Alas, Tigres, Delicados, Argentinos, Montecarlo, Fiesta, Faritos, Rialtos, Embajadores, del Prado, Radio de la tabacalera el Buen Tono, y de los importados Camel, la lista parece interminable, más de 50 marcas de cigarrillos había en el mercado nacional, incluyendo los de hoja de tamal, que eran menos dañinos que los de fábrica y que en el caso de Saltillo se vendían en cada barrio, cada sector tenía su artesano que elaboraba este tipo de adictivos.
Hubo un largo tiempo en que suele decir la canción cuplé española: “fumar era un placer”, sensual, aún no se medían las consecuencias que esta adicción traía al ser humano, poco se hablaba de sus daños a la salud.
Mi ciudad, como el país, tuvo una fuerte adicción al tabaco, apenas cumplías los 15 años y ya eras un adicto, otros comenzamos a los 18, más si ya trabajabas, ¡mamá ahí le encargo mis cigarrillos!, cuando la mujer iba a surtir el mandado no podía faltar este considerado un hábito normal, el ejemplo lo daban los mayores, pues fumaban en recintos cerrados y abiertos, en la casa o fuera de ella.
No había respeto ni consideración, la gente prendía cigarros en edificios públicos, calles, cines, bares, autos e interior de las casas, los menores lo hacían con discreción y era símbolo de estatus social.
Fumar tanto en lugares abiertos como cerrados era símbolo de glamour y sofisticación. Asimismo, tener un cigarrillo entre los labios, a lo James Dean, era considerado “cool” entre los más jóvenes.
Hay quienes afirman que los cigarros antiguos eran de mejor calidad y que contenían una menor cantidad de sustancias tóxicas.
La historia del tabaco en nuestro país se remonta a la época prehispánica, cronistas como Bernardino de Sahagún y Bartolomé de las Casas relatan su uso medicinal y quema.
El franciscano Francisco de Ajofrín relata que en la Nueva España, el consumo de tabaco entre hombres y mujeres era exagerado, pues algunas personas casi no dejaban el cigarro durante el día, incluso en la noche, excepto en la iglesia, en donde estaba prohibido, pero en la sacristía sí se permitía fumar.
Fumar era sinónimo de autoafirmación y personalidad, estábamos muy lejos de conocer que en el humo del tabaco existían más de 4 mil sustancias químicas, de las cuales se sabe que al menos 250 son nocivas y más de 50 cancerígenas.
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