Esa mañana del 23 de enero de 1966 hacía un intenso frío en Saltillo, había nevado por la madrugada y el piso presentaba algunas pequeñas lagunas que impedían que posaras tus pies sobre el piso y tuve que cargarte en brazos para que tus límpidas zapatillas no se mancharan. Salías de blanco desde tu casa, en aquel pequeño barranco por el cual se ascendía por unas gradas. Llegamos a Catedral, ya nos esperaba monseñor Guízar, para declararnos ante la Ley de Dios unidos hasta que la muerte nos separara.
Nunca había tenido un gozo mayor que el de sentir que viviríamos juntos hasta llegar a viejitos y morir. Ya había perdido a mis padres genéticos y mis adoptivos, tus padres. Sentí un dolor intenso por su partida, pero nunca me imaginé que dolería más tu ausencia.
Fue prolongada tu agonía. Recuerdo que salí a buscar un restaurante dónde comer y cuando regresé ya estaba Karla, mi segunda hija, con su cara pálida esperándome, solamente alcanzó a decirme ¡Papá, ya! Nos abrazamos pero no lloramos. Fue tan grande el dolor que compartiste con nosotros durante tres años en que te vimos sufrir tanto, con aquellos altibajos de la maldita enfermedad que a veces te sostenías con alfileres. En medio de tu malestar no sabíamos de dónde sacabas tantas fuerzas.
No puedo negar que te echo de menos y a cada rato reniego, porque no se cumplió tu deseo de hacernos viejitos juntos. Te recuerdo a cada instante de mi existir y puedo seguir viviendo, pero no me aterroriza la muerte.
Te extraño sentada en el sofá de la sala de estar, donde tanto te gustaba ver la televisión y conversar con tus hijos, con tus nietos, con quienes bromeabas dentro de tu angustia y dolor que a veces te impedían levantarte, incluso para ir al baño. Teníamos que auxiliarte.
Una vez me preguntaste ¿qué está pasando con mi salud?, y no quise contestarte. Fui a llorar mi dolor al baño. El hígado se te dañaba cada día más y las toxinas que no podías desechar se iban a tu cerebro, creando una encefalopatía, que incluso te impedía hablar claramente y eso me llenaba de rabia.
Me sentaba a tu lado y te tomaba las manos, las que apretabas con fuerza y sonreías cuanto te decía que jamás te dejaría sola, y que mientras Dios me diera Salud estaría atendiéndote.
Tenía la esperanza de que con el tratamiento del doctor Rogelio López tu vida se prolongara un poco más para celebrar los 57 años de casados, y hasta hicimos planes para dar gracias a Dios y hacer un festejo muy íntimo, rodeados de nuestra familia, la que formamos tú y yo, tus hermanos y los míos, y nuestros amigos de siempre.
Amor, me ato a tus brazos tan fuerte, que ni aún muerta me abandonas.
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