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Coahuila

Cuando el peso pierde peso

Por Enrique Martínez y Morales

Hace 6 meses

Hay fenómenos económicos que no siempre se sienten por ser graduales, pero que en el agregado pueden tener un gran impacto en las familias. La inflación es uno de ellos. No irrumpe de golpe, se desliza. Aparece primero en pequeños ajustes, en centavos que pasan desapercibidos… hasta que un día descubrimos que llenar el tanque cuesta más de lo esperado y que el carrito del súper cada quincena sale más vacío.

Hoy, México enfrenta una nueva presión inflacionaria. El contexto bélico internacional ha vuelto a tensarse y sus efectos no tardan en cruzar fronteras. El encarecimiento de los energéticos, particularmente de la gasolina Premium, que ya ronda los 30 pesos por litro, se combina con un aumento significativo en los fertilizantes, cuyo precio se ha incrementado en más de 50 por ciento. Ambos factores tienen algo en común: son insumos esenciales para la producción agrícola. Y cuando se encarecen, el efecto no se queda ahí. Se traslada. Se infiltra en toda la cadena productiva hasta llegar, inevitablemente, a la mesa de las familias.

La inflación, en ese sentido, es profundamente democrática… pero no en el buen sentido. Nos afecta a todos, sí, pero golpea con mayor fuerza a quienes menos tienen. Porque mientras los ingresos suelen moverse con lentitud, los precios no esperan. Y en esa carrera desigual, el poder adquisitivo se erosiona.

Lo que resulta particularmente llamativo es que, en medio de este entorno, el Banco de México haya decidido recortar la tasa de interés de referencia, llevándola a 6.75%, su nivel más bajo en los últimos cuatro años. En condiciones normales, una tasa más baja incentiva la inversión, dinamiza el crédito y reduce distorsiones. Es, en muchos sentidos, una palanca para el crecimiento.

Pero el momento importa.

Cuando la inflación amenaza con desanclar expectativas, la prioridad debe ser contenerla. La historia económica está llena de lecciones en este sentido. Basta recordar episodios como la inflación en América Latina durante los años 80, cuando el descontrol de precios no sólo deterioró el poder de compra, sino que también minó la confianza en las instituciones y en la propia moneda. Más extremo aún fue el caso de Alemania en la década de 1920, cuando la hiperinflación convirtió al dinero en papel sin valor y desdibujó los cimientos de toda una sociedad.

México, por fortuna, está lejos de esos escenarios. Pero la enseñanza permanece vigente: la inflación no es un fenómeno menor ni se corrige solo. Es una fuerza que, si no se contiene a tiempo, puede distorsionar decisiones, frenar la inversión y, sobre todo, afectar la vida de millones de personas.

Por eso, en momentos como este, la prudencia es clave. Mantener el equilibrio entre crecimiento e inflación no es sencillo, pero sí posible. Una tasa baja puede ser deseable; una inflación desbordada, nunca.

Los indicadores económicos tienen nombre y rostro. Y cuando el peso pierde peso, no solo se encarece la vida de las familias, también se vuelve más incierto su futuro.

 

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