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Con o sin libros de texto

Por Juan Latapí

Hace 3 años

Y de repente todos se convirtieron en expertos en pedagogía; unos para descalificar y otros para defender los nuevos libros de texto en un diálogo de sordos en el que prevalecen las verdades a medias, el rencor rayando en odio y sobre todo el fanatismo en torno a la edición de dichos libros.

La única coincidencia entre ambas posturas es -aunque sea de dientes para afuera-el reconocimiento de la importancia que significa la educación.

Se supone que en la escuela es donde los jóvenes llevan a cabo el proceso de aprendizaje para transformarse en sujetos exitosos y útiles a la sociedad para adquirir diferentes conocimientos y habilidades mientras sus profesores les reforzarán la formación de valores tales como la justicia, la libertad, igualdad, democracia, solidaridad y tolerancia, todo ello como parte del desarrollo humano de sus alumnos. Y aunque esto suena bonito la realidad es otra, independientemente de los libros de texto.

Un hecho indiscutible es que el destino de un país depende de su educación y es por ello que ante un mundo cada día más complejo, frente a una realidad opresiva y una feroz competencia, se supone que es en la escuela donde las nuevas generaciones se preparan para alcanzar un promisorio futuro.

Pero no sucede así ya que en todos los niveles la calidad de la educación deja mucho que desear, al margen de los libros de texto. Esto no es privativo de las escuelas públicas, la ausencia de calidad también está presente en pomposas y elitistas instituciones educativas privadas.

Una de las principales causas de los fracasos de México, como proyecto de país, ha sido la mediocridad de sus élites dirigentes, tanto políticas como empresariales, quienes atrapadas entre la partidocracia y el capitalismo salvaje, anteponen sus intereses particulares sobre el bien común.

Los deficientes planes y programas de estudio, así como la mala preparación de los profesores inciden en la pobre calidad de la educación. ¿Por qué las Normales no se transforman a fondo, que los expertos en educación se hagan cargo de esta renovación y los políticos se hagan a un lado? ¿Hasta cuándo los profesores empezarán a enseñar a los alumnos a aprender a aprender?

Hoy en día los maestros son prácticamente burócratas sin un compromiso por la calidad en la educación. La conveniencia prevalece sobre la vocación; el amor por sus alumnos y el compromiso con su superación son prácticamente nulos; la responsabilidad, su preparación profesional y el cumplimiento con sus obligaciones, son terribles. Por ello, cuando hay evaluaciones al magisterio le da pavor. Por cierto ¿cuándo fue la última evaluación?

Es fácil señalar las deficiencias de los maestros pero también se deben reconocer las injusticias que padecen, básicamente por un sindicalismo opresivo, absorbente y no pocas veces corrupto e impune. El sindicato de maestros se ha extralimitado en sus funciones al subordinar y hacer dependientes a los maestros. Es una profesión despojada, sin iniciativas profesionales propias, sin espacios autónomos para actualizarse y donde puedan ventilar sus asuntos académicos y técnicas que les afectan, y sin posibilidades de interactuar con las autoridades para influir en las políticas educativas.

En pocas palabras, no se les permite deslindar lo laboral de lo profesional y mucho menos de lo político.

Por otro lado, para poder capotear al poderoso sindicato magisterial se prefiere nombrar en los puestos claves de la SEP a políticos experimentados en lugar de conocedores de la materia educativa. De esta manera se privilegian más los intereses sindicales y políticos que la calidad educativa. Estas autoridades no han sabido –o no han querido- aprovechar la experiencia cotidiana de los maestros, del conocimiento que tienen de la realidad de niños, jóvenes y sus familias, lo cual permitiría elaborar planes y programas educativos más efectivos.

Ante esta situación, desafortunadamente, los maestros prefieren navegar sin comprometerse, buscando su zona de confort, provecho y privilegios personales, haciendo a un lado la educación. Y por si esto fuera poco, los maestros tienen miedo a los padres de familia y a los niños sobreprotegidos que los amenazan con denunciarlos ante Derechos Humanos por exigirles a sus alumnos.

Un profesor –se supone- debe ser un líder que además de enseñar conocimientos y habilidades, fomente los valores, eduque para la paz, para preservar el medio ambiente, para dominar los lenguajes fundamentales, la comprensión del mundo, el pensamiento científico, la justicia social, los derechos humanos y la identidad nacional. ¿Cuántos maestros son así?

A final de cuentas no son los libros de texto el el meollo del asunto sino el bajo nivel educativo en México. Sin embargo, ante la discusión sobre dichos libros falta conocer la opinión de los profesores y de los expertos en pedagogía, haciendo a un lado las pasiones y los intereses políticos.

Imponer los libros no es opción como tampoco lo es amenazar con quemarlos como externaron trasnochados padres de familia en Saltillo. Mientras tanto, los opiniólogos y todólogos seguirán descalificando y defendiendo los nuevos libros utilizándolos como un pretexto más para continuar con sus mentiras, rumores, ignorancia y sin percatarse que la calidad de la educación permanece por los suelos, con o sin libros.

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