Corría el año de 1957, y era gobernador del estado Román Cepeda Flores, y presidente municipal de Saltillo Eulalio Gutiérrez Treviño. El inicio de ambas administraciones marcó el fin de la zona de tolerancia, de la calle Terán; luego seguiría la desaparición de las casas de citas o cabarets, lugares donde se facilitan clandestinamente y por precio habitaciones para las relaciones sexuales, además se expendían bebidas alcohólicas y música para el baile entre parejas.
Entre otros, El Egipcio, en la prolongación de Colón, que era uno de los más elegantes; el California Dancing Club, casi en seguida del Ateneo Fuente; el de Carmen “La Flaca”; el de “Santa” en la calle Humboldt al oriente de la ciudad, que hasta la década de los 90 operó en el mismo lugar, y el de Pípila, Miraflores.
Al cierre de la zona de tolerancia de Terán, algunas de las mujeres y los hombres regenteaban los lugares, instalaron casas de citas, “tan despistadas”, que el gobernador Cepeda y el alcalde Treviño ordenaron su clausura, así como el de los otros cabarets diseminados por la ciudad.
Así nació la nueva zona pecaminosa en la colonia González, los habitantes del antiguo Terán llegaron a instalarse ahí improvisando empalizadas y enramadas. De ahí surgió el nombre que la raza le impuso al nuevo lugar: “La Enramada”. Poco tiempo duró en la colonia González, casi en la confluencia de lo que eran las goteras de la ciudad, a la altura del bulevar Ildefonso Villarello Vélez, y lo que parece el lugar definitivo es el que actualmente ocupa, ubicado en las faldas de la sierra Zapalinamé, al suroriente de la ciudad.
La construcción del nuevo burdel se le encargó al famoso arquitecto Jesús Ochoa Ruesga, quien fue autor de diferentes edificios y casas en la ciudad; luego sería primer director de Obras Públicas del Ayuntamiento de Saltillo, rector de la Universidad de Coahuila, y director de la Facultad de Arquitectura.
La fajina
Hubo una época en que el Ayuntamiento de Saltillo utilizaba a ciudadanos detenidos por faltas administrativas para cumplir con la limpieza de las calles de la ciudad. Le llamaba “La Fajina” que precisamente significa limpieza realizada por presos.
Era comandante de la Policía Municipal un ilustre personaje don Natalio Dávila, padre de no menos famosos individuos, entre ellos un leguleyo de nombre Ricardo Dávila de la Peña, que merece una historia aparte.
En 1950 contaba la ciudad de Saltillo con más de 250 policías, algunos hacían la vigilancia a caballo.
A las personas que detenían de la zona de tolerancia, o de algunas cantinas y en la vía pública por rijosos, ebrios, escandalosos, a petición familiar o por faltas a la moral y a las buenas costumbres, o al buen gobierno, los formaban cada mañana, y como castigo los obligaban a barrer las principales calles del primer cuadro.
Un oficial a quien decían Juan “El Cacarizo”, preguntaba voz en cuello: ¿quién sabe manejar? Y a la persona que decía “yo”, lo separaba; así tenía a los que iban a manejar las carretillas y a los barrenderos, se le asignaba un lugar a su gusto, pues el “Cacarizo” gritaba el nombre de una calle y al que levantara la mano se le otorgaba una escoba y una pala. Gritaba el oficial, por ejemplo: ¡Miguel Hidalgo!, y si un chavo decía “yo”, se la asignaba esa calle para asearla de arriba abajo, con eso pagaba la falta y lo dejaban libre ese mismo día.
Una vez que el gobernador Román Cepeda Flores acabó con la zona de tolerancia de las calles de Terán, se abrió la posibilidad de prolongar la calle Venustiano Carranza, ahora Manuel Pérez Treviño, de General Cepeda hacia el oriente. Pero hubieron de pasar varios años para que la llamada ciudad perdida fuera demolida y la calle de Pérez Treviño tuviera la forma como ahora usted la conoce.
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