“La vida no sólo nos da: también nos quita. Afrontar las pérdidas que se nos deparan forma parte del proceso de convertirnos en persona y nos hermana al resto de la humanidad”.
Sabemos estar en los momentos alegres, pero… ¿qué tanto sabemos estar en el dolor? El dolor del otro me duele y, en cierta forma, me hermana con él.
Ha sido un 2025 lleno de pérdidas para muchos y para tantos. Cercanos y distantes, nos ha tocado tal vez vivirlo piel con piel.
Cuando se pierde a un ser querido, se pierde una relación estable, o se pierde un trabajo, pareciera que el mundo se rompe en pedazos. Pero de alguna manera, también nos ofrece la posibilidad de transformarnos, de ampliar nuestros límites y de fortalecernos de muchas formas.
Lo que también es cierto es que nos aísla del propio mundo, para poder acomodar las piezas rotas de las cuales pocos pueden comprender.
¡Ya no llores! ¡Sé fuerte! ¡Ya descansó!
Cuánto daño hacen muchas veces nuestras palabras.
Creemos que sabemos acompañar, pero realmente no sabemos hacerlo.
Si comprendiéramos realmente lo que el doliente vive, lo acompañaríamos desde el amor y con amor, respetando cada una de sus emociones.
Coincido con John W. James, fundador de Grief Recovery, en que vivir la recuperación es también reconocer que es perfectamente bueno sentirnos tristes en ciertas ocasiones y hablar sobre esas emociones, dejando a un lado cómo reaccionarán los que nos rodean.
Hay ciertas fechas complicadas para cada uno, pero la época navideña es la más llena de emociones incompletas y que hoy nos invita a mirar con amor y empatía a quien nos toca acompañar y a quienes viven una pérdida.
Mientras tengamos salida de nuestras emociones, fluye nuestra vida.
Pero lo que pocas veces entendemos es que queremos resolver el dolor del otro de formas que pocas veces funcionan.
El trabajar en nuestras relaciones es sólo por y para nosotros.
La calidad de nuestra vida depende del trabajo que hagamos con nosotros, de esa sanación y de esa reconstrucción de nuestra propia historia.
Respeta lo que vive esa persona que quieres. Respeta que, ante tus ojos, está bien, está mal, está más o menos.
No juzgues sus luchas, son sus batallas.
Las certezas no curan el dolor. El dolor ha de atravesarse.
Dale permiso, amorosamente, de acomodar las piezas rotas y de vivir su dolor. Lo ha de vivir, lo ha de elaborar. A su tiempo y a su momento.
Enfócate en ser un mástil de amor, de compasión, de acompañamiento y de fuerza cuando esa persona no quiere pararse.
Nada está bien, nada está mal, simplemente se está en duelo.
Si has aprendido eso, podrás ser ese bálsamo de amor para alguien que vive ese dolor que quema y que arde.
Más sobre esta sección Más en Coahuila