secreto hace mucho tiempo. Hoy es identidad, símbolo y hasta declaración política. Se dice sin miedo, se escribe en redes sociales y se grita en marchas. Pero detrás de esas cifras hay algo más profundo: una disputa por el significado del consumo, por el derecho a decidir y por la forma en que una sociedad elige mirar o juzgar a quienes lo hacen.
Cada 20 de abril, miles de personas alrededor del mundo se reúnen para conmemorar lo que, de facto, se ha convertido en el Día de la Mariguana. A las 4:20 de la tarde, el ritual se repite: encendedores, risas, fotografías, consignas. Lo que comenzó como un código entre adolescentes en California terminó por convertirse en un lenguaje global que hoy atraviesa generaciones, culturas y contextos sociales.
Sin embargo, reducir el 420 a una fecha o a un festejo sería quedarse en la superficie. Lo que hoy representa es una conversación incómoda que México aún no termina de resolver: la que cruza derechos, salud, legalidad y estigma.

Durante años, la narrativa dominante ha “construido” al consumidor de cannabis como un estereotipo: irresponsable, improductivo, peligroso: “marihuano”. Una figura casi automática en el imaginario colectivo.
Pero esa imagen ha comenzado a resquebrajarse.
Desde el activismo local, Darío Muñoz encarna esa transición. No sólo como consumidor, sino como organizador y puente entre quienes buscan replantear la conversación. “Soy cofundador del movimiento Saltillo 420… me encargo de la logística, del acercamiento con la banda y de la organización de eventos”, explica.
Su historia no es la de alguien que “descubrió” el cannabis recientemente. “Tengo más de 13 años fumando… pero en el activismo ya formal tengo unos tres años y medio”. Es decir, el paso del consumo al entendimiento.
En su caso, la relación con la planta tiene un componente funcional: “Yo soy una persona con déficit de atención… con el cannabis me baja esa revolución y puedo estar más centrado”, dice. Pero lejos de romantizarla, reconoce sus riesgos: “Sí tengo que verificar mucho mi consumo porque luego entra la procrastinación… tiene que ser equilibrado”.
Esa postura refleja uno de los cambios más importantes dentro del movimiento: dejar de hablar del cannabis como algo absoluto —ni totalmente bueno ni totalmente malo— para entenderlo como una herramienta que depende del contexto, la persona y el uso.
“Con conciencia, así es… cultivarnos”, resume.
Ayer, en la ciudad de Saltillo se celebró el Happy 420, un evento que reunió a cientos de personas que son consumidores de cannabis al sur de la ciudad; fue un festival organizado por el colectivo al que Darío pertenece y que duró 14 horas con música, ambiente relajado y entre humos.
El evento demostró que en la ciudad se viven dos panoramas diversos: los conservadores y tradicionalistas que aún llaman “marihuanos” a los usuarios de cannabis y los de mente abierta, a los que no les importa que les digan que son marihuanos.

Mientras el discurso social avanza, la ley se queda a medias.
En México, el consumo de cannabis se encuentra en una zona gris que genera confusión tanto para usuarios como para autoridades. Sobre el papel, existen avances. En la práctica, persisten las contradicciones.
Para el abogado Javier Pérez, el problema es estructural. “El principal derecho que se viola es el libre desarrollo de la personalidad”, señala. Una postura respaldada por la Suprema Corte, pero que no ha sido aterrizada en una regulación clara.
“ La Suprema Corte ya dijo que no se puede criminalizar… pero no hay regulación”, explica. Ese vacío tiene consecuencias directas: “Hoy en día la gente sigue siendo detenida por algo que no está prohibido”.
El resultado es una aplicación discrecional de la ley, donde el criterio depende muchas veces del policía en turno.
Lejos de plantearse como una lucha simbólica, el movimiento ha cambiado de tono. “Esto es una exigencia de derechos, ya no venimos a pedir un favor”, afirma Pérez.
También hay una lectura social detrás del rechazo. “La ignorancia es la razón de muchos tabús y mitos”, apunta. Y aunque defiende el consumo adulto, marca una línea clara: “Los jóvenes no deberían consumir antes de los 21 años”.
Javier Pérez dice que los menores de 21 años no deben consumir marihuana porque las capacidades cognitivas no están totalmente desarrolladas a esa edad. Explica que, al igual que el azúcar o la televisión, la mariguana es uno de esos elementos que no es apropiado para el desarrollo cerebral de los jóvenes.
La falta de espacios públicos destinados al consumo agrava el problema. “Si no nos dan espacios públicos, lo vamos a seguir haciendo en toda la ciudad”, advierte, dejando claro que la prohibición no elimina el consumo, sólo lo desplaza.
En medio del ruido social, las posturas encontradas y el estigma que todavía pesa sobre la planta, la ciencia ha comenzado a abrir una ruta más compleja, menos ideológica y más basada en evidencia.
No es una defensa ciega, pero tampoco una condena automática.
Es, más bien, un intento por entender.
Santiago Valenzuela lo plantea desde esa línea: “La planta no es milagrosa, pero sí puede cambiar radicalmente la calidad de vida”. La frase rompe con dos extremos: el de quienes la ven como solución absoluta y el de quienes la reducen a un problema.
En la práctica médica, el cannabis ha comenzado a posicionarse como una herramienta complementaria, especialmente en casos donde los tratamientos convencionales ya no logran resultados suficientes. Dolor crónico, epilepsia, ansiedad, enfermedades neurodegenerativas o cuidados paliativos son algunos de los campos donde su uso ha mostrado efectos.
“ Ese paciente pasó de estar desahuciado a estar feliz en sus últimos días gracias al CBD”, relata Valenzuela. No se trata de curar, sino de mejorar la calidad de vida. De reducir dolor, ansiedad o sufrimiento cuando las opciones son limitadas.
Ahí es donde el discurso cambia: el cannabis deja de ser una alternativa “rebelde” y empieza a integrarse como una posibilidad terapéutica real.
Pero esa integración, en México, sigue incompleta.
“No todo está en la farmacia”, dice.
La frase apunta a una crítica directa: el sistema de salud aún no incorpora de forma clara ni accesible el uso de cannabinoides, a pesar de que su estudio ha avanzado en distintos países.

El punto de partida científico está en el sistema endocannabinoide, una red de receptores distribuida en todo el cuerpo humano. “Tenemos un sistema endocannabinoide que regula todo el cuerpo”, explica. Este sistema participa en funciones clave: sueño, apetito, dolor, estado de ánimo, memoria y respuesta inmunológica.
Los cannabinoides —como el THC y el CBD— interactúan con estos receptores, modulando procesos que ya existen en el organismo. Es decir, no introducen algo completamente ajeno, sino que influyen en un sistema biológico preexistente.
Esa es una de las razones por las que su potencial es tan amplio.
“ La planta tiene un potencial enorme porque actúa sobre el sistema central del cuerpo”, señala.
Sin embargo, esa misma complejidad implica que no hay recetas universales. A diferencia de otros medicamentos con dosis estandarizadas, el cannabis requiere ajustes finos. “La dosis es completamente individualizada”, advierte. Factores como el peso, la condición médica, la tolerancia, el tipo de cannabinoide e incluso el entorno influyen en los efectos.
Esto abre otro problema: la automedicación.
Sin acompañamiento médico ni información clara, muchos usuarios experimentan por su cuenta, guiados por recomendaciones informales. En algunos casos funciona; en otros, genera efectos no deseados o resultados inconsistentes.
Por eso, Valenzuela insiste en un punto clave: “La educación es el parteaguas de todo”.
No sólo para los usuarios, sino también para médicos, autoridades y la sociedad en general. La falta de formación en torno al sistema endocannabinoide y al uso terapéutico del cannabis sigue siendo una barrera importante dentro del propio sector salud.
A esto se suma un tema crucial: la edad.
El cerebro humano continúa en desarrollo hasta los 21 o incluso 25 años. Durante este periodo, el consumo de cannabis —especialmente con alto contenido de THC— puede interferir en procesos neurológicos como la memoria, la toma de decisiones o la regulación emocional.
Por ello, la recomendación es clara: “No recomiendo el consumo de la planta antes de los 21–25 años”.
Esta postura coincide incluso con voces dentro del activismo, lo que refleja un punto de encuentro poco común entre ciencia y movimiento social: la necesidad de establecer límites.
Porque si algo deja claro la evidencia, es que el cannabis no es inocuo.
Tiene beneficios potenciales, sí. Pero también riesgos.
Y entre ambos, lo que define la experiencia no es la planta en sí, sino el contexto: quién la usa, cómo la usa y para qué la usa.
Ahí es donde la ciencia deja de ser discurso y se convierte en herramienta. Una que, bien utilizada, puede cambiar la conversación.
Uno de los principales retos es diferenciar entre consumo responsable y consumo desinformado.
No es lo mismo fumar por hábito que utilizar cannabis con un propósito claro. No es lo mismo conocer dosis, efectos y contextos que consumir sin referencia.
Incluso dentro del activismo hay autocrítica. Se reconoce que el mal uso afecta la percepción pública y refuerza los estigmas.
Para Valenzuela, el problema no es la planta, sino el entorno que la rodea: la desinformación, la falta de regulación y, en algunos casos, la resistencia del propio sistema médico.
“Trabajar con la planta completa es más eficiente que sólo CBD”, afirma, cuestionando los enfoques que fragmentan su uso.

La ausencia de regulación no sólo impacta en lo legal, pues crea un terreno fértil para un mercado que ya existe fuera de cualquier control institucional:
Para algunos, el cannabis también tiene una dimensión menos tangible.
Una experiencia que va más allá de lo físico y se acerca a lo introspectivo. “La planta tiene un espíritu… es amorosa, da paz y conexión contigo mismo”, describe Valenzuela.
En este enfoque, el consumo deja de ser automático y se vuelve intencional. Importa el entorno, el momento, la razón.
No todos comparten esta visión, pero su presencia dentro del movimiento habla de la diversidad de formas en que se entiende la planta.

México no ha resuelto su relación con el cannabis.
Se encuentra en un punto intermedio, donde conviven avances legales, evidencia científica y prejuicios profundamente arraigados.
Mientras tanto, la conversación continúa en las calles, en las redes, en los espacios públicos y en las historias personales de quienes han decidido hablar.
Porque al final, más allá del humo, lo que está en juego no es una planta.
Es la posibilidad de decidir sin miedo. De informarse sin prejuicio. Y de existir sin tener que esconderse.

El problema no es su existencia, sino su opacidad…
En estos casos, no hay certificaciones visibles ni etiquetados claros, ni garantía sobre concentraciones de THC o CBD.
Lo que se vende como “natural”, “orgánico” o “terapéutico” no siempre tiene respaldo verificable.
En muchos casos, el consumidor depende únicamente de la confianza en quien vende o de testimonios informales.
La lógica del mercado también es difusa y los precios varían sin una referencia clara: el mismo producto puede costar el doble dependiendo del canal de venta, la presentación o incluso la narrativa que lo acompaña.
Para quienes buscan una alternativa médica, el riesgo es mayor. No sólo se trata de consumir, sino de hacerlo con fines terapéuticos sin supervisión ni certeza.
La dosis, la pureza y la composición quedan en una zona incierta donde un error puede significar desde la ineficacia hasta efectos adversos.
Y aun así, el mercado sigue creciendo; no por casualidad, sino por necesidad:
Pacientes que no encuentran respuesta en el sistema de salud, personas que buscan regular ansiedad o dolor, consumidores que prefieren evitar el contacto con autoridades.
Todos terminan alimentando un circuito que existe precisamente porque no hay otro camino legal claro.

Desde el activismo y el ámbito médico, esta situación tiene una lectura común: el problema no es la demanda, sino la falta de reglas…
Santiago Valenzuela lo resume desde su experiencia: “El mercado gris existe porque no hay regulación”. La frase no es menor. Implica que no se trata de erradicar el consumo, sino de ordenarlo.
Porque mientras el Estado no establezca parámetros —quién produce, cómo se distribuye, qué estándares se deben cumplir—, el vacío seguirá siendo ocupado por dinámicas informales.
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