Si algún extraño a la idiosincrasia saltillense llegase a la ciudad, pero no uno de aquellos que arribaron hace poco proveniente de un contexto relativamente familiar en cuanto a conocimiento y comprensión de la cultura latinoamericana, como los cientos de venezolanos, colombianos, cubanos, hondureños y salvadoreños que ahora pueblan la ciudad, sino alguien salido de tierras extrañas como África Central o Asia ídem, y apenas arribar a la Central de Autobuses o al Aeropuerto Plan de Guadalupe, hiciese la pregunta fundamental: ¿de qué se trata la vida en Saltillo?, qué respondería usted.
Echando mano de los lugares comunes, podría decir algo, cualquier construcción verbal, mientras incluyese las palabras sarape y pan de pulque. Una explicación iconoclasta.
Adepto a la narrativa gubernamental, en cambio, podría presumir acaso la seguridad pública y frases de “la mejor ciudad para vivir”, y otras análogas.
Más allá del cliché, ¿de qué se trata la vida en ese territorio desertificado, enclavado en El Valle de las Montañas Azules? ¿Cuál es el leitmotiv?
Tengo una teoría: la gente que se mueve, y la que no, anhela cambiar su automóvil por uno de más reciente modelo. A eso se reduce el juego. No es un asunto de clase socioeconómica pues lo mismo lo practican aquellos que salen a la calle en pijama (traje típico del sur, oriente y poniente del Municipio) que quienes lo hacen en ropa deportiva (outfit del norte que se acompaña por un dinamismo corporal impostado, como actitud para demostrar a sus semejantes ser una persona con muchas ocupaciones importantísimas o que tiene muchos proyectos). Es transversal.
Ahora bien, pese a su proclividad por el coche, cuando el saltillense se desplaza, va muy cerca. No es un tema de comodidad priorizada, ni siquiera de movilidad, sino de estatus. El auto es su carta de presentación en sociedad, ya que la persona no vale per se (no suena por sí misma ni tiene voz propia por definición etimológica) sino mide su valor en función de lo que monta. Mi carro, luego existo.
Tampoco es un asunto de horizontalidad que iguala, sino de competitividad que distancia.
Existe un libro cuyo título no le hace justicia: La psicología del dinero; 18 claves imperecederas sobre riqueza y felicidad, de Morgan Housel (2020).
Leído así, de hecho, pareciese un texto de autoayuda o peor aún: de aquellos que se ubican en el área de cajas del supermercado para ser vistos mientras avanza la fila. Sin embargo en él hay un capítulo interesante denominado “La paradoja del hombre y el coche”.
Partiendo de la observación y experiencia empírica, el autor estadounidense fija una hipótesis: cuando alguien ve a otro conduciendo un vehículo de lujo, no piensa en el éxito ajeno de aquél propietario; es más, casi nunca se fija en él; por el contrario, de forma subconsciente o no, se centra en el deseo propio de ser respetado y admirado al ensoñar cómo le vería la gente si tuviese uno igual.
Eso mismo sucede en Saltillo.
Por otro lado, la cantidad de vehículos en movimiento provoca la percepción primero, y la creencia después, de movilidad. Pareciese una relación directa y lineal. El tráfico anuncia una metrópoli en desarrollo. Dinero fluyendo. Negocios. Interacciones.
En la ciudad, no obstante, autos moviéndose significa sólo eso: autos moviéndose. No una dinámica social ni conexiones entre sí. El Municipio entero es un circuito Nascar apaisajado por construcciones inacabadas, asimétricas y anárquicas como patrón visual grisáceo de identidad urbana, plazas comerciales inoperantes, locales en renta y vivienda en venta permanente, amén de nuevos proyectos que no fraguan ni resisten en pie más allá de tres meses. Comercio local semivacío 300 días al año; restaurantes y hoteles en la misma situación. No haber suficiente estacionamiento, condena al fracaso. Demasiada circulación por el lugar, también. En ambos fenómenos, es el coche quien determina el rumbo de la economía, no la ley de la oferta y la demanda.
A propósito del aniversario 448 de la fundación de Saltillo, en este mismo espacio se publicó el año pasado una tesis: pasamos de los Huachichiles al Homo Carrus; de los seminómadas cazadores-recolectores, primeros pobladores del territorio, a quienes transitan en circularidad con su automóvil como manifestación cultural, condenados a jamás detenerse, en una ruleta, a perpetuidad.
Cortita y al pie
Por lo demás, ¿ha escuchado usted hablar a un saltillense promedio más allá de sus monosílabos evasivos o breves comentarios forzados acerca del clima?
Gran parte de su charla la compone su trabajo en la industria automotriz, expectativas acerca del mercado del automóvil, nuevos modelos como objeto de deseo, o fábricas que llegan y se van. Todo gira en torno a lo mismo. El Homo Carrus (hombre carro, del latín) es un tema de estudio.
Y como el auto es el centro de la comunidad, exige políticas públicas para estos, no para los ciudadanos. Se proyectan vialidades nuevas, flujos y contraflujos. Se milimetra cada espacio de superficie asfáltica que pueda ser ocupado, sumando tramos kilométricos de alta velocidad y puentes que incitan a correr. Los pasos peatonales, epítome de la vergüenza pública, son elevados, no a nivel de suelo, por una cuestión jerárquica muy bien definida: el auto pasa primero sin detenerse.
En Saltillo, pase lo que pase, la principal queja siempre serán los baches, y se replica el cliché estadounidense de “la tonta Texas”: la prioridad es el estacionamiento; espacio público al servicio privado.
La última y nos vamos
El saltillense ha establecido a priori una relación con el medio que le rodea: si no es dentro de un automóvil, no existe la vida en el horizonte. Desde Buenavista hasta Capellanía el vehículo motorizado es el instrumento para ser, pues existir no es suficiente dentro de la comunidad. Se es en función de la marca y el modelo, en estratos y categorías de acuerdo al uso y las condiciones mecánicas. Donde algunos ven un asunto de movilidad y urbanismo, trayectos y rutas, otros entienden el caso como lo que es: estatus social (y autoestima baja; y dependencia emocional).
En circunstancias que no suelen ser tan excepcionales, hay hasta media docena de coches por domicilio y esto, por increíble que parezca, no es un asunto de nivel socioeconómico alto, sino de representación social en la metrópoli: la deshumanización.
“¿Qué carro traes?”, es el cuestionamiento que, en los primeros escarceos de cualquier conversación frugal, pretende resolver una investigación antropológica y sociológica del individuo.
Aunque no se trata solamente de poseer uno, se debe actualizar el modelo cada cierto tiempo para no desfasarse. Es un círculo vicioso del que pocos escapan. Cambiar de carro cada tres años al menos, como dictan los cánones de la urbe.
@luiscarlosplata
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