De los últimos presidentes de la “dictadura perfecta”, Miguel de la Madrid Hurtado era el único que podía salir a la calle sin ser denostado. Nunca avergonzó al país con escándalos de corrupción o de otra índole. En el Gobierno de “la renovación moral”, lema de su campaña, México y Estados Unidos afrontaron una de sus peores crisis debido al asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar. Un año antes, el periodista Manuel Buendía, autor de la columna Red Privada, fue ejecutado por la espalda, destaca el documental ¿Quién mató a Manuel Buendía?, estrenado por Netflix el 14 de julio.
Al “último presidente de la Revolución”, como se autoproclamó José López Portillo, le ladraban para recordarle su compromiso incumplido de “defender el peso como un perro”. La moneda se devaluó en su sexenio 107 por ciento. A Salinas de Gortari lo recibían con carteles de rata. Marcado por el escándalo de la “casa blanca”, los 43 normalistas de Ayotzinapa y los 34 mil desaparecidos, Peña Nieto era tildado de asesino: “No eres bienvenido en Madrid. Concentración (frente a la Plaza de Cibeles) en repudio a la visita del presidente genocida de México” (Proceso, 25-04-18).
De la Madrid visitó Saltillo varias veces, invitado por el exgobernador Eliseo Mendoza Berrueto. En una comida -ya lo he narrado- le pregunté por qué había preferido como sucesor a Salinas de Gortari. Su respuesta fue confusa, evasiva, pero en La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México (Alfaguara, 1999), Jorge Castañeda desvela cómo se las apañó Salinas para hacerse con la candidatura. Maquillaje de cifras, falseo de datos, altas dosis de perversidad y maquiavelismo. Ya en el poder, cobró venganza contra excompañeros de Gabinete cercanos a De la Madrid. Encarceló al exsecretario de Agricultura, Eduardo Pesqueira, por haberse burlado de él en una cena, y despojó de la gubernatura de Guanajuato a Ramón Aguirre, quien le disputó la candidatura presidencial, para imponer de interino a Carlos Medina (PAN).
Tres años antes de morir, De la Madrid cumplió con un deber de conciencia y secundó a Luis Téllez: acusó a Carlos Salinas de robarse la partida secreta; y a su hermano Raúl, de haberse vinculado con el narcotráfico, otra fuente probable del dinero oculto en Suiza. En una entrevista con Carmen Aristegui para el libro Transición, conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia en México (Noticias MVS el 13 de febrero de 2009), el expresidente juzga a su sucesor:
“Terminó muy mal, ¿no? Permitió una gran corrupción de parte de su familia, sobre todo de su hermano (Raúl). Conseguía contratos del Gobierno, se comunicaba con los narcotraficantes (…) los que le dieron el dinero para llevárselo a Suiza”. La autora del libro La Casa Blanca de Peña, por cuyo reportaje ganó el Premio Nacional de Periodismo 2014 y el Gabriel García Márquez 2015, aprovechó el resquicio: “¿Era dinero del narco?”. “Es posible, sí”. “¿Y ellos lo pusieron a su nombre?”. “Para llevarse una tajada. Son informaciones muy difíciles de obtener. Fue más fácil procesar a Raúl por la muerte de Ruiz Massieu”. “¿Es más fácil demostrar un asesinato que la corrupción o los vínculos con el narco?”. “Sí”. “De haberlo sabido a tiempo…”. “Hubiera actuado”.
Las aclaraciones de Salinas, de De la Madrid y de uno de sus hijos (Miguel) no cambiaron la percepción general. El expresidente decía la verdad y admitía el error de haberse decantado por Salinas, quien, para el presidente Andrés Manuel López Obrador, es el jefe de la “mafia del poder”, cuya extensión a Coahuila, durante el “moreirato”, también fue patente.
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