Cuando las palabras, especialmente si se trata de descalificar, atacar, insultar, se usan con tal ligereza, y en ellas brillan por su ausencia argumentos coherentes, pierden impacto y, tarde o temprano, quedan reducidas a meros recursos retóricos sin mayor consecuencia, o al menos, hasta el momento y en los hechos, no las tienen.
Todo esto a colación de esa dosis cotidiana y vehemente que nos receta nuestro Presidente y que toca aristas que francamente no tienen explicación, más allá de un desahogo momentáneo, y que por el bien de todos no debe, no puede, reflejar lo que realmente piensa el hombre que pretende transformar a México.
El viernes, AMLO dijo que en la Ciudad de México la gente se convierte en presa de la propaganda y que los que tienen licenciatura, e incluso doctorado, suelen tener “actitudes aspiracionistas, triunfar a toda costa, salir adelante, muy egoísta”.
El hombre que un día después dijo que gobierna para todos, ya que no es “faccioso” –(y aquí vale la pena un paréntesis para exclamar un ¡wowww! El Presidente dice que no es faccioso… en fin)–, bueno, pues se desahogó por el revés electoral sufrido en la capital del país. No se pudo contener, tenía que descalificar, reducir, insultar a los que no piensan y actúan como él quiere que se piense y actúe.
Pero, finalmente, habría que entender que son solo palabras y que el titular del Ejecutivo, en su fuero interno, no puede ser tan simple y lineal; no puede ser un gobernante que reduce todo a una lucha entre conservadores y liberales, entre ricos y pobres, y entre el pueblo bueno y sabio, obviamente pobre, y los conservadores corruptos y, ahora, una clase media aspiracionista y por lo tanto egoísta.
No, son solo palabras, una fracción de esos miles de tacos de lengua a los que ya deberíamos estar acostumbrados y que no deberíamos temer que tengan consecuencias, ya que simplemente no las pueden tener, por el bien de todos, por el bien del país.
Sí, debe ser eso, ojalá y solo sea eso, otra representación del gran histrión, del dicharachero iracundo e intolerante, el gran polarizador, pero solo en las palabras, de esas que se lleva el viento.
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