ESTIMADOS AMIGOS
Y AMIGAS LECTORAS:
El pasado domingo 21 de diciembre fue mi cumpleaños y asistí a misa para agradecer por el milagro y el privilegio de la vida y la salud, aunque a veces suele flaquear, pero aquí seguimos, porque Dios aquí me tiene por una razón y la Virgen Santísima. Hay tanto que agradecer y, en la homilía, el padre Mario Cruz, nuestro querido párroco y amigo muy querido, nos hizo una pregunta a todos los feligreses que asistimos a la misa de 12:00 pm en SAMARA.
¿Quién de ustedes está pasando o ha pasado por un gran problema? Y realmente casi nadie se atrevió a levantar la mano; yo sí. Él decía que, en lugar de pedirle a Dios que resuelva el problema, le pidiéramos iluminación y sabiduría para poder hacer algo, para encontrar la solución, realizar acciones que nos llevaran a cambiar la situación. Dijo que Dios no resuelve el problema, que dejáramos de pedirle que lo resuelva.
Que empezáramos nosotros mismos(as) a desatar esos nudos que nos tienen preocupados, tristes en ocasiones. ¿Motivos? Uff, desde las pérdidas por un ser querido, problemas familiares, económicos, falta de trabajo, problemas con las parejas, en los trabajos, enfermedades, en fin.
El padre Mario comentó que empezáramos a cerrar puertas que ya no son buenas para nosotros. Yo agrego que esas puertas son lo que ya mencioné, cualquier problema que tengamos. Pedir sí esa sabiduría e iluminación, como dijo el padre Mario, para poder deshacer ese nudo que nos tiene hechos añicos a muchos: enfermedades de seres queridos, mentales o del alma, del cuerpo, en fin. Pudiera seguir nombrando causas, pero lo que quiero transmitir es ese mensaje que nos dijo en la homilía, que me hizo mucho sentido como siempre, pues tiene sin duda el don de la palabra, entre otros dones.
Como siempre, me llegó al alma y me reconfortó, siempre agradecida por la oportunidad de poderlo escuchar, de poder sanar con cada palabra. Yo cierro los ojos para concentrarme más en la palabra y no distraerme, pues en ocasiones es muy fácil que uno desvíe su atención entre tanta gente, niños, etcétera. Pensarán que uno está dormido, pero ya a estas alturas del partido uno va a ponerse de pechito con Dios y no a ver a los demás.
Va uno por esa palabra que se necesita, por ese amor del Padre celestial que, si bien lo podemos encontrar en todos lados —en la naturaleza, en el prójimo, en la familia, en nuestros perritos, amigas, familiares, en el aire, en la caricia del viento, en el rostro de un bebé—, no termino de mencionar dónde está Dios y su Espíritu Santo, pues recordemos que los llevamos en el alma cada uno de nosotros.
La invitación es encontrar dentro de nosotros al Niño Dios que ha venido nuevamente la pasada Nochebuena a compartir su vida de nuevo, como cada año, con todo aquel que lo quiera recibir en su alma. Es tan reconfortante. No olvidemos que, por su nacimiento, nos reunimos en familia a cenar para festejar de nuevo su vida en la nuestra.
Pidamos que nos dé sabiduría para desatar nudos, esa iluminación para cerrar esas puertas que nos dañan, esas personas que no nos suman, que al contrario, nos restan. Dejemos esas personas superfluas, los chismes que solo lastiman, que ciertamente dicen más del chismoso que del que hablan. Dejemos la vida de los demás de lado y enfoquémonos en nuestra vida.
Eso sí, si vas a ayudar, adelante, y si la persona lo acepta, porque a veces tenemos que respetar que algunos no están preparados para recibir. ¿Soberbia? ¿Ego? Tal vez… no estamos juzgando. Solo es para reflexión. Otros podemos dar de más, y también hay que ser equilibrados, ni muy muy ni tan tan; es decir, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre, todo en su justa medida. Espero haber sido clara.
Pues ahora ya saben qué pedirle a Dios y cómo pedirle para resolver esos problemas que, sí o sí, en algún momento todos y todas hemos pasado, o estamos en ello, o estaremos en un futuro. Nadie se salva del conflicto, de alguna vicisitud de la vida misma.
El verdadero problema no es el problema, sino la actitud con la que lo estamos enfrentando: con qué madurez, con qué sabiduría. Tal vez ya sea hora de perdonar, ya sea hora de darle vuelta a la página. Decía mi abuelita: si tu problema tiene solución, ¿para qué te preocupas?, y si no la tiene, pues no la tiene, ¿y para qué te preocupas?
Lo importante es que no dejemos que nos reste vida ese conflicto, que sepamos vivir en paz y armonía, a pesar de los pesares. Siempre será bueno salirse del problema para verlo desde afuera, con otros ojos, con otra mentalidad, para poder resolver.
Y si no tiene solución, aceptarlo. Acudir con un profesional según el tema del problema: si es una enfermedad del cuerpo, con el médico especialista; si se requiere ayuda mental, con el psiquiatra; si son las emociones, con el terapeuta; si son pérdidas, con el tanatólogo; si es algún divorcio o problema de índole legal, mejor ir con el mediador certificado, que ya saben que estas últimas tres profesiones las tengo yo y puedo ayudarlos.
Terminar agradeciendo a la vida, a nuestros familiares y amigos, a Dios, a quien ustedes crean que le deben el haber salido adelante este año. Dejemos ese súper ego que tanto nos lastima y a los demás. El ego es inherente al hombre y a la mujer, pero es para ayudarnos a salir adelante; el súper yo, ese pisotea, aniquila, daña, y no solo a sí mismo, sino al prójimo.
Mejor seguir trabajando en nuestro interior, ser luz y compartirla con quien quiera estar a nuestro lado: familia, pareja, amigos, compañeros. Dejemos que cada quien vaya resolviendo sus heridas.
Muy feliz y próspero Año Nuevo, queridos lectores y lectoras de esta columna de Sanando desde el Alma, que ya el próximo año, si Dios permite, cumplo 10 AÑOS de compartir con ustedes. Gracias infinitas por cada mensaje y llamada que me alimenta el alma; no dejen de hacerlo, que es lo que me alienta a seguir compartiendo con ustedes cada domingo.
Gracias por su valioso tiempo en leerme. Dios nos bendice. Un abrazo de luz a todos y todas. A mi estimado amigo Pancho Juaristi, por la invitación de hace nueve años, que un día me leyó y aquí estamos. Como decía Vicente Fernández, mientras sigan aplaudiendo seguiré cantando; así yo, mientras me sigan leyendo, seguiré escribiendo.
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