Hemos caminado sobre muertos por siglos y no nos hemos detenido a averiguar por qué. Una extensa zona del Centro Histórico de Saltillo sirvió de panteones, pues los dos principales templos católicos, Catedral y San Esteban, permitían sepultar dentro y fuera de los edificios religiosos a los muertos por más de 300 años.
Esa costumbre la trajeron los conquistadores europeos porque se creía que sepultar los muertos en las iglesias era estar cerca de los altares, mártires y santos, que otorgaba protección espiritual y facilitaba el camino al cielo. Hoy en día esta práctica está prohibida para los fieles comunes por razones de higiene y salud pública, reservándose casi de forma exclusiva para obispos o santos.
Durante la batalla de la angostura, entre invasores norteamericanos y soldados mexicanos, decenas de combatientes de Estados Unidos murieron ante las tropas del general Antonio López de Santa Ana, quien había ganado la guerra, pero se retiró inexplicablemente dejando libre el terreno a los estadunidenses.
Como los invasores extranjeros no profesaban la región católica, no se permitió sepultarlos en alguno de los dos templos ya mencionados y se improvisó un panteón en la calle Juárez, hacia el oriente, aproximadamente a la altura del actual Archivo Municipal, donde en junio de 1897 ocurrió una intensa lluvia y varios cadáveres emergieron. Las fuertes corrientes de agua removieron la tierra, dejando al descubierto los restos de personas enterradas hacía décadas.
Lo que hoy es la Catedral de Santiago funcionó como el primer camposanto principal de la Villa de Santiago del Saltillo. El atrio y los costados del templo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala sirvieron como panteón y llegaron a extenderse por las cuadras que hoy ocupan calles como Padre Flores, Allende y Aldama.
Como diría el escritor e historiador mexicano Ignacio Manuel Altamirano: “Todo mundo iba a sentarse y arrodillarse sobre una capa de podredumbre y gusanos”, y añadía: “Ahí en las iglesias se recibe la salud del alma y también el tifo y el cólera”. Por estos y otros motivos derivados, miles de mexicanos murieron en varias épocas.
Pero no sólo San Esteban y Catedral servía de aposento para los difuntos, había por lo menos ocho panteones en el Centro. Imagínese que aún anda usted pisando sobre cadáveres.
El Ayuntamiento acordó usar de manera provisional el camposanto del convento de San Francisco y su respectiva plaza.
El otro panteón se ubicó donde actualmente es el cruce de las calles Abasolo y Juárez en donde se localiza la Escuela Centenario. En Urdiñola se estableció el panteón de Belén.
El de la calle De la Cruz, hoy Manuel Acuña, cerca del barrio de Santa Anita, ante una demanda rápida de entierros a causa de las epidemias, se construyó otro panteón sur de la actual Alameda Zaragoza. A finales del siglo 19 terminó el movimiento de cementerios hacia extremos opuestos por parte de la Villa de Santiago de Saltillo y San Esteban de la Nueva Tlaxcala.
Más sobre esta sección Más en Coahuila