Los celos son un género literario. Y si a literatura nos vamos, una enorme parte de mi consulta o asesoría sexológica en las preguntas sobre relaciones sexo-afectivas en las conferencias, la infidelidad y los celos son los temas más recurrentes.
Los celos no solo se manifiestan por la verbalización de la inseguridad y el deseo de posesión, sino que, en una gran cantidad de conductas y actitudes, lo podemos ver, padecer y hasta ejemplificar.
Hace algunos años tuve un lector mío que me empezó a escribir desde la cárcel porque cometió un feminicidio. Como se había metido a un culto religioso, el hombre vivía un arrepentimiento culpígeno y azotado, que combinaba monstruosamente con sus orígenes católicos y sus nuevas creencias.
Con todo y eso observé que el hombre, con la enorme carga de culpa que vivía a la sombra, yo sentía que de alguna manera secreta y enterrada en el fondo de sus entretelas él se justificaba por su feminicidio.
Lo asumía como un crimen de honor. Todo empezó cuando su esposa, a quien él mató a golpes, porque es un hombre muy grande y alto, extraño para la zona del país en la que vive, se convirtió en madrina de bautizo de la bebita de su hermana. Se hizo la fiesta, se armaron las caguamas, le echaron monedas a la rocola y al final cuando ya todos ebrios y brindando, el esposo y padre de la bebé, el cuñado de la ahora asesinada, se le ocurre decir entre sus muchas jocosidades que a la comadre se le arrima, tergiversando para la desgracia de todos el refrán misógino e incestuoso de “a la prima se le arrima”.
Entre la borrachera y sus asegunes, cada quien oye lo que quiere, entonces al regreso a su casa (vía carretera), el feminicida celoso y su esposa se orillan a discutir en la rúa. Él la baja del coche, la golpea, muere a consecuencia de un traumatismo craneoencefálico por la agresión y él la deja muerta a la vera del camino.
A la mañana siguiente la encuentra un familiar que caminaba hacia la parada del camión por esa misma ruta. Cazan al feminicida prófugo y sigue en prisión hace 10 años.
Cuando empezó a escribirme ya tenía dos en la cárcel y me leía por los periódicos que su familia le llevaba. Como una forma de descargo, en larguísimos correos, este hombre celoso de la nada me narró su tragedia.
Pero él siempre asumió que fue ofendido, agredido por la idea de que un cuñado podía tener sexo con su esposa, agraviado por la noción de que los demás supieran que alguien se sabroseaba a su esposa, confundido incluso, por la estigmatización y odio que había desatado entre ambas familias, que luego pasaron un tramo amargo, porque el feminicida ya no pudo volver a ver a sus hijos, ni su familia de él, tampoco.
Lo más increíble de la historia es que el hombre en sí jamás había tenido un episodio violento con su pareja, ni un jaloneo o drama escandaloso de discutir en la calle o algo que delatara que iba a moler a golpes a su esposa: fue el momento en el que ya no sabes quién eres, pero defiendes algo que no sabes qué es, recuerdo palabras más menos, me dijo el feminicida de su esposa, sobre ese momento definitorio para la vida de ese hombre cegado por una pasión (porque los celos son una pasión ponzoñosa).
Espero sus comentarios y dudas en mi correo [email protected] y les espero el domingo Ivaginaria en Facebook, en donde festejaremos el Día del Orgasmo.
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