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Casa de la Literatura Gabriel García Márquez, una memoria táctil del afamado escritor

  Por Agencia Reforma

Publicado el domingo, 24 de octubre del 2021 a las 12:32


El hogar que habitó con su esposa Mercedes en el Pedregal de San Ángel desde 1975 se alista para convertirse en la Casa de la Literatura

Ciudad de México.- El hogar que habitó con su esposa Mercedes en el Pedregal de San Ángel desde 1975 se alista para convertirse en la Casa de la Literatura Gabriel García Márquez

El jardín de la casa ha sido cariñosamente rebautizado Plaza Gabriel García Márquez -o, más bien, Place, en lugar de “plaza”-, como lo anuncia un letrero idéntico al que cuelga de un poste en el séptimo distrito de París, entre Rue de Montalembert y Rue du Bac.

“Hombre de letras colombiano. Ganador del Premio Nobel de Literatura”, declara, en francés, la placa que honra al autor, uno de los primeros objetos que atrapan la vista al entrar a la residencia en el Pedregal de San Ángel.

Fue precisamente ahí, en ese jardín, donde “Gabo” y su esposa, Mercedes Barcha, posaron todavía en bata para la lente de su hijo Rodrigo, en una célebre polaroid tomada la mañana del jueves 21 de marzo de 1982, cuando la Academia Sueca los desmañanó con la buena nueva.

Las sonrisas amplias del retrato, de dicha sincera, de una de las parejas más famosas de la literatura latinoamericana, de alguna forma establecen el tono de lo que los admiradores del autor han podido imaginar sobre la vida en esa casa, hasta ahora cerrada para preservar la intimidad de sus habitantes.

“Para mí, Gabo y Mercedes eran muy mágicos”, recuerda Emilia García Elizondo, nieta del matrimonio y directora del espacio que ahora ha pasado a llamarse Casa de la Literatura Gabriel García Márquez.

En una decisión respaldada por toda la familia, esa magia de ambos, que está patente en los objetos que pueblan la morada, como la biblioteca y el estudio de Gabo, las fotografías de la pareja y sus amigos, y su particular decoración casera, podrá ser compartida con el público en general, se proyecta, a mediados del próximo año.

Además de ser un autor señero de eso que todavía se insiste en llamar “Boom Latinoamericano”, pero en realidad como un autor fundamental de su siglo, a secas, García Márquez tenía una bien ganada fama de extraordinario conversador y amiguero.

Son esas dos facetas, explica la directora del lugar, las que guiarán la programación.

“A Gabo le encantaba sentarse con sus amigos a hablar de literatura, entonces para nosotros es muy importante seguir eso, que sea un lugar donde se pueda hablar de literatura de todas las maneras posibles, ya sea un taller, una plática, una presentación de libro, una lectura, cosas de ese tipo que creemos que son un poco continuar con lo que Gabo empezó”, apunta.

La primera mirada hacia el interior de la casa, en su actividad inaugural, es una decididamente íntima, con la puesta en venta del armario de la pareja para la beneficencia.

“Pienso que entrar al clóset de alguien es no como algo prohibido, pero sí digamos que es un lugar muy íntimo”, reflexiona García Elizondo, quien pasó varios meses revisando las prendas, una a una, entre el recuerdo y el cariño.

Asomarse al interior de la sala donde fueron dispuestas las piezas produce una sonrisa instantánea, pues, aunque las prendas estén colgadas en percheros y soportes para ropa, o cuidadosamente dobladas en mesas, todo es inconfundiblemente Gabo.

Cualquiera de esos sacos de tweed, con una pañoleta de seda, una camisa y pantalones bien planchados y las botas de piel, pudieron haber sido usados en una de las tantas veces en que, como dictaba la tradición infaltable, García Márquez salía a la calle en su cumpleaños a recibir el cariño de sus lectores, quienes iban hasta su puerta a llevarle flores amarillas, las de la buena suerte.

En las bolsas interiores de dos de los sacos, explica García Elizondo, incluso aparecieron dos plumones negros que el autor llevaba siempre consigo por si había algún ejemplar que firmar.

“Creo que siempre tenía como este estilo muy elegante, en el sentido en el que siempre traía un pantalón con un saco bonito, o a lo mejor un traje completo, y las botas siempre eran como una cosa imprescindible de su vestimenta; las camisas, las corbatas.

“Veíamos a Gabo mucho en eso, aunque estuviera en la casa sin hacer nada, etcétera, siempre traía una vestimenta muy elegante; yo creo que elegante es la manera de describirla”, rememora su nieta.

El 90 por ciento de lo que está ahí, estima, fue hecho a la medida, como dan cuenta las etiquetas de la ropa, algunas con su nombre escrito y la fecha de su confección.

Aunque prefiere no hablar de precios, algunas etiquetas indiscretas que han salido ya en fotografías o reportajes televisivos dan cuenta, por ejemplo, de que una prenda hecha por la tradicional camisería de Raúl González, fundada en 1970, en San Isidro, Argentina, puede llevarse a casa por 5 mil pesos, lo mismo que un pañuelo rojo de seda, por 2 mil pesos.

Por otro lado, unos zapatos de casas italianas de tradición, como Amedeo Testoni o Artioli, así como un saco a la medida, ya llegan a precios en el orden de las decenas de miles.

La totalidad de lo recaudado, detalla la directora del proyecto, será para el Fideicomiso para la Salud de los Niños Indígenas de México (FISANIM), fundado por la actriz Ofelia Medina, amiga personal de la familia.

Según ha trascendido, en los primeros días de la venta, reservados para el círculo cercano de la familia, a la residencia han asistido amistades como la periodista Fernanda Familiar, el productor de cine Jorge Sánchez Sosa, la editora Deborah Holtz y la ex Secretaria de Cultura, María Cristinva García Cepeda.

“Yo creo que para todos ha sido muy emocionante”, celebra García Elizondo, quien abrirá la casa los primeros días de esta semana para quienes pidieron cita vía Instagram.

“Aunque para nosotros tiene cierto valor emocional, creo que para la gente tiene otro valor emocional que también es muy padre y muy admirable también con Gabo, de ver lo que ha hecho que un saco, una camisa, lo que sea, hace muy feliz a alguien”.

En uno de los soportes para ropa menos visibles, casi ocultos como si se tratara del verdadero tesoro, tres overoles hechos a la medida, uno guinda, uno beige y uno verde, son quizá las prendas más íntimas de García Márquez en sus momentos de escritura.

Cómodos, de un algodón que todavía acaricia al tacto, es difícil no imaginar a García Márquez enfundado en uno de ellos, tecleando por horas en su estudio, del otro lado del jardín con la placa parisina que lo honra, de la Place Gabriel García Márquez.

Galería de afectos

Al entrar al estudio y biblioteca de Gabriel García Márquez, la ultra precisión biográfica, o el puntilloso conocimiento de su obra, no es del todo necesario para entender de inmediato que ahí, en ese espacio en forma de L, están cifrados los afectos más cercanos al corazón del Nobel.

Tan así lo clama el lugar, que incluso en un día lluvioso de octubre se mira plenamente iluminado, acogedor, e invita a tratar de descifrar el orden estricto, pero no excesivamente académico, de los libros, o de reconocer a los rostros que acompañan a Gabo y a Mercedes en las fotografías, o tan sólo de imaginar qué habrían significado para el escritor algunas chucherías dispuestas por todos lados.

Algunos ojos, por ejemplo, podrían posarse de inmediato en la pintura de su compatriota Noé León, fechada en 1968, que muestra a un barco de vapor con la bandera colombiana cruzar el Río Grande de la Magdalena, y que seguro arrancará un suspiro a los lectores de El amor en los tiempos del cólera y El general en su laberinto.

Más sobre el tema: Esto es lo que pocos conocen de Gabriel García Márquez

O quizá, quien se interese en las posturas ideológicas del escritor, reparará pronto en un original del famoso retrato Che melancólico, de Rodrigo Moya, que muestra al revolucionario argentino fumándose un habano con la tristeza.

La vista, sin embargo, se desvía rápido hacia el más mítico de los espacios: el estudio donde García Márquez escribió todos sus libros desde que llegó con Mercedes Barcha a esa casa en la Ciudad de México, en 1975.

Para entrar, es necesario primero cruzar la vista con un retrato grande de Ernest Hemingway, que funge como una suerte de centinela, y a quien Gabo admiró sin cortapisas, tanto que, según lo narra él mismo, en su único encuentro en París, en 1957, tan sólo se atrevió a gritarle “Maeeeestro” desde una acera opuesta.

El estudio está presidido por un escritorio sobrio de madera, elegante, con su infaltable ramo de flores amarillas -como las que Mercedes colocaba, frescas, todos los días-, un periquito de jade, una esfera de cristal, una escultura en forma de pluma, un tintero y una concha con perlas.

Tras de sí, en los libreros más próximos, como quien conoce a la perfección la materia de su trabajo, García Márquez dispuso diccionarios y enciclopedias de todo tipo, de español, inglés, italiano, francés, de mexicanismos, de símbolos, pinturas, arquitectura y, desde luego, de santos.

Sabiéndose, también, parte de una tradición, como comenta personal de la biblioteca, en el espacio de su estudio únicamente colocó los libros de autores hispanoamericanos, como los de los escritores que lo precedieron, como Jorge Luis Borges y Juan Rulfo, o de sus amigos como Carlos Fuentes y Julio Cortázar.

“Tenía mucho a sus autores más queridos cerca de él, quiero decir, al lado de donde él se sentaba, en su estudio, los tenía mucho cerca de él”, comenta Emilia García Elizondo sobre este acomodo.

Justo detrás de su silla, también cerca por siempre, está su colección de discos, en la que irremediablemente destaca la antología de seis discos 100 años de vallenato, que remata con el libro del mismo nombre escrito por Pilar Tafur y Daniel Samper Pizano, y que dice muchísimo sobre el autor que describió a su Cien años de soledad como “un vallenato de 350 páginas”.

En esta galería de afectos tampoco faltan los retratos, tanto con amigos y colegas escritores, como Carlos Fuentes y Juan Rulfo, como con políticos, como Bill Clinton, Barack Obama, Felipe González y Felipe Calderón.

Ninguna, sin embargo, tan grande y central como el retrato de pared completa en el que abraza a su amigo y paisano Álvaro Mutis, a quien apenas se le ve la cara por encontrarse en medio de una carcajada.

Sobre un mueble junto a una ventana, su hijo Gonzalo, diseñador, sonríe hacia la cámara; Rodrigo, cineasta, dirige un capítulo de la serie Los Soprano; y el abuelo materno de Gabo, el Coronel Nicolás Márquez -inspiración para El coronel no tiene quien le escriba-, junto con su esposa Tranquilina Iguarán, conviven en un mismo tiempo congelado.

Inabarcable, como una invitación al hallazgo, la biblioteca se extiende hacia afuera del estudio, hacia un cuarto largo con libreros de pared completa que muestran su colección de autores británicos, estadounidenses, sus volúmenes sobre cine, ejemplares que reúnen textos periodísticos suyos, todas las publicaciones para las que escribió un prólogo y sus libros en otros idiomas.

“Es una biblioteca impresionante. Yo creo que una de las cosas más valiosas que hay en esta casa es la biblioteca que tiene. Gabo hizo un muy buen trabajo y está catalogada muy bien y todo está organizado a la perfección y creo que eso es algo muy importante, que además ha generado muchísimo interés, muchísimo interés”, celebra Emilia García Elizondo.

A la espera de que ese espacio ya pueda ser recorrido por el público en general, como, desde hace mucho, miles de lectores ya desearían, la biblioteca mantiene, por el momento, su cualidad de tesoro por descubrir.

Como se aproxima noviembre, dos altares de muertos pueblan el espacio, uno pequeño sólo para Gabo, decorado con calaveras y nombres de algunos de sus libros, con un tequila Tradicional como ofrenda, y otro más grande, coronado por dos bustos, del escritor y Mercedes, que se miran con el cariño de siempre.

Las flores de cempasúchil, desde luego, son amarillas.

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