Arte

Publicado el jueves, 2 de septiembre del 2021 a las 04:52
Ciudad de México.- La remembranza que el escritor Jean-Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940) tiene de su niñez en plena Segunda Guerra Mundial es muy similar a la de un preso.
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Durante los primeros años de mi infancia era como un prisionero en un pueblo en el sur de Francia. Lo era porque los alemanes estaban buscando a los enemigos del nazismo”, cuenta en entrevista el Premio Nobel de Literatura 2008, hijo de madre bretona y de padre inglés, quien servía como médico cirujano en las Fuerzas Armadas Británicas. “Mi familia: mi mamá, mi abuela, mi abuelo y mi hermano, estábamos escondidos, y la única distracción que teníamos eran los cuentos que contaba mi abuela”, comparte. “Solo era sufrimiento, miedo, hambre y la distracción suprema de esos cuentos”.
Aquel espíritu liberador que tenían los relatos durante la reclusión pervive en su más reciente libro, Canción de Infancia (Lumen), del cual conversará hoy a la distancia con el escritor Julián Herbert en el marco del Hay Festival Querétaro.
Una obra que si bien parte de sus recuerdos de infancia, Le Clézio, quien ya en anteriores ocasiones ha escrito piezas autobiográficas, no la considera de este tipo, sino como un libro de cuentos más ligado a la imaginación que a la propia memoria que, dice, “es materia muy débil; no tiene ninguna seguridad”.
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Son dos memorias de infancia, y quise llamarlas cuentos porque para mí tienen mucho que ver con lo que hace uno cuando está haciendo un cuento: aprovechar fragmentos de realidad mezclándolos con pedazos de influencias por las lecturas, resonancias personales e imaginación”, detalla el autor sobre la obra, motivada en cierta medida por los menores en regiones en conflicto viviendo lo mismo que a él le tocó. “Para mí hay una comunión, siento la simpatía que me inspira la experiencia de esos niños que están en el mundo en medio de una guerra, que están prisioneros en un lugar, no pueden salir de su casa y, si salen, están bajo peligro de muerte. Mi primera conciencia de la literatura era esta manera de escapar a la prisión, de escapar al encerramiento que nos imponía la guerra”.
Y es que ahí, ocultos de la Gestapo, fue cuando su madre y su abuela enseñaron a leer y escribir a Le Clézio, quien saltó a la fama a los 23 años con su primera novela, El Atestado –galardonada con el Premio Goncourt y el Renaudot de 1963–, pero desde los 7 ya escribía pequeñas historias de aventura, a pesar de la limitación de materiales, como lápiz y papel, de la posguerra.
“Tenía que escribir con un lápiz azul de carpintero”, recuerda el autor de más de 40 libros traducidos a decenas de idiomas, considerado uno de los mejores narradores franceses del siglo 20, con elogios de figuras como Michel Foucault y Gilles Deleuze.
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Esta actividad de escribir, de dejar pasar la imaginación, la invención, abría una ventana sobre el mundo. Las ventanas estaban cerradas y había que abrirlas, y las páginas que yo escribía eran ventanas que podía abrir sobre el mundo exterior. Definitivamente es la semilla de mi deseo de llenar el mundo de palabras”, enfatiza.

Fuera de los territorios
Valerse literariamente de su infancia en medio de un conflicto bélico sirve a Le Clézio también para reflexionar sobre la identidad territorial, las transformaciones sociales y, principalmente, los nacionalismos. Aquello que ya en algún momento ha calificado como “el mayor problema de nuestra época”.
Lo dice desde la perspectiva única que una vida habitando distintos territorios, como Nigeria, Tailandia o entre los indios Emberá-Wounaan de Panamá, le ha dado. Aunque a la base de todo eso está su propia genealogía y la “buena fortuna”, como él la define, de haber nacido en una “familia disparada”.
Por un lado, cuenta, tenía a su abuela originaria del este de Francia, férrea nacionalista con un gran odio por los alemanes a partir de la Primera Guerra Mundial; “era una persona completamente poseída por el nacionalismo”.
Y, por otra parte, su padre inglés, hombre perteneciente a la tradición británica, que siempre conlleva una cierta desconfianza hacia los franceses, expone Le Clézio.
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Así que yo he sido educado por dos tendencias contrarias: mi papá, que era anglófilo, y mi abuela, que era anglófoba y francófila. Cuando hablaban de Juana de Arco, mi papá siempre decía que ella era una bruja, y mi abuela, que era una mártir. En el medio siempre estaba mi mamá, que trataba de conciliar las dos orientaciones”, rememora. “Eso me dio el sentimiento de que estas ideas de nacionalismo son sospechosas, porque uno puede cambiar de nación muy fácilmente. En mi caso, yo tengo dos pasaportes; cuando me presento en la aduana escojo el que me gusta más. Tengo derecho a dos pasaportes y me siento perteneciente a dos mundos completamente diferentes por el lado de mi papá y el lado de mi abuela. En medio de eso, ¿qué puede ser el nacionalismo?”.
Se deben conciliar las naciones y los patriotismos, expresa Le Clézio al otro lado de la línea telefónica desde Bretaña en un perfecto español aprendido, ha dicho, en las calles de México durante su estancia en el país en los 70. Algo que también ha influido en su quehacer literario.
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Creo que el ser humano es lo más importante. Todo lo demás debe ser subsumido a esta condición esencial de ser un ser humano, con toda la riqueza que significa”, remarca.
Le Clézio presentará Canción de Infancia hoy a las 9:00 horas en el marco del Hay, a través del Escenario Digital UANL (previo registro en www.hayfestival.com).
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