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Concentrar el poder

Por Sergio Sarmiento

Hace 1 año

“Sabemos que el origen de muchos de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder”.
Luis Donaldo Colosio, 6.03.1994

 

 

La concentración de poder es la característica fundamental de los gobiernos autoritarios. Les permite tomar decisiones sin consultar a nadie, lo que les da una enorme fuerza; pero como nadie es perfecto, se convierte también en su mayor debilidad, ya que produce gobiernos sin mecanismos para enmendar sus errores.

Muchos de los mayores errores de la historia han sido producto de decisiones tomadas por gobernantes sin atender puntos de vista distintos a los suyos. Lo paradójico es que, con frecuencia, eran los mismos que se habían opuesto a regímenes autoritarios anteriores.

“La revolución rusa fue el resultado de la movilización total. Hitler la tomó como modelo. Centralizó absolutamente todo. Fue más autocrática que la monarquía”, escribió el historiador británico Simon Sebag Montefiore. La Rusia de los zares, efectivamente, era pobre en parte por la centralización del poder, pero Stalin lo concentró todavía más y provocó entre 7 y 20 millones de muertes por hambre al ordenar la colectivización de las granjas del país. Benito Mussolini y Adolf Hi-tler llegaron a los gobiernos de Italia y Alemania por la vía democrática y aprovecharon su popularidad entre el pueblo bueno y sabio para volverse tiranos que impulsaron un genocidio y destrozaron a sus propios países. Mao Zedong también quiso acabar con las granjas privadas y mató de hambre a entre 30 y 45 millones. Fidel Castro se opuso a la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba, pero se convirtió en un mayor tirano, que empobreció de manera dramática a una isla que antes gozaba de razonable prosperidad. Daniel Ortega combatió la dictadura de la familia Somoza en Nicaragua, pero ha impuesto una tiranía más feroz. Todos ellos, y muchos más que concentraron el poder, dijeron siempre que actuaban con las mejores intenciones; pero en palabras de Milton Friedman: “El poder centralizado no se vuelve inofensivo por las buenas intenciones de quienes lo crearon”.

En México vivimos un régimen autoritario durante la mayor parte del siglo XX, pero las reformas de los años noventa y de principios de este siglo nos permitieron tener un país con contrapesos y alternancia de partidos en el poder. No era perfecto, pero tenía instituciones democráticas. Andrés Manuel López Obrador aprovechó estas instituciones para lograr, después de dos intentos fallidos, su elección como Presidente en 2018, pero dedicó su Gobierno a desmantelarlas. Heredó este nuevo sistema autoritario, la “cuarta transformación”, a Claudia Sheinbaum quien, a pesar de haber expresado convicciones democráticas en distintos momentos de su trayectoria política, aceptó sin cuestionamientos la herencia. El proceso de destrucción de las instituciones democráticas ha concluido ahora, en el Gobierno de Sheinbaum, con la elección de juzgadores cercanos al régimen para acabar con el último contrapeso al poder.

El rumbo de este nuevo régimen de poder tan concentrado dependerá de la apertura de la presidenta Sheinbaum. Si decide escuchar, y no se deja llevar por las tentaciones del poder heredado, quizá podamos vivir tiempos mejores. Ha habido dictaduras ilustradas, como la de Lee Kuan Yeu, que construyó la prosperidad de Singapur en el siglo XX. La mayor parte de quienes concentran el poder, sin embargo, persisten en aplicar medidas equivocadas porque se encierran en su mundo y no escuchan a quien piensa diferente. El ejemplo más cercano es López Obrador.

 

 

Durazo

Me llamó ayer Alfonso Durazo, Gobernador de Sonora, para explicarme que el vehículo de lujo en el que su hijo se tomó una selfie no es de él sino de su novia. Añadió que no necesitaba una aclaración a mi comentario de ayer, sino simplemente decírmelo, ya que nos conocemos desde que era secretario particular de Colosio. Yo pienso que aclararlo es justo

 

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