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Coahuila

Democracia, un camino arduo

Por Gerardo Hernández

Hace 3 años

Una de las claves de la “dictadura perfecta” para mantenerse en el poder durante 71 años consistió en celebrar elecciones periódicas. Sin embargo, el corporativismo violaba el principio de libertad, pues el voto campesino, obrero y popular estaba comprometido con el PRI y sus candidatos. “El campo está organizado para votar, no para producir”, declaró el secretario de Agricultura, Óscar Brauer, en una gira por Yucatán, en 1976. El presidente Luis Echeverría nombró en su lugar a Francisco Merino.

Fidel Velázquez, líder de la CTM, tenía su propia concepción de la democracia: “Llegamos (al poder) con la fuerza de las armas, y no nos van a sacar con los votos”. El PRI recurrió no pocas veces a los tiros para ganar elecciones; de presidentes de la República, gobernadores y alcaldes. El Viejo Lobo -título de un documental dedicado a él- no pudo constatar que “Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”, como advirtió Abraham Lincoln más de un siglo atrás, pues murió tres años antes del triunfo de Vicente Fox, en 2000.

Empero, para que en México los votos se impusieran a las balas debieron pasar décadas y correr ríos de sangre. Unas de las elecciones presidenciales más encarnizadas las protagonizaron Manuel Ávila Camacho (Partido de la Revolución Mexicana, antecedente del PRI) y Juan Andreu Almazán (Partido Revolucionario de Unificación Nacional). “El 7 de julio de 1940 ocurrió la jornada electoral más violenta que México había tenido en su época moderna. Solo en la Ciudad de México hubo entre 21 y 23 asesinatos y cerca de 200 heridos.

“En estados de la República se reportaron ataques a los grupos almazanistas en diversas casillas. Hubo robo de urnas, obstrucción al voto, favoritismo de autoridades hacia el PRM, presiones ilegales a votar, acarreo de votantes y enfrentamientos entre simpatizantes. El primer brote de violencia ocurrió cerca del Palacio Postal, en donde se realizaba una manifestación almazanista con 10 mil personas que fue disuelta a disparos que provenían de la organización Unión Democracia, ocurriendo los primeros homicidios. El hecho provocó la ira del contingente que resolvió marchar a Palacio Nacional y protestar contra Ávila Camacho, suscitándose enfrentamientos contra grupos paramilitares que les dispararon y luego una columna de soldados les cerró el paso.

“Almazán acusó que en los enfrentamientos hubo más de 100 muertos” (Wikipedia). “A las 4:30 reiniciaron las balaceras. Bombas, gas lacrimógeno, intervinieron ametralladoras. Tropas de caballería, la policía, todos participaron en la matanza. El primer resultado, decididamente incompleto: 48 muertos, 400 heridos” (México: una era de engaños, Time Magazine, 15 de julio de 1940). ¿El resultado? Impunidad y carro completo: el PRM obtuvo la presidencia con el 93.9% de los votos (las autoridades le asignaron a Almazán el 5.7%), los 173 asientos del Congreso y los 58 escaños del Senado.

En Memorias: Una vida azarosa, novelesca y tormentosa, Gonzalo N. Santos narra que Ávila Camacho, confiado en que ganaría sin trampas, desestimó su propuesta de embestir a los simpatizantes de Almazán antes de las elecciones. El candidato del PRM cambió de parecer cuando supo que los opositores se habían hecho con el control de la mayoría de las casillas desde las primeras horas. “Acordamos hacernos raid, arrebatando las ánforas, volteando las mesas electorales patas arriba y dispersando a los dirigentes de las casillas a como diera lugar”.

Santos recrea la escena: “Arremetimos contra esa casilla a pistolazo limpio, y como hubo algunos que dispararon contra nosotros, les contestamos en forma enérgica, a balazo limpio. Recogimos todas las ánforas que ya estaban repletas de votos almazanistas, las quebramos y nos llevamos todos los papeles: actas, boletas, dejando hecha añicos la mesa de casilla (…).

“Llegó el presidente Cárdenas (…), discretamente contento (votó) y antes de despedirse me dijo: ‘¡Qué limpia está la calle!’. Yo le contesté: ‘Donde vota el Presidente de la República, no debe de haber basurero’. Casi se sonrió, me estrechó la mano y subió en su automóvil. Arroyo, menos hipócrita, me dijo: ‘Esto está muy bien regado, ¿qué van a tener baile?’. Ordené a los improvisados miembros de la casilla que llenaran la nueva ánfora de votos, pues iba a ser inexplicable que en la sagrada urna electoral solo hubiera dos votos: el del general Lázaro Cárdenas (…) y el de Arroyo, subsecretario de Gobernación” (Historiografía mexicana).

Muchas generaciones de mexicanos crecieron en la cultura del fraude hasta que dijeron basta. La dictadura perfecta terminó con la alternancia en el poder causada por el hartazgo social, la presión ciudadana y la construcción de un sistema electoral sólido y confiable cuya independencia con respecto al Gobierno, a los partidos y a los grupos de presión es preciso preservar para consolidar la democracia.

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