“Me decía un señor, el 96% de los mexicanos son católicos, mas 100% son guadalupanos”.
Juan Pablo II
Este artículo pretende explorar los paralelismos entre dos modelos de administración de la fe y sus dimensiones económicas: uno desarrollado en Francia durante el siglo 16, en un contexto de guerras de religión y violencia extrema; otro manifestado en la Ciudad de México durante el siglo 20, en un contexto institucional, político y social radicalmente diferente. El caso francés ocurrió en París durante la madrugada del 24 de agosto de 1572, fecha en que la Iglesia Católica celebra la festividad de San Bartolomé. El episodio mexicano aconteció en la Ciudad de México el 6 de septiembre de 1996, cuando se hizo pública la salida del sacerdote diocesano Guillermo Schulenburg Prado del cargo de abad de la Basílica de Guadalupe. La fecha coincidió con la festividad litúrgica de San Zacarías, padre de Juan el Bautista.
Dos reformadores protestantes: Martín Lutero (alemán) y Juan Calvino (francés)
Su reforma no sólo se limitó a “democratizar” la lectura de la Biblia, estableciendo que esta se interpreta por sí misma -principio de sola Scriptura- y no requiere de personas capacitadas que lo hagan por y para el ciudadano común. Trascendió lo espiritual e incidió en la vida económica y social. El modelo ético-moral que trajo aparejada la reforma se sustentaba en cuatro conductas torales: trabajo arduo; austeridad en el modo de vida, crédito financiero como recurso lícito, y el hábito del ahorro. Hugonotes, así se les llamó a los protestantes franceses de orientación calvinista en el siglo 16. Entre ellos hubo nobles, médicos, banqueros, comerciantes, artesanos, impresores y miembros de distintos estratos urbanos y rurales. Se distinguieron por formar una comunidad económica productiva capaz de financiar el crédito al resto de familias galas -no nobles- y proveerles de bienes necesarios para el crecimiento del reino francés. Sus nuevas convicciones religiosas hicieron que se apartaran de las enseñanzas y mandamientos de la Santa Sede, principalmente, el de transferir regularmente recursos monetarios por diezmos, ofrendas, primicias, etcétera, a la curia romana. Por fortuna o infortunio, les tocó vivir -antes de la noche macabra- la contrarreforma que diseñó la Iglesia Católica para compensar la caída de ingresos de los territorios cuyos habitantes dejaron la fe católica, especialmente Alemania, Inglaterra y obviamente una parte del país francés.
La noche de San Bartolomé
Es conveniente hacer una interpretación global de los hechos violentos, en que fueron asesinadas cientos de familias en París el 24 de agosto de 1572, por su fe protestante. La masacre se extendió durante algunos días más y alcanzó otras regiones francesas. La turba incendiaria, es probable que no mataba a un creyente simpatizante de la doctrina calvinista, sino a un acreedor que poseía documentos que comprometían el patrimonio de sus verdugos. Los hugonotes habían despertado enemistades con un grupo de franceses afines a la corona y a la Iglesia, liderados por la familia de los Guisa, que por tradición familiar habían manejado préstamos y financiamiento al reino francés. De ninguna manera les gustó la idea de tener competidores económicos. Y optaron por combatirlos. Como señalaron algunos historiadores del periodo, “la noche de San Bartolomé puede entenderse como el resultado de la convergencia de tres fuerzas: religión, poder y economía. El fanatismo dio la justificación; la lucha política proporcionó el escenario; y los intereses económicos suministraron el beneficio a quienes participaron en la violencia”.
La economía del milagro: la Basílica de Guadalupe
En México se presentó un episodio religioso muy distinto al de los hugonotes del siglo 16, por la época, el régimen político, la estructura social y económica y la naturaleza de la violencia. Sin embargo, ambos casos permiten observar la influencia que las creencias religiosas pueden ejercer sobre las sociedades. En 1572, el almirante hugonote Gaspar de Coligny fue asesinado durante la noche de San Bartolomé y su cadáver fue mutilado y arrojado al río Sena. Más de cuatro siglos después, Guillermo Schulenburg Prado, abad de la Basílica de Guadalupe durante 33 años, presentó su renuncia en 1996, oficialmente por su avanzada edad, aunque sus declaraciones sobre la historicidad de Juan Diego y las apariciones guadalupanas habían provocado una fuerte controversia dentro de la Iglesia Católica mexicana.
Sin símbolos no hay peregrinos a la Basílica
“Sin símbolos difícilmente habría peregrinaciones de la magnitud que se conocen; el símbolo religioso convierte una creencia abstracta en un objeto de devoción capaz de movilizar personas, recursos y actividades económicas”.
El episodio mexicano permite una interpretación desde la perspectiva económica: la Basílica no sólo constituye un centro de fe, sino también una institución que moviliza recursos, recibe donativos y genera diversas actividades económicas alrededor del fenómeno de la peregrinación. “En 1996 se informó que la administración de la Basílica registraba alrededor de 15 millones de pesos anuales en limosnas -aproximadamente 83 millones de pesos de 2026, considerando la inflación acumulada del periodo”.
Así, tanto San Bartolomé como Guadalupe permiten estudiar la interacción entre religión, poder, sociedad y economía, aunque se trate de acontecimientos históricos radicalmente diferentes. El poner en tela de juicio una creencia que viene desde el siglo 16, y que ha resistido cambios en los modelos socioeconómicos de la colonia y luego del país, era casi imposible pensar que las autoridades eclesiásticas mexicanas y romanas no sancionaran una declaración tan intrépida que ponía en evidencia el ayate con la imagen de la virgen de Guadalupe, cuyo portador y mensajero fue Juan Diego.
Conclusión
La noche de San Bartolomé y el episodio del Tepeyac pertenecen a épocas, sociedades y circunstancias radicalmente diferentes. Compararlos no significa equipararlos. Representa utilizarlos como dos claraboyas históricas, para observar una cuestión más amplia: el valor económico, político y social que pueden adquirir las instituciones religiosas cuando concentran autoridad, patrimonio, prestigio y capacidad de movilización colectiva. El caso mexicano no fue violento, para salvaguardar el símbolo guadalupano bastó la renuncia de un miembro del clero nacional.
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