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Grupo Zócalo
Publicado el martes, 17 de marzo del 2026 a las 00:21
Ciudad de México.- Una grabación realizada en marzo de 1949 capturó el canto de una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae), convirtiéndose en el registro más antiguo conocido de estos mamíferos cantores. El hallazgo, hecho público recientemente por la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI), no solo es un hito histórico, sino que también ofrece una ventana única a la comunicación y el entorno acústico del océano de mediados del siglo XX.
Peter Tyack, bioacústico marino emérito en WHOI, explicó que el océano de finales de los años 40 era mucho más silencioso que el actual, lo que permite a los científicos analizar los cantos en un contexto natural muy distinto al de hoy. “Estas grabaciones no solo nos muestran los sonidos de las ballenas; también nos dicen cómo era el paisaje sonoro del océano en esa época”, señaló.
La grabación fue realizada por científicos que probaban sistemas de sonar y realizaban experimentos acústicos junto a la Oficina de Investigación Naval de Estados Unidos. Aunque entonces no sabían que estaban escuchando el canto de una ballena, decidieron guardar los sonidos, dejando la grabadora funcionando para capturar todo el ambiente marino.
Ashley Jester, directora de datos de investigación en WHOI, indicó que la grabación fue preservada en un disco de plástico Gray Audograph, un equipo de dictado avanzado para la época, lo que permitió que se conservara hasta hoy.
El análisis contemporáneo del archivo revela la complejidad de los cantos, fundamentales para la supervivencia y socialización de las ballenas. Estas vocalizaciones les permiten comunicarse, orientarse, encontrar alimento y mantener contacto en vastas extensiones de océano.
Hansen Johnson, científico del Anderson Cabot Center for Ocean Life, resaltó la importancia del hallazgo: “Escuchar un canto de ballena en un océano más silencioso nos ayuda a comprender cómo los ruidos humanos actuales afectan la comunicación de estos animales. Además, es simplemente hermoso y despierta la curiosidad por la vida oceánica”.
El registro de 1949 precede por casi 20 años al descubrimiento formal del canto de las ballenas por parte de Roger Payne, y se ha convertido en un tesoro acústico que podría inspirar nuevas investigaciones sobre la influencia del ruido humano en los ecosistemas marinos y la evolución de los cantos de ballena.
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