En lo que va de 2023, doña Inspiración se nos resiste para hacerse presente y hemos enfrentado dificultades para elaborar estos escritos. En busca de ella, nos fuimos a los estantes de los libreros para ver si por ahí andaba y nos apoyaba a elaborar la colaboración de esta semana. Por esas cosas que suceden, nos tropezamos con un libro cuyo tema central son los años (1976-1982) en que gobernara nuestro país José López Portillo y Pacheco. De pronto empezaron a surgir en el retrovisor de nuestra mente imágenes que nos trasportaron a un pasado en donde, querámoslo o no, tomamos decisiones que definirían nuestro futuro profesional y personal. En función de ello, habremos de compartir con usted, lector amable, como percibimos desde nuestro microcosmos personal lo que entonces el país vivió.
La primera imagen que vino a nuestra mente fue la de nuestros años estudiantiles, aquella tarde del 22 de septiembre de 1975, allá por los rumbos de Lomas de Guevara en Guadalajara, cuando corriendo llega quien entonces era nuestro amigo, Gabriel Bastidas, quien a grito abierto nos dijo “destaparon a López Portillo.” Nosotros, quienes por pura afición simpatizábamos con Mario Moya Palencia consideramos, y hoy más que nunca estamos convencidos, de que se había cometido un error. De ahí, brincamos a aquel primero de diciembre de 1976 dia en que mientras la mayoría se conmovía con el discurso de toma de posesión, a nosotros nos pareció una alocución muy bien dicha, pero no por ello cambiamos nuestra percepción. Vaya que si tuvimos que escuchar las voces ilusionadas de quienes consideraban que la salvación había llegado a la patria. La actitud era normal tras de lo acontecido durante los días y semanas previas en donde el rumor predominó sobre la información dura. Así, trascurrirían los meses hasta que cerramos nuestro capitulo de Guadalajara y decidimos como todo provinciano aspiracionista de entonces iniciar la vida profesional en la Ciudad de México, decisión tomada muchísimos años antes.
Aquello lucía como un salto al vacío sin paracaídas, pero había que tomar el riesgo. No sabíamos ni por dónde empezar, pero eso no impedía afrontar los riesgos. Tras de viajar al pueblo, regresamos a Guadalajara a recoger pertenencias. Al llegar a la terminal de autobuses, nos encontramos a nuestro profesor, Jerónimo Ramos Sáenz Pardo, quien nos cuestionó acerca de los planes, se los comentamos incluyendo no saber ni por donde empezaríamos. Como respuesta nos indicó que fuéramos a verlo a su oficina en el Distrito Federal.
Sin otra opción inicial, al llegar a la capital, nos fuimos a buscar a Jerónimo quien nos presentó con Sergio Enrique Castro Peña. Él era el director de programación y evaluación económica del programa ganadero más exitoso que haya existido en toda la historia de México, el Fideicomiso Campaña Nacional contra la Garrapata. Nos recibió amablemente y tras de una charla breve nos ofreció que si queríamos laborar ahí. Nuestra respuesta inicial fue que sí, pero, como el verdor nos exudaba, le dijimos que nos esperara unos días. Entonces, junto con otros dos compañeros de nuestra generación, tratábamos de encontrar otra opción laboral. Sin embargo, la falta de experiencia nos llevó a cometer error tras error al punto de que acabamos vetados en el sitio en donde intentábamos laborar por ello, emito los nombres de nuestros dos compañeros porque aquí no se trata de compartir pecados. Afortunadamente, en aquellos días, el petróleo ya empezaba a mostrar sus bondades y los empleos gubernamentales no se cerraban de un dia para otro.
Y pues no tuvimos otra opción sino regresar con Sergio y decirle que cuando quisiera empezábamos. Por razones que desconocemos, y nunca se las hemos preguntado, nos aceptó, aun cuando nos dijo, lo único que hay es un espacio como auxiliar de programación, ese era ahí el nivel más bajo de la escala profesional. Era iniciar prácticamente de cero, de nada valía haber sido el segundo mejor promedio de la generación. Ahí, iniciamos nuestro aprendizaje en lo que sería nuestra vida profesional al servicio del Estado Mexicano que de hecho culminaría el día que nos negamos a aceptar la Dirección General de Administración de Pesquerías por no compartir la filosofía política del grupo gobernante. Pero volvamos a los años en que México parecía olvidar lo vivido en el pasado reciente y la población se ilusionaba con que el petróleo habría de llevarnos a la abundancia permanente.
Como olvidar aquellos años cuando la ciudad de México veía como las antiguas calles con camellón y palmas a la mitad, se convertían en ejes viales que nos decían aliviarían los problemas de tráfico. El país entero se vio envuelto en la retorica lopezportillista y una gran mayoría sentía que aquello de administrar la abundancia era algo más que retórica. La obra publica florecía y montado en ella, José López Portillo creía ser Quetzalcóatl redimido. Las damas cercanas a él caían rendidas y su palabra, cual canción ranchera, era la ley. Aun cuando muchos lo nieguen, no podemos dejar de reconocer que en el Distrito Federal se respiraba seguridad en las calles. Si, ya sabemos que el jefe de la policía, Arturo Durazo Moreno, (a quien allá en el pueblo durante su infancia, junto con sus hermanos, conocieron como “los mazatlanes” cuya divisa era ser “muy buenos para los catorrazos), era un personaje muy cuestionable. De aquellos tiempos, la segunda mitad de los 1970s, recordamos como podíamos irnos a correr al Parque México, en La Condesa, a las nueve de la noche y ni quien nos molestara, lo mismo sucedía a la media noche. En medio de aquella borrachera petrolera hubo algo que pocos quieren recordar, cuando la izquierda mexicana convirtió el lábaro patrio en cobertor y se opuso a la construcción del gasoducto Cactus-Reynosa porque íbamos a convertirnos en dependientes de los EUA, era preferible dejar que el gas continuara quemándose antes que venderlo a los estadounidenses. Cuanto daño acabarían haciendo al país Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas y demás adalides del nacionalismo trasnochado, algo de lo cual la narrativa prefiere olvidarse. En medio de cosas buenas y malas, nadie podrá negar que el país vivía tiempos bueno, nadie se acordaba de la devaluación de 1976 y la moda era consumir bienes importados legal e ilegalmente que importaba, eran los días de la ilusión. A la par, la maquinaria gubernamental funcionaba.
Desde el microcosmos de la Garrapata, los profesionales que ahí laborábamos hacíamos nuestro trabajo. Cuando arribamos ahí, Sergio, Jerónimo, Samuel Segovia Peñuñuri y Fernando Jiménez Codinach ya tenían en marcha el Censo Ganadero Nacional el cual concluiría en 1977. Nuestra primera encomienda fue irnos a recorrer el estado de Querétaro para levantar una muestra y medir el grado de confiabilidad que al final resultó de 98 porciento. Una vez que se tuvo toda la información procesada, empezaron los jaloneos con la Dirección General de Estadística que buscaba apropiarse de toda la información para ellos manejarla a su antojo a lo cual no se accedió. De cómo se operó esa información, recordamos aun aquellos carretes enormes en que se vertían los datos contenidos en los cuestionarios para almacenarlos y las “sabanas” en que se imprimía, era todo un espectáculo. La informática estaba en pañales y apenas Multibanca Comermex anunciaba la instalación de sus cajeros CASH (Cajeros Automáticos Sin Horario), toda una novedad para la sociedad mexicana petrolizada. En medio de todo lo anterior, la inventiva estaba presente y dado que el objetivo del programa Garrapata era ver el impacto que sus acciones tenían en la producción de carne y leche de bovinos, Sergio, junto con una matemática chihuahuense, Elsa Acosta; una economista sinaloense, Norma Beatriz Montoya Gerardo; y un economista sonorense, Luis Alonso Galaz Tapia, buscaban, y encontraron, como elaborar los índices de medición. Aquello resultaba muy interesante y siempre había espacio para aportar algo que ayudara a perfeccionarlos, las PCs brillaban por su ausencia y con una calculadora era más que suficiente.
En medio de todo aquello, este escribidor se daba tiempo para armar unas discusiones intensas, pero muy amigables, con un antiguo miembro del Escuadrón 201, don Juan De Asco Biotegui, quien era su vecino de escritorio. A la par, iniciábamos la búsqueda de información para armar nuestra tesis de licenciatura, un análisis estadístico-historico sobre la ganadería mexicana, línea a línea la escribimos citando las fuentes pertinentes cuando era necesario y cuando nos surgían alguna dudas las comentábamos con Luis Alonso. Nada de que hicimos viajes en el tiempo y nos tropezamos con escritos de otros, como hoy está de moda invocar. Sabíamos que aquello era transitorio y buscábamos como continuar nuestra formación profesional. En ese contexto, se nos ocurrió inscribirnos en un propedéutico para entrar a una maestría en el Instituto Politécnico Nacional, acudíamos al salir de laborar. Matemáticas y economía eran las materias, afortunadamente nuestra formación en ambas materias era sólida y aquello servía como refresco de conocimientos. Para los exámenes finales del curso, el encargado de la materia de economía, Carlos Fonseca, estableció que quien tuviera promedio superior al nueve no presentaría examen final. Sin embargo, el dia en que se presentaba este, cambió de parecer. Al enterarnos de ello, recibimos el examen, lo leímos y tal cual se lo retornamos al carente de palabra y esa fue la ocasión ultima en que nos paramos por el IPN.
Pero aquellos eran los días en que el petróleo permitía que surgieran espacios por todos lados. Entre las cosas positivas que se realizaron el lopezportillismo fue tener la visión de hacia dónde iba mundo. En ello, jugó un papel fundamental quien era el director general de Conacyt, Edmundo Flores, un hombre quien estaba cierto de que la ciencia era para ir hacia adelante y no para retornar al trapiche y el maíz criollo. En ese contexto, Flores convenció a López Portillo de que era necesario instrumentar programas para enviar a jovenes profesionales mexicanos, de todas las disciplinas, a estudiar al extranjero. Consciente de que uno de los problemas que tenían quienes salían a estudiar postgrados al extranjero era el proceso de adaptación, en los Estados Unidos, un economista australiano de nombre Wyn Owen había diseñado un programa de diplomado en economía, administración e inglés que se ofrecía, a estudiantes de todo el mundo, en la institución por él creada, The Economics Institute el cual estaba ubicado en Boulder, Colorado dentro del campus de la universidad de ese estado. Owen y Flores se conocían desde los días en que ambos estudiaban el doctorado en economía agrícola en la Universidad de Wisconsin. Aun cuando por The Economics ya habían pasado varios futuros prohombres de la vida pública mexicana, incluido Ernesto Zedillo Ponce De León, no fue sino hasta 1980 cuando se intensificó el envío de estudiantes mexicanos becados por el gobierno federal, o mejor dicho por los contribuyentes mexicanos, a ese lugar.
Acerca de ese programa nos enteramos porque Jerónimo Ramos Sáenz Pardo y Luis Alonso Galaz Tapia ya sabían acerca de él y se acercaron a Sergio Enrique Castro Peña solicitándole su apoyo, mismo que se los otorgó. Tras de cumplir con todos los requerimientos, el Conacyt les otorgó la beca y se incorporaron al programa de The Economics Institute. Aun cuando Luis Alonso nos insistía en que hiciéramos nuestra solicitud, nos resistíamos. Pasaron varios meses antes de que tomáramos la decisión e iniciáramos el proceso para obtener la beca. Sergio, nuevamente, fue parte fundamental al otorgar su apoyo. Aunado a ello, fue importante que al frente del comité de selección se encontraba quien fuera nuestro profesor de introducción a la economía en la Universidad Autónoma de Guadalajara, Thomas Noel Osborn. Una vez que las becas fueron asignadas, en una de las reuniones a que nos convocaron empezamos a conocer a quienes, también, se irían. Una de las anécdotas que mas recordamos es cuando empezamos a conversar con Carolina Silva Hernández, a quien no conocíamos, y al preguntarnos en donde laborábamos, le respondimos “en la Garrapata.” Entre la cara de sorpresa y la carcajada que soltó, todavía, alcanzó a preguntarnos que era eso, lo cual procedimos a explicar. Una vez que nos asignaron la beca hubo que tomar un curso para “afinar” el inglés, el cual era patrocinado por Conacyt, quería que no llegáramos tan “serranos.” Ahí, conoceríamos a Guillermo Robles Martínez Guizar, Carlos Ruiz Rodríguez y Marco Antonio Fernández quienes formaríamos un grupo que terminaríamos por convertirnos en una pesadilla para quien impartía la clase, una maestra de nombre Susana.
Antes de que llegara la hora de partir y concluir el ciclo en Garrapata, se suscitó un evento que pudo haber terminado muy mal. Por una sonsera de ambas partes, de pronto surgió una desavenencia entre este escribidor y Sergio Enrique. Encerrados en su oficina, los decibeles de la voz hacían que quienes estaban afuera pensaran que en cualquier momento aquello iba a escalar. De no haber sido por la mesura de él, quien sabe en qué hubiera terminado aquello. Hoy, cuando ambos recordamos el evento no queda sino reírnos a carcajada abierta. Así, llegó el momento de irnos a la aventura boulderiana.
El grupo de estudiantes mexicanos rondaba los sesenta. La mayoría abrumadora era la vez primera en que íbamos a vivir al extranjero, ni modo de que ahora presumamos que éramos puro cosmopolita. Estábamos en los inicios de 1981, la cúspide del sueño dorado lopezportillista, el país estaba preocupado en como iba a administrar la abundancia. Por todos lados se veía en Boulder grupos de mexicanos con capacidad de compra. No éramos más que un grupo de clasemedieros, pero no faltaban quienes se sentían potentados o bien aquel que iba a demostrarles quienes eran los mexicanos. Al principio, todo era novedad y el personal de The Economics Institute siempre se portó muy amable. Eso sí, no faltaban los zopiloteros religiosos de todos tipos, excepto católicos, en busca de atrapar adeptos para su causa. Todo 1981 fue de estudiar de lunes a viernes de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Por supuesto que, todos, nos dábamos tiempo para la diversión, desde los intrépidos que se lanzaban a esquiar en las pistas negras reservadas para profesionales y mexicanos, hasta quienes nos conformábamos con irnos a escuchar Jazz entre sorbo y sorbo de “Seven Up on the rocks with a lime.” Claro que había otros a quienes les había quedado pendiente completar algunas clases de anatomía en la preparatoria y para subsanar la deficiencia acudían religiosamente a un sitio llamado “The Bus Stop,” desconocemos si terminaron aprobando la materia en cuestión.
En total, durante el verano de 1981, llegamos a ser alrededor de 100 mexicanos estudiando en The Economics Institute, ni árabes, ni africanos, ni venezolanos, ni japoneses nos ganaban. En grupos diversos, nos reuníamos a componer el mundo; esperábamos ansiosamente la llegada de Excelsior para, con una semana de retraso, enterarnos de las noticias de México; armábamos discusiones apasionadas sobre personajes políticos; escuchábamos a quienes se sentían lideres y pretendían vender espejitos hasta que logramos convencer a la mayoría de que aquello eran puras engañifas; y por supuesto practicábamos deportes, especialmente beisbol, hasta que un dia aquello por poco y termina en tragedia por culpa de Guillermo Hopkins y Juan Amieva.
El 25 de septiembre de 1981, nos enteramos del destape de Miguel De La Madrid Hurtado. Como ni gallo teníamos en aquel pleito, pues simplemente lo recibimos tal cual. Ni siquiera tomamos en cuenta el día en que Priscila Ramírez Flores nos dijo: “Ayer, me llamó Emilio Gamboa,” ni idea teníamos de quien se trataba. Según sus palabras, a él y a Genaro Borrego los había conocido cuando trabajaba en el IMSS. A la distancia y con información escasa, estábamos más preocupados por lograr ser aceptados en la maestría en economía cuyos estudios iniciamos, en enero de 1982, en la Universidad de Colorado.
Como entonces todo tardaba en llegar, durante ese año aun no arribaban por aquellos rumbos los efectos de la crisis en que México ya estaba inmerso. Conacyt pagaba puntualmente las colegiaturas y las becas. Algunos, para no estresarse, tomaban solamente dos materias por semestre. En ese contexto, nos pasamos el año. Lo importante era estudiar y obtener notas sobresalientes en econometría, matemáticas, desarrollo economico y finanzas públicas. Sin embargo, junto con la llegada de 1983, arribarían los nubarrones negros. Primero, nos enteramos de que ninguna universidad estadounidense aceptaba estudiantes respaldados por Conacyt. otro dia, todos los becarios fuimos llamados a reunión por las autoridades de la Universidad de Colorado. Muy claramente nos advirtieron que si Conacyt no cubría el pago de las colegiaturas nos daban de baja. Cada uno asumió la situación como quiso. Afortunadamente, quince días después, se nos avisó que el pago se había realizado. Para entonces, este escribidor ya había agregado una cuarta materia para completar el total de créditos. Los no estresados ahora lo estaban pues su futuro era incierto al igual que el del país. Aquello cambio totalmente. En ese momento, la crisis nos alcanzó y a terminar para no regresar con las manos vacías. Ello no impedía que entre el grupo hubiera la broma de decir, “caray, no los puede uno dejar solos. Al venirnos, la economía estaba boyante y mira lo que hicieron. Ahora, hay que regresar a arreglarla.” Y pues sí, quienes estábamos en condiciones, una vez pasados los exámenes para obtener el grado pues nos regresamos a un país sumido en plena crisis, pero convencidos de que algo podíamos aportar para superarla. Otros, optaron porque no tenían otra opción, por tratar de rescatar algo que al final no lograron. Eso sí, al regreso, no faltaron los sinvergüenzas que llegaron presumiendo títulos de doctor en economía, grado que nunca lograron, y así operaron por años hasta que llegó el “affaire Alzati.” Por supuesto que hubo quienes regresaron convertidos en apátridas, los menos, pero esos no necesitaban haber estado allá, esa era su naturaleza.
Para 1983, el país estaba sumido en la peor crisis de su historia y todos culpaban a José López Portillo sin aceptar que algo de culpa había en cada uno de nosotros. De no ser por don Adolfo, podríamos decir que todos los López son especialistas en vender ilusiones para terminar entregando desencantos a los crédulos quienes piensan que todo se logra y resuelve exclusivamente por la voluntad de un solo hombre. [email protected]
Añadido (23.04.21) Aprovechando las circunstancias, un diputado de Morena ya presentó una propuesta para que, si en cinco años no se descubre que alguien plagió su tesis, sea imposible cancelarles el título universitario. ¿Acaso algunos de ellos caminaron por esos senderos y buscan que si alguien los vio hacer sus desfiguros no tenga como señalarlos? Solamente una cosa, ninguna ley o disposición tiene carácter de retroactivo, así que como dijeran los estadounidenses: “they are not out of the woods, yet.”
Añadido (23.04.22) Ya anuncian gran festejo para el próximo 18 de marzo con el fin de celebrar la expropiación petrolera. Al respecto, nos surge una pregunta: ¿Homenajearan, también, a quienes con sus compras hicieron posible que eso se sostuviera? Usted, nuestro lector amable, quien revisa lo que en este espacio publicamos, conoce a la parejita que nos referimos.
Añadido (23.04.23) En España andan muy indignados porque el embajador iraní no saludó de manó a la reina Letizia. Al observar la escena, no pudimos evitar recordar como al inicio de este siglo, cuando servíamos al Estado Mexicanos, esto nunca dicho de manera más precisa, y se nos encomendó que recibiéramos al entonces embajador de Irán en México, cuyo nombre no recordamos, para exponerle la situación del sector pesquero en nuestro país. Una de las recomendaciones que se nos hizo fue: “recuerda que a las mujeres iranies no se les saluda de mano.” Al momento en que recibimos al grupo integrado por seis personas, incluida una dama quien era la encargada de comunicación social, al verla nos imaginamos que era una ciudadana mexicana y le extendimos la mano para saludarla. Como respuesta, de manera muy comedida y en español perfecto, nos dijo: “en Irán a las mujeres no les está permitido saludar de mano.” Ni modo, el papelazo ya estaba hecho y no quedó sino ofrecer disculpas.
Añadido (23.04.24) ¿Qué tanta ética tendrá ese Comité como para no salirnos con que la madrastra nunca inyectó veneno alguno a la manzana, sino que fue Blanca Nieves quien colocó el tóxico porque ya sabía que llegaría el príncipe a despertarla?
Añadido (20.04.25) Por favor, no levanten infundios. Él jamás recurriría a un machete, para eso tiene dos colmillos bien afilados.
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