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Carta al presidente

Por Gerardo Hernández

Hace 6 años

Empiezo por decirle que no voté por usted en ninguna de las elecciones presidenciales. En la primera me abstuve, y en las siguientes lo hice por Josefina Vázquez y Ricardo Anaya. Soy apartidista, pero la historia de sangre, sudor y lágrimas de los fundadores del PAN y sus luchas en favor de la democracia, la libertad y el bien común motivaron mi sufragio por el único partido que conserva su nombre original, mas no los principios, pues la ambición de poder hizo que sus nuevas dirigencias perdieran la brújula: olvidaron los valores y la raíz ciudadana que los habían distinguido de la fuerza hegemónica y de las opciones mesiánicas. Tristemente, el cambio prometido nunca llegó.

Dotado de legitimidad y carisma, Vicente Fox desaprovechó la oportunidad histórica de convertirse en el líder de la transición; la alternancia desembocó en los mares de la mediocridad. El conformismo y la frivolidad marcaron su gestión. Además de traicionar la promesa de combatir la venalidad, hizo la vista gorda y dio manga ancha a los gobernadores. El desorden y la falta de control federal en los estados devino en la mayor crisis de inseguridad, impunidad y endeudamiento. No de balde la ciudadanía le dio la espalda al PAN y estuvo a punto de echarlo de Los Pinos en la siguiente elección. Felipe Calderón quizá ganó limpiamente, pero el margen de 0.6%, los titubeos del Instituto Federal Electoral (hoy INE) y la campaña de miedo lanzada desde Los Pinos y los poderes fácticos contra usted, arraigaron en el imaginario colectivo la idea de un nuevo fraude, esta vez cometido por el PAN.

Calderón se adaptó a las circunstancias, los gobernadores del PRI lo rebasaron e impusieron a Peña Nieto, tal vez con su aquiescencia, para cerrarle nuevamente el paso a usted. Peña ganó por una diferencia de 5.6%, en apariencia suficiente para desacreditar cualquier protesta. Pero su elección debió anularse, pues rebasó en más de 13 veces el límite de gastos de campaña. El tope era de 350 millones de pesos y Peña invirtió más de 4 mil 500 millones, de acuerdo con una comisión plural de la Cámara de Diputados. El IFE y el Tribunal Federal Electoral validaron un proceso viciado con dinero sucio y la participación de firmas comerciales e instituciones financieras para la compra de votos.

La historia es sobradamente conocida por usted, presidente López Obrador. Empleo los dos apellidos, pues juntos forman una marca política eficaz, lo cual provoca inquina entre sus adversarios. Obviar su nombre en columnas para referirlo solo como «Presidente», llamarle despectivamente «López» o publicar en minúsculas su acrónimo (amlo), son fatuidades y signos de impotencia y falta de imaginación. La escasez de liderazgos políticos, intelectuales y mediáticos es patente. De la mayoría de sus críticos observo respeto, pero usted no lo tiene con quienes discrepan de sus ideas en buena lid y no forman parte de la mafia del poder ni son voceros.

No estar a tono con quienes, en el ejercicio de la libertad, lo crucifican a diario y le atribuyen todo tipo de males -pasados, presentes y futuros; algunos de los cuales son suyos y no del tiempo- causa extrañeza entre amigos, familiares y colegas. Jamás me he ido con la corriente. La austeridad, la preferencia por los pobres y la lucha contra el sistema de privilegios, la corrupción y la impunidad son plausibles siempre cuando no afecten a sectores vulnerables ni excluyan a los demás; en cambio, deben cumplirse con estricto apego al estado de derecho. Creo que usted es un hombre honesto y bienintencionado, pero no infalible. Ha tomado decisiones equivocadas, algunas de ellas graves. En 2006 fui uno de sus críticos y, en contra de las tendencias electorales, anticipé su derrota.

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