Existen muchas personas que, según lo que dice un famoso proverbio italiano, “Predicano bene e razzolano male”. No sé si hay un dicho parecido en México. Se refiere a todas aquellas personas que, muchas veces guiadas por prejuicios, estereotipos y creencias, se autoproclaman como personas justas y honestas (casi perfectas) y por esto se permiten juzgar la vida de los demás. Sin embargo, muy frecuentemente su actuar es intolerante e irrespetuoso y, en algunas ocasiones, hasta injusto y deshonesto.
También es cierto que, en la mayoría de los casos, “lo que te choca, te checa”. Es decir, tenemos la tendencia a ser muy críticos y a expresar juicios en contra de las demás personas, porque realmente en ellas vemos algo de nosotros que todavía no resolvemos. Sin embargo, al no ser este un espacio de reflexión o apoyo sicológico, no vamos a profundizar en esto.
Lo que yo percibo y he podido observar es que las personas que hacen esto, normalmente son personas muy infelices con sus propias vidas y que, por esta razón, se dedican a criticar y juzgar a las demás haciéndolas aparecer menos importantes o menos valiosas, invisibilizándolas, y tratando de que queden mal.
La primera cosa que tendríamos que aprender es que no es necesario hacer menos a los demás para sentirnos mejor con nosotros mismos. En lo personal, conozco a muchas personas que admiro por sus éxitos. Y, también, conozco a muchas personas que quiero mucho y celebro sus logros como si fueran míos. Quizás me equivoque, pero creo no sentir envidia. Sin duda, tengo muchos defectos pero no creo que la envidia sea una emoción que me pertenezca.
Siento que cuando alguien que tiene o que consigue algo que yo también quisiera, me concentro más bien en esforzarme más para ver cómo yo también lo puedo conseguir. Es un estímulo para mí, para hacer más y ser mejor.
La segunda cosa que creo que es importante aprender –y esta es quizás la más difícil– es a ser congruentes. ¿Qué significa esto? Muchas personas no saben lo que quieren: piensan una cosa, dicen otra y al final hacen algo completamente distinto de lo que pensaron y dijeron. Y muchas veces “Razzolano bene e predicano male”.
Este tipo de actitudes es el reflejo exterior de una gran confusión interna. Es decir: razzoliamo bene e predichiamo male porque no sabemos lo que realmente nuestro corazón quiere y nos dedicamos a destruir a las demás personas por el profundo sentimiento de frustración y de inferioridad que nos dominan. Qué difícil es creer que no sabemos lo que queremos, ¿verdad? Especialmente si pensamos que a los niños, si, a los propios a los niños, les exigimos ser claros en sus deseos. Pensemos, por ejemplo, a cuando les pedimos que escriban su cartita a Santa Claus.
Pero esta es la verdad: muchas personas simplemente no saben lo que quieren. Y es válido no saber que queremos. Incluso porque todas y todos cambiamos permanentemente (aunque la gran mayoría sean cambios casi imperceptibles en el corto plazo) y también cambian continuamente lo que queremos y lo que pensamos.
No obstante, aunque cambiemos permanentemente, nuestra esencia no muta y se construye en valores que para nosotros deberían ser (y para mí lo son) irrenunciables: la lealtad, la disciplina, el compromiso, el trabajo, la justicia, entre otros. Por ejemplo, yo no podría trabajar en temas de derechos humanos, si no hiciera del respeto, el sentido de justicia y el amor incondicional la guía que conduce mi vida y mi quehacer cotidiano. Y esto no significa, de ninguna manera, que yo no cometa errores. Estoy muy lejana de ser perfecta, solo que trato de ver donde, como y cuando me equivoco y corregir.
Cuando la mutabilidad constante se transforma en confusión, nos puede generar muchos problemas en nuestras vidas cotidianas por la incapacidad permanente de tomar decisiones congruentes con los valores con los cuales construimos nuestra esencia. Esta confusión puede hacer mucho daño, a nosotros mismos y a las personas que están a nuestro alrededor y que no merecen tratar de adivinar nuestros pensamientos, emociones y sentimientos.
Hay que ser congruentes con nosotros mismos, con nuestros valores y decisiones y con las demás personas. Al final, ser congruentes es una forma de amor hacia nosotros mismos y, también, hacia los demás…
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