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| La cinta del realizador noruego la protagonizan Robert Pattinson y Zendaya.

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Córtese las venas, lávese con akevitt y espere a que seque; amor en clave nórdica e irónica

  Por Grupo Zócalo

Publicado el sábado, 18 de abril del 2026 a las 04:01


Reinventa Borgli la comedia romántica con crítica social y desencanto contemporáneo

Valdemar Ayala Gándara | Saltillo, Coah.- Hace unos años, en la Cineteca Nacional de la CDMX, tuve la fortuna de ver el segundo largometraje del director noruego Kristoffer Borgli, una verdadera joya de humor negro, deliciosa y venenosa a partes iguales, donde se aplica con ingenio y sin concesiones una visión desencantada sobre el eterno tema de la relación de pareja cuando las cosas salen mal: Enferma de Mí (2022), de los productores de la exitosa La Peor Persona del Mundo (Joachim Trier, 2021).

Esa obra de Borgli pasó a ser una de mis películas preferidas de la segunda década del siglo 21, y divisa de interés para seguir a este emergente realizador nórdico, sobre todo en entregas donde volviera a atender el asunto amoroso y sus sabores y sinsabores, cargados de miel y hiel, considerando desde entonces al cineasta como digno representante del mejor Séptimo Arte llegado del norte europeo.

Aunque la presencia fílmica de dicha región se ha acentuado en los últimos años, no es un hecho que carezca de antecedentes, considerando el influjo de los autores clásicos como Dreyer, Sjostrom, Bergman, Sjöman, August, Widerberg, etc., y de sus herederos esencialmente suecos (entre los muy recientes, a resaltar el caso de Ruben Östlund, cosechador de Palmas de Oro), pero a fines del siglo 20 se operó un cambio paulatino, alcanzando más protagonismo las naciones vecinas, sobre todo Dinamarca (con el influyente grupo Dogma 95 original), y también gracias a la actividad en Finlandia (los Kaurismäki, Kuosmanen) y, ahora, en Noruega (luego de Bent Hamer), con cineastas nacidos desde mediados de los setenta, ya sea en ese país o avecindados en él (caso del danés Joachim Trier).

En mayor o menor medida, por concordancia u oposición, todo el cine creado por directores nórdicos desde la mitad de la última década del siglo 20 es subsidiario de Dogma 95, y esta contextualización que he planteado viene a cuento porque me parece evidente que el tono agridulce del humor al que es fiel Kristoffer Borgli (n. 1985) cuenta con antecedentes claros dentro del movimiento danés, representados por excelentes realizadores y guionistas como Anders Thomas Jensen, la directora Lone Scherfig y Søren Kragh-Jacobsen, además de los largometrajes de Lars von Trier afinados por la ironía: Los Idiotas (1998) y El Jefe de Todo Esto (2006).

En su más reciente película y segunda incursionando con repartos y financiamientos apegados al cine estadunidense (siendo la primera Dream Scenario, 2023, con Nicolas Cage), Borgli conjunta una pareja de atractivo automático para la taquilla, a la que, con bravura, pone en riesgo: la también cantante Zendaya, y el más que probado Robert Pattinson, quien luego de hacerse famoso empezó a construirse una sólida carrera artística, trabajando con varios de los mejores directores de nuestro tiempo.

La caracterización muy reciente de Pattinson en un filme de autora, con un rol algo similar –como Jackson, el esposo en punto de quiebre de Mátate, Amor (Lynne Ramsay, 2025)–, puede interpretarse como antecedente eficaz para haber implementado una estrategia propia del Sistema de las Estrellas –aprovechando la inercia de la presencia del actor en una producción parecida y cercana en el tiempo–, pero también deviene ratificación de esta clase de papel que ha resultado adecuada para el tipo histriónico que representa el británico, de atractivo algo lánguido, en la línea, por ejemplo, de Jude Law hace algunos años.

Con base en lo anterior, su rol en El Drama, como Charlie Thompson, parte de brindar una formulación de la masculinidad en crisis dentro de un vínculo romántico heterosexual, que entre gags y situaciones ve esfumarse el optimismo de sus premisas, debido a una comprometedora revelación prematrimonial que hará tambalear su compromiso pactado e inminente, su confianza y promesa “para toda la vida”, su patrimonio intangible del corazón.

 

 

Por su parte, la bella Zendaya es Emma, construida a partir de una personificación entregada, convincente, muy bien matizada y que llega a conmover, y en forma paralela, cumpliendo las funciones actantes de oponente femenina y ayudante masculino, están quienes integran el matrimonio de padrinos formado por la exmejor amiga, Rachel, especie de fiscal juiciosa materializada con carácter e ímpetu realista por otra actriz que también es figura musical, la cada vez más socorrida Alana Haim, y su marido Mike –que interpreta el actor mauritano Mamoudou Athie–, quien resulta ser el personaje más tranquilo y razonable de toda la trama, pero que justo por ello se quedará corto, por más buena voluntad que ponga, para equilibrar las situaciones y consecuencias más comprometedoras que se van presentando en esta vertiginosa y cáustica comedia screwball posmoderna.

Precisamente, la temporalidad de época que constituye el contexto de la historia resulta esencial para valorar algunas de sus mayores virtudes, en tanto producto cultural. Con decisión y acierto, distintos diálogos y parlamentos atienden cuestiones políticas y problemas sociales de actualidad y calado imposible de ocultar, apuntando con tino explícito e implícito la existencia de tales aspectos dentro de la sociedad estadunidense, lo cual establece con sutileza una línea crítica y de denuncia que está más que clara en el guion, adquiriendo especial pertinencia como planteamiento ideológico en nuestros días, al aludir a los constantes tiroteos de sociópatas en contra de población civil en espacios públicos como escuelas y centros comerciales, a las prácticas de pedofilia que reflejan profundos grados de perversión y a los actos de canibalismo en contra de recién nacidos que se arropan en la impunidad trumpiana más allá de cualquier ficción.

Tales rasgos de bravura en el discurso argumental me resultan dignos de aprecio y aplauso, y se suman a otros aciertos que responden al trabajo autoral de Borgli antes que nada como guionista y, posteriormente, como realizador y coeditor, a fin de crear un filme sólido, propositivo y de voluntariosa raigambre nórdica, pese a no integrar actrices y actores de aquella zona del mundo.

Fuertemente representativa del período en que vivimos, la película muestra operaciones de planteamiento y estructura por demás interesantes: 1) deconstrucción de la sintaxis narrativa apenas iniciado el filme, lo cual atrapa de inmediato al público y le muestra que está por ver una obra peculiar; 2) deconstrucción de la semántica narrativa, para redefinir con varios giros los significados de la trama y las posturas éticas de los personajes, y 3) deconstrucción de la narratividad melodramática y romántica, poniendo en duda las premisas y los ideales relacionados a la naturaleza de los vínculos humanos, a la fortaleza omnipotente del amor verdadero y a la transformación de los sujetos amados para vencer adversidades superando todo obstáculo proveniente del pasado.

En tal sentido, con intensidad y violencia simbólica maquillada someramente por las reglas de etiqueta, resalta la impactante secuencia del banquete de boda, que llega en el tercer acto, y cuyo tratamiento espejea hacia dos momentos similares de actos sociales cuyos desarrollos atípicos y terribles envenenaron las respectivas convivencias, convirtiéndolas en insoportables momentos de tensión, y los cuales aparecen en producciones ya clásicas dentro del cine mundial, debidas, ni más ni menos, a los fundadores del multicitado e inevitable Dogma 95: Festen. La Celebración (Thomas Vinterberg, 1998) y Melancolía (Lars von Trier, 2011).

En el caso de El Drama, el peso-lastre del convivio alcanza su relevancia dentro del filme tanto por el contenido narrativo que se despliega como por la fuerza dramática que conllevan las palabras y los hechos, pero también es culminante por el virtuoso manejo de la puesta en escena, desdoblando el espacio del salón hacia otros complementarios y paralelos, haciendo de las habitaciones contiguas ámbitos de revelaciones y desenmascaramientos, de una manera que recuerda a la obra maestra de Jean Renoir La Regla del Juego de 1939. La ambigüedad de los discursos dados por el “fuego amigo”, intercalados con la nostálgica oratoria del padre de la desposada, se concatenan con las acusaciones y confesiones correspondientes, al grado de hacer eclosión todos los elementos en el fatal e irrefrenable discurso de Charlie, el novio ahora esposo, amedrentado y rebasado, cuyo speech pasa a ser una de las declaraciones de amor dentro del cine contemporáneo más desesperadas, torpes, hermosas y sui géneris que se hayan visto, oído y vivido. Y tal desastre y despropósito, gracias al ingenio de Borgli, se convierte en una realidad ficcional plena de gracia y melancolía, que da paso al giro maestro que abreva del clasicismo genérico para dar cierre, que no resolución plena, a esta brillante, claroscura y antirromántica historia audiovisual que pasará a ser inolvidable y referencial por sí misma.

De manera semejante a como Lars von Trier reescribió las premisas de los filmes musicales con su enorme Bailando en la Oscuridad (2000), Borgli reconfigura en gran medida lo que es posible esperar de una comedia romántica de conexión hollywoodense, y aun estando ambientada en Estados Unidos, aun considerando el reparto encabezado por un actor londinense y una estrella pop californiana con raíces nigerianas e irlandesas, bajo El Drama subyace la esencia de ese desencanto algo lóbrego, de esa ironía fuerte y sutil y de esa aceptación reflexiva y un tanto kierkegaardiana propias del arte cinematográfico creado en los países nórdicos, en cuya tradición se inserta ya, por méritos propios, el muy talentoso y muy inteligente autor noruego Kristoffer Borgli.

 

Para ver:

El Drama 

De Kristoffer Borgl

Año: 2026

Duración: 106 minutos 

Disponible en salas  de cine

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