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Coahuila

Del estudio fotográfico, al ¡pajarito, pajarito!

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 meses

De Eduardo Montenegro a Pastor Martínez

Guardando todas las proporciones, había semejanzas maravillosas y mágicas entre el exquisito fotógrafo de estudio, Eduardo Montenegro y el monero de la plaza Acuña de Saltillo, don Pastor Martínez.

En la historia del arte fotográfico de nuestra ciudad, ellos y otros más, como don Hipólito Vito Carmona, capturaron la evolución de la sociedad saltillense durante varias décadas y nos dejaron imágenes impresas con su sello característico que no sólo retratan edificios y cosas, sino recuerdos familiares en la memoria nostálgica colectiva de la ciudad.

Eduardo Montenegro Morones, desde su estudio-laboratorio de la calle Morelos en el Centro Histórico, donde hacía obras de arte con el retrato retocado, que era referente del recuerdo de bodas, quinceañeras, cumpleaños, individuales y grupos familiares.

En la plaza Manuel Acuña, ahí junto al cedro de Líbano, traído por el inmigrante Carrum, Pastor Martínez demostraba también su arte fotográfico en aquella “enorme” cámara de tripie. A diferencia de Montenegro, que contaba con un estudio fotográfico y todos los adelantos técnicos de la época, Pastor, dentro de su propia cámara (¡un cajón de madera, “la minutera”!) revelaba al tacto los negativos al momento con la formula química, entregando la foto en blanco y negro o sepia en cuestión de minutos.

La fotografía Montenegro fue fundada originalmente en 1926 por la madre de Eduardo, la señora Rosa Morones, esposa de Félix Montenegro y doña Rosa Morones.

Tras el fallecimiento de sus padres, Eduardo asumió el liderazgo del estudio fotográfico familiar, destacándose por su gran talento en el retrato de estudio. En 2007 cerró la emblemática fotografía y enseguida murió Eduardo, a los 80 años. El presentía su descenso, pues por algún tiempo estuvo llamando a sus antiguos clientes para regalarles las fotografías que no habían recogido.

La historia de Pastor Martínez, el icónico fotógrafo del “caballito” en Saltillo, Coahuila, representa una de las tradiciones más entrañables de la fotografía urbana del siglo 20 en México. Su oficio casi ambulante se popularizado entre las décadas de 1920 y 1970. Su herramienta de trabajo principal era un caballito de madera tallado y pintado artesanalmente, montado sobre ruedas o una base fija, para que los niños se subieran ataviados con sombrero de charro o de vaquero, con el clásico sarape de Saltillo, terciado y al fondo una imagen de la Virgen de Guadalupe.

Uno de sus hijos pretendió seguir la tradición, pero fue por corto tiempo y el fotógrafo del caballito y “la minutera” desaparecieron, y con ellos el peculiar grito de “¡pajarito, pajarito!”, y el agitar de una sonaja para llamar la atención de los niños.

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