Una de las crisis de las que menos se habla es la pérdida en la credibilidad y confianza en prácticamente todo, empezando por las autoridades, en los partidos políticos, en las instituciones, en los empresarios y ya ni siquiera creemos en la selección mexicana de futbol. A la incredulidad ya nadie las para.
Esa incredulidad ha minado la confianza en casi todo ya que las mentiras y las verdades a media nos han convertido en incrédulos empedernidos, cada vez menos creemos en las versiones oficiales -aunque a veces sean verdad- mientras preferimos dar crédito con rabiosa fe a rumores, supersticiones producto de la ignorancia, fake news y conspiracionismos descabellados, todo ello fomentado obviamente desde las redes sociales dominadas por todólogos ávidos de reflectores.
La incredulidad empieza por la clase gobernante que padecemos, que se caracteriza por su creciente falta de confianza en su decir y hacer, por su opacidad, falta a la verdad, pobres resultados, por mentiras y a veces simplemente por sinvergüenzas. A pesar de las campañas mediáticas en las que cacarean supuestos logros, la credibilidad nomás no repunta, sus campañas publicitarias más que un resumen de logros parecen una lista de buenos deseos y que a la postre son simples engaños.
La manipulación informativa que propalan las dichosas redes sociales ha contribuido a que nuestra capacidad de cuestionamiento se haya diluido, ya que fácilmente solemos confundir información con conocimiento, suponemos que estar medio informado sobre algún tema basta para dejar de ser ignorantes y así convertirnos en expertos conocedores, en todólogos perdonavidas.
La ignorancia propicia la credibilidad en rumores y fantasías y, a pesar de que hoy en día es increíble la cantidad de información que recibimos, la ignorancia avanza incontenible. Es sorprendente que aún hoy en día haya quienes creen que un eclipse puede ocasionar algún daño a una mujer embarazada.
La incredulidad siempre ha existido. Se cuestionan la llegada del hombre a la luna, los atentados del 11 de septiembre en EU, el asesinato de Colosio o el de Paco Stanley, adosados con diferentes versiones absurdas que lo única que han conseguido es aumentar la desconfianza ante las versiones tan variadas y contradictorias que impiden conocer lo que realmente pasó.
En buena medida la incredulidad y la desconfianza han sido provocadas también por la falta de ética y por la voracidad sin límite de la clase gobernante, de los magnates obsesionados por el dinero, de varios medios de comunicación y su gusto por engañar para satisfacer sus ambiciones personales. Y cuando llega a aparecer la verdad nadie la cree y se procede a descalificarla o simplemente negarla.
Por ejemplo, ¿quién cree en las policías?, ¿quién cree en la impartición de Justicia y en la aplicación de la Ley?, ¿quién cree en la propaganda oficial? ¿quién cree en las promesas de campaña de los gobernantes electos? ¿quién cree lo que dice el dueño de AHMSA y sus incondicionales ante el innegable colapso y la injusticia que están cometiendo contra miles de trabajadores y sus familias?
Por naturaleza tenemos la necesidad de creer en algo, pero ahora creemos más en lo que aparece en las redes sociales, en los que nos conviene creer aunque no sea cierto y que por desencanto fabricamos nuestras propias verdades y versiones a nuestra conveniencia como si se tratara de un traje hecho a la medida. Así creemos ciegamente que cada seis años el nuevo gobernador será diferente y transformará Coahuila en una potencia mundial aunque de antemano se percibe que será más de lo mismo. Cada cuatro años creemos que la selección nacional de futbol puede llegar a ser campeón del mundo, aunque nunca ha pasado de octavos de final. Creemos ciegamente todo lo que dicen los noticieros de televisión, pero se nos olvidan las contradicciones y mentiras dichas con anterioridad. Es más, cada vez menos creemos en la religión y en la espiritualidad que han sido desplazadas por el dios dinero.
Cuando la confianza muere se pierde la honorabilidad, ya sea a nivel personal, familiar o de toda una sociedad. Decir la verdad de frente es una práctica en desuso, se ha vuelto costumbre decir lo que el otro quiere escuchar. ¿Hoy en día quién hace un trato con otra persona confiando únicamente en la palabra?
La actitud persistente en descalificar lo que no se entiende o se amolda a la conveniencia de cada quien difícilmente conduce a una mejoría. Sin embargo cuando se cuenta con argumentos para cuestionar con argumentos, debatiendo debidamente, es cuando la posibilidad de un cambio para mejorar -individual y colectivamente- es mucho más factible. La falta de credibilidad en las instituciones es la puerta que conduce al reino del caos, donde cada quién hace lo que quiere, como quiere, donde quiere y sin importarle nada ni nadie.
Recuperar la confianza es apremiante, sin embargo, como la honra, la confianza se puede perder en un instante aunque nos haya llevado toda una vida construirla. Recuperar la confianza requiere tiempo y de un gran esfuerzo y de no intentarlo se corre el riesgo de perder la confianza en uno mismo.
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