Aún perdura en las mentes de muchos saltillenses y de los propios familiares, la pregunta si la muerte del exgobernador Ignacio Cepeda Dávila fue producto de un crimen o de un suicidio. Hay quienes afirman que el Gobernador fue sacrificado por el sistema de gobierno de la época, allá en la segunda década de los años 40 del siglo pasado, cuya cabeza central era el presidente Miguel Alemán Valdés, de negro historial en la política mexicana, estigma que aún prevalece en nuestros días.
Cepeda Dávila había viajado a la Ciudad de México en compañía de su secretario general de gobierno, León V. Paredes (la “V” es de Vladimir). La visita tenía como objetivo entrevistarse con el presidente Alemán, para solicitarle recursos, a fin de llevar a cabo obras públicas en beneficio de la comunidad coahuilense, así como apoyar su tesis de que el impuesto por la venta de la cerveza debería quedarse en Coahuila. Iba a la gran metrópoli, con un bono en contra, se había opuesto a la aplicación de un impuesto nacional a la cerveza, a menos que de dicho impuesto se hiciera partícipe al Gobierno del Estado.
Cepeda Dávila fue recibido fríamente por el presidente Alemán, que incluso de pie, no lo invitó a tomar asiento en el despacho presidencial, lo dejó con la mano estirada y según los enterados, le dijo: “Si es asunto de política conmigo, y si es cuestión material, con mi secretario de Obras Públicas, pero le advierto señor Gobernador que para usted y su estado, no hay un solo centavo, pues Coahuila es autónomo e independiente, como tan acertadamente usted lo ha dicho. Nacho era más hombre que el presidente y dicen que como toda respuesta le puso una cachetada al licenciado Alemán.
Y que arrepentido, regresó a Saltillo y se quitó la vida de un tiro en la cabeza, en su domicilio de Purcell y Ramos Arizpe. Ahí donde estuvo la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Coahuila, frente a la Alameda Zaragoza. A la muerte del gobernador Cepeda Dávila, Alfonso Ainsle, originario de Piedras Negras, lo cubrió interinamente por algún corto tiempo, luego vendría como gobernador sustituto Raúl López Sánchez, coahuilense originario de Torreón, quien era íntimo amigo del presidente Miguel Alemán, que a la postre lo hizo después secretario de Marina.
Crónica de su muerte
El Gobernador regresó muy exaltado de su entrevista con Miguel Alemán, recordaría León V. Paredes y viajaron por tren de regreso a Saltillo.
Por la mañana, Paredes salió al comedor para ocupar una mesa y esperar a que el Gobernador se aseara y vistiera. Escribe Paredes que pasó un largo rato sin que Cepeda Dávila se uniera a él, así que regresó a buscarlo. Lo encontró en pijamas, hurgando por algo en la maleta de viaje. Cepeda se sobresaltó al verlo y explicó apresuradamente que buscaba el rastrillo y la crema de afeitar, lo cual sorprendió a Paredes pues lo había visto perfectamente rasurado. Siguió explorando en su maletín hasta que encontró su pistola bulldog calibre 32, la cual sacó y vio detenidamente. Su comentario fue: “Bueno, pues esto se acabó”. Paredes y Armín Valdés, el otro acompañante, se alarmaron. Este último preguntó: -“¿Se acabó qué”?
En la estación de los ferrocarriles, en Saltillo esperaban al Gobernador varios funcionarios, quienes lo acompañaron hasta su domicilio en las calles de Purcell y Ramos Arizpe. No quiso hablar con nadie, dijo estar enfermo y trajeron a su amigo, el doctor Gonzalo Valdés, para que lo atendiera. Sólo le recomendó reposo. Antes de retirarse a descansar, Nacho habló con su cuñado Humberto Flores Garza, el doctor Valdés, el licenciado Jesús Flores García y con Carlos Valdés Villarreal, su secretario particular. Los enteró de la situación y los citó para el día siguiente.
De los pasos que dio en la intimidad de su hogar, nadie podría asegurar cuáles fueron exactamente. Se dice que recomendó a una de sus hermanas el cuidado de doña Cuca, su madre. A su esposa, le pidió que diera alguna cucharada al niño pequeño que tosía. Solicitó que le llevaran un té a su habitación y cerró. Por algunos minutos se creó el silencio en la residencia oficial del Gobernador, siempre ajetreada.
Minutos después sonó un disparo de pistola. Su esposa Estelita, que bajaba las escaleras, corrió al cuarto de su marido y lo encontró inmóvil y sangrando sobre la cama.
Inmediatamente llegaron varios médicos para intentar salvar la vida del Gobernador, pero todos los esfuerzos resultaron inútiles. El proyectil había destrozado órganos vitales. La casa se llenó también de funcionarios y políticos. De voces y de llantos. Dicen que cerca del cuerpo sin vida de Gobernador estaba el retrato de su padre, el general revolucionario Abraham Cepeda de la Fuente, como si Nacho hubiera querido explicarle algo en aquella hora fatal.
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