Secretaría de su Santidad
Papa León XIV
00120 Ciudad del Vaticanos
Querido Papa:
Con profunda devoción, me dirijo a usted. Nunca he escrito una carta a un Santo Padre, pero usted me inspira una fe la cual le confieso juzgué haber perdido desde hace muchos años, a pesar de que soy católica, apostólica y romana. Fueron muchísimos los motivos de mi decepción en la Iglesia, tal vez fueron los escándalos del padre Maciel, poseído por el diablo, lo que más me alejó de la fe cristiana. Fui educada en un colegio de monjas, y hasta los 20 años, leía todas las noches fragmentos de la Imitación de Cristo. Me casé por la Iglesia, bauticé a mis tres hijos y soy fervientemente guadalupana. Llevo su nombre con orgullo y desde que me enteré que padezco de cáncer en el hígado, no hay día en que no le pida consuelo. ¿Y sabe qué, Su Santidad? Gracias a la Virgen de Guadalupe (la única imagen que no se quemó cuando se incendió la catedral de Notre Dame) y al amor a la vida, continúo trabajando y disfrutando de los momentos felices que me proporcionan mi marido, mis hijos y mis nietos, mismos que me acaban de celebrar con mucho entusiasmo mis ochenta años.
Con ese mismo entusiasmo, y yo diría que hasta con fervor, seguí paso a paso su visita de cuatro días a Francia, mi segunda patria puesto que tengo la fortuna de contar con la nacionalidad francesa, así como usted tiene doble nacionalidad: la estadounidense y la peruana. Según Vatican News, los padres de su abuela materna nacieron en Normandía, Francia. Desde París, Saint-Denis, Lourdes y Metz, no sabe la infinita alegría que me daba el entusiasmo popular que provocaba Su Santidad. Vaya que sorprendió. La Prefectura de París calculó unas 300 mil personas nada más en el trayecto en su papamóvil hasta Notre Dame y qué decir de la misa de Lourdes a la que asistieron 150 mil, según el Vaticano. En algunas crónicas que leí en la prensa francesa hablaban de una Francia secularizada pero con un renacer de la fe, impulsada sobre todo por los jóvenes. Jóvenes ávidos de creer, jóvenes con enormes deseos de esperanza y jóvenes que anhelan la paz.
Hablando de paz, desafortunadamente vivo en un país en el cual no hay día en que no se amanezca con decenas de muertos, desaparecidos y nuevos delincuentes del crimen organizado. En México fallecen en promedio unas 2,246 personas al día por diversas causas naturales y accidentales. El sábado, por ejemplo, mataron a dos estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, la misma en donde estudiaba por intercambio la estudiante española Claudia Tacoronte de 21 años que fue asesinada en Cuautla. Ayer mataron a Fernanda Gastélum, quien tenía 7 meses de embarazo y fue asesinada a balazos en el municipio de Ahome, Sinaloa. Seguramente ha escuchado hablar de los 43 normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos desde 2014 en Iguala, Guerrero. Muchas de sus madres siguen buscando sus restos no obstante han transcurrido 12 años desde su desaparición. He aquí una de tantas heridas abiertas que llevamos los mexicanos en el corazón: la impunidad, la corrupción, los feminicidios, las extorsiones, las fosas criminales, el huachicol fiscal y el crimen organizado. No en balde, el presidente de Estados Unidos declaró hace unos días ante las Naciones Unidas que México era el epicentro de la violencia de los cárteles, “enemigos de la humanidad”.
Mejor volvamos a su maravilloso viaje a Francia, en donde abordó temas fundamentales, en estos momentos de tanta confusión y sufrimiento: abogó por los migrantes, habló de los peligros de la Inteligencia Artificial, advirtió firmemente contra “la ilusión del rearme”, de las mujeres dijo: “hacen espacio, establecen procesos de paz, generan confianza y fomentan la vida”.
Gracias a usted, Su Santidad León XIV, sus palabras dichas desde el corazón, su tierna sonrisa y su mirada inteligente y sabía, recuperé por fin mi fe que se me había extraviado no sé en dónde. Nada me gustaría más que entregarle esta carta personalmente, pero mis circunstancias financieras pero sobre todo de salud no me lo permiten. Antes de despedirme le pido por favor que rece por México, por Francia, por América Latina y de paso por mí.
Agradezco de antemano su atención a esta humilde carta y se despide de Su Santidad, con filial afecto y respeto.
Guadalupe Loaeza Tovar, [email protected]
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