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Coahuila

Coahuila y Nuevo León

Por Enrique Martínez y Morales

Hace 1 año

Coahuila y Nuevo León comparten más que una región. En 1856, ambos estados se unieron en uno solo por una decisión unilateral del Gobernador neoleonés y partidario del Imperio de Maximiliano, Santiago Vidaurri, que un año más tarde sería ratificada por un referéndum y por la Constitución del 57. La unión de los estados se diluyó en 1864, tras el triunfo liberal en la Guerra de Reforma.

Pero su hermandad va más atrás. Sus capitales están profundamente ligadas desde su creación.

La fundación de Saltillo es atribuida al capitán portugués Alberto del Canto en 1577, quien después haría un intento infructuoso por crear el pueblo de Santa Lucía, a la orilla del río con ese nombre, en el Valle de Extremadura, hoy Monterrey. A él se le atribuye haber bautizado al cerro de la Silla con ese nombre al divisarlo desde lejos.

Finalmente, después de otro fallido intento de Luis de Carbajal, procedente de Saltillo y suegro de Alberto del Canto, Diego de Montemayor logró exitosamente fundar la ciudad de Nuestra Señora de Monterrey en 1596.

También fue una saltillense de origen tlaxcalteca, Antonia Teresa, quien llevara a Monterrey a la Purísima Concepción de María, conocida además como la “Virgen Chiquita”, ícono religioso de la ciudad y cuyos milagros documentó Fray Servando Teresa de Mier.

La permuta de los municipios de Candela y Anáhuac a finales del siglo antepasado le dio a Nuevo León la tan anhelada frontera con Estados Unidos y a Coahuila, el perfil humano en el mapa que actualmente lo caracteriza.

La industrialización de ambos estados se dio de la mano, en sinergia. Desde la antigua alimentación de los hornos regios para producir acero con carbón coahuilense, hasta la consolidación de un poderoso clúster automotriz regional en la actualidad.

Mucho une a nuestras capitales, sólo nos separan mil metros de altura y 80 kilómetros de distancia. Nuestras disputas suelen ser gastronómicas, regularmente sobre la paternidad del cabrito, y las rivalidades se reducen a los partidos de Saraperos contra Sultanes, y del Santos contra Rayados o Tigres.

El flujo de personas entre ambas entidades es enorme. Las carreteras que unen siempre están saturadas. De hecho, algunas de ellas se han convertido en corredores industriales.

Miles de mis paisanos se mudan a Nuevo León a estudiar y trabajar, y no pocos neoleoneses buscan en Coahuila destinos turísticos, de inversión y hasta residenciales.

En este intercambio no hay prejuicios ni sentimientos xenofóbicos. Nos vemos como familia. Y de hecho lo somos: es raro encontrar un regio sin raíces coahuilenses, y viceversa.

Es momento de fortalecer no sólo la unidad regional, que nos ha generado importantes dividendos económicos, sino la nacional. Es tiempo de dejar de lado las diferencias y promover las coincidencias.

Al final de cuentas todos somos mexicanos. Solamente unidos como nación podremos hacer frente a los problemas y las amenazas que nos acechan.

 

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