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Coahuila

Cómo perder un país

Por Luis Carlos Plata

Hace 3 años

Publicado por Editorial Anagrama en 2019, “Cómo perder un país; los siete pasos de la democracia a la dictadura”, de la autora turca Ece Temelkuran (1973), desarrolla una teoría que sin así desearlo –y probablemente sin saber de su existencia en el mundo– describe a la perfección al Movimiento de Regeneración Nacional, la ‘cuarta transformación’ y el Presidente de México.

Tomando como referencia la experiencia política en la Turquía de Erdogan (su Presidente desde 2014 aunque Primer Ministro de 2003 a 2014), enlista una serie de fenómenos concatenados entre sí para explicar el auge del populismo y la destrucción de la democracia. Así. Sin exageraciones.

Temelkuran escribe que todo nace con un “movimiento” que usa como combustible los rencores y un victimismo fabricado, y quienes lo encabezan se autodenominan ‘el pueblo real’: los virtuosos que llegan a cambiar por completo el sistema corrupto.

¿Le suena familiar?

“El contenido ideológico en realidad no importa, pues cambia constantemente, se transforma y se reemplaza en función de las necesidades emergentes. En cada ocasión las masas se adaptan al nuevo discurso, independientemente de que a menudo este contradice sus propios orígenes”.

“El espectro de la verdad alternativa –mentiras a gran escala– que hoy atormenta al sistema vino precedido por la normalización de la desvergüenza”, señala la autora.

Intoxicada por el líder del movimiento, la gente actúa en contra de sus propios intereses y adopta una actitud vengativa hacia grupos que poco tienen que ver con sus problemas, creyendo en un hombre por el solo hecho de que, en apariencia, “es uno de ellos”.

“Esto resulta infantil. Parece infantil. Y de hecho lo es”, remarca Temelkuran, quien identifica el modus operandi: la necesidad de infantilizar a la gente a través del lenguaje político.

Para ello es necesario criminalizar todas las voces críticas calificándolas de enemigas del ‘pueblo real’, al tiempo de afirmarse a sí mismo como el único representante de toda la nación. Cualquier indicio de inteligencia humana básica es un crimen contra el proceso de transformación generalizada del país.

Reitero: seguimos hablando de Turquía, no de nuestro país en tiempos de Morena y la 4T.

“El único truco importante que tiene que dominar el líder populista consiste en hacer creer a sus partidarios que rechaza a los esnobs elitistas y sus medios de comunicación. Y lo hace incluyendo a dichos medios en su definición de la élite política, a la que posiciona como un oponente pese al hecho de que son precisamente los medios quienes posibilitan su conexión con esas masas”.

La receta estaría incompleta sin una red de partidarios cuya propia supervivencia depende de la existencia política del líder. “Para construir tan gigantesco entramado, el partido explota las ya terribles condiciones de vida de esas personas y, lo que es más importante, transforma gradualmente sus derechos sociales básicos en una cuestión de caridad política”.

“Cuando las necesidades de la gente son apremiantes, no es difícil convencerla de que en lugar de luchar por la igualdad social tiene más sentido mostrar lealtad a un partido político a cambio de una barra de pan”. Y así, “gracias a las políticas populistas, el líder se convierte en la única voz de la distribución de la riqueza y el poder del estado, transformando poco a poco el proceso de adopción de decisiones en los asuntos financieros de la nación, hasta que toda transacción económica acaba estando vinculada a él de un modo u otro”.

Hasta aquí pareciera que reseña los últimos cuatro años en México. Y luego viene lo más inquietante: para continuar ‘su obra’, el movimiento requiere desmantelar los mecanismos jurídicos y políticos. El aparato del estado. Sitio donde justamente nos encontramos en este momento.

“El punto de inflexión crucial en el largo proceso de desmantelamiento del aparato del estado y los mecanismos legales no es la implantación de cuadros formados por obedientes y leales miembros del partido o de la propia familia, como mucha gente tiende a pensar, la vuelta de tuerca que permite a los líderes jugar a voluntad con ese aparato se inicia cuando estos empiezan a socavarlo para crear la sensación de que es superfluo. En un abrir y cerrar de ojos filtran al debate público toda una serie de preguntas que tienen el potencial de alterar las reglas del juego: ¿De verdad necesitamos esas instituciones? ¿De verdad necesitamos puestos de alto nivel?”.

“Al crear esta percepción generalizada del carácter superfluo del estado gracias a una enérgica maquinaria propagandística y el apoyo de las masas devotas que confían en la caridad del partido, paralelamente el líder populista empieza a reforzar la idea de que su poder y el de sus partidarios son de hecho mayores que los del sistema”.

“A partir de ahí, las siguientes elecciones se convierten en una mera formalidad, una simple cuestión de aprobar el derecho del líder a seguir manejando el país y distribuyendo la riqueza pública expoliada entre sus partidarios”.

Cortita y al pie

“Bueno, no le permitirán hacer eso”. “La oposición se unirá para detenerlo”. “La gente no se dejará engañar hasta ese punto”.

Esto, al principio, pensaban los turcos en palabras de la autora.

“Pero el líder populista termina por fundir todas esas férreas palancas aparentemente tan sólidas, y el país se ve abocado a hacer frente al poder brutal del régimen sin la restrictiva protección imaginaria de ninguna institución estatal o práctica democrática”.

“El hábito de concebir a nuestras instituciones como entes poderosos y abstractos, y olvidar que en realidad están formadas por personas que podrían estar demasiado paralizadas para reaccionar, es un fallo habitual cuando nos enfrentamos al autoritarismo”, explica Temelkuran.

Ahora bien, mientras el modelo sea rentable, “el líder puede contar con un clima político en el que cada vez menos personas cuestionan el desmantelamiento del sistema legal y en el que resulta cada vez más fácil calificar de terroristas a quienes lo hacen”.

¿Recuerda la reciente campaña para difamar a diputados que no votaron a favor de la Reforma Eléctrica llamándolos ‘traidores a la patria’?

“No es casualidad que vea el estado de derecho como un obstáculo a la voluntad del pueblo cada vez que los jueces, “enemigos del pueblo”, fallan en contra del Gobierno”.

¿Vio a Ricardo Sóstenes Mejía Berdeja en la conferencia del pasado jueves desde Palacio Nacional criminalizando a una jueza de Guanajuato por resolver un amparo que frena temporalmente la militarización del país?

La última y nos vamos

Cuidado. La iniciativa de Reforma Política-Electoral impulsada por el Presidente que –como su propia exposición de motivos dice– pretende, entre otras cosas, “suprimir al INE” (mejor verbo no pudieron usar para revelar sus intenciones) es la manzana envenenada.

Del tema depende la salud mínima de la democracia imperfecta que gozamos y por consecuencia el futuro político de la nación. Por ello se ha convocado hoy a una jornada de marcha-protesta en más de 50 ciudades, agrupada bajo la etiqueta #ElINENoSeToca: para manifestar su rechazo público.

En las calles está la solución, pero sobretodo en las urnas. Eso, o perder un país. El nuestro.

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