Fíjese usted. En las reuniones con los cuates, cuando ya van dos cervezas, siempre sale el tema. Y cae la misma pregunta que me revuelve la sangre: ¿y qué esperan? ¿Por qué las autoridades se ponen tan cabronas con el que apenas jala el carro, con el causante chiquito que se atrasa unos miles de pesos, y en cambio se hacen pendejos completos cuando el que debe es grande, con poder y con billete?
La neta es que nadie responde. Nunca. ¿Miedo? ¿Comodidad? o ¿Nomás que así ha sido siempre?. Mire, un contribuyente de a pie, de esos que hay por miles en Saltillo, en Monclova o en cualquier ranchería de Coahuila, se atrasa tres meses con el IVA. Y ya ve usted lo que pasa. Notificación tras notificación.
Multas que crecen como bola de nieve. Recargos, intereses… al final le embargan lo poquito que tiene. Yo conozco a más de un compadre que terminó pagando el doble por un retraso bobo. Y uno entiende, claro que hay que cumplir.
Pero el contraste… uf, ese contraste sí que duele. Porque mientras tanto, hace unos años, salió a la luz un pedo que todavía me revuelve el estómago. Un montón de aerolíneas tanto mexicanas y extranjeras que adeudaban casi 30 millones de pesos nada más por el servicio de navegación en el espacio aéreo mexicano.
Veintinueve millones y pico, según lo detectó la Auditoría Superior de la Federación en la cuenta pública del 2008. No era cualquier cosa. Era el pago por radares, por control de tráfico, por técnicos que evitan que esos aviones se caigan. Dinero del erario. Del bolsillo de todos nosotros, los que pagamos impuestos como buenos pendejos.
Y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, en vez de cobrar, se hizo de la vista gorda. Las aerolíneas siguieron volando, vendiendo boletos, ganando lana… y la deuda ahí, flotando como si nada.
Lo peor es que eso solo era lo del 2008. Se rumoraba que el del 2009 era todavía más grande. Y ni siquiera nos enteramos porque las autoridades lo dijeran de frente. No. Lo supimos porque la Auditoría Superior revisó las cuentas y lo sacó a la luz. De otra forma, ni enterados estaríamos.
Ahí estaban empresas extranjeras que en su país pagan religiosamente cada servicio. Pero aquí… aquí se aprovechan de lo que en el norte llamamos “la pendejez bienintencionada” de nuestras instituciones.
Y no crea que es solo una dependencia la que se lava las manos. Hay todo un desmadre de oficinas federales metidas en el baile. Por un lado, Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano dice: “Nosotros no somos autoridad fiscal, no podemos cobrar”. Por el otro, el SAT responde: “A nosotros no nos toca calcular lo que deben por navegación, eso es de otra área”.
Y mientras, la bolita de la responsabilidad va de mano en mano. Como en un juego de niños. Al final, nadie cobra. Y las aerolíneas siguen volando. Cobrando a sus pasajeros. Dejando que seamos nosotros, con nuestros impuestos, los que paguemos la fiesta.
Piense usted un momento. Cada vez que sale un presidente o una presidenta en los discursos lamentándose de que la recaudación no alcanza y que hay que apretarles más a los causantes cautivos… uno lo entiende. Hace falta dinero para escuelas, hospitales, carreteras. Pero cuando ves deudas millonarias flotando en el aire sin que nadie mueva un dedo, se te revuelve algo por dentro.
Es como si la justicia tuviera dos caras. Durísima con el que vende tacos en la esquina. Suavecita con el que maneja una flota de aviones.
La verdad, yo he visto de todo en mi trayectoria como profesional. Cubrí asuntos fiscales desde los ochenta, cuando todavía escribía a mano en libreta. Recuerdo a un pequeño empresario en Torreón que por un retraso de dos meses en impuestos le cerraron la cortina del negocio. El hombre lloraba frente a la cámara. “Es que no tengo para pagar los recargos”, me dijo. Y tenía razón.
Mientras tanto, allá arriba, los aviones seguían despegando como si nada. Estos casos no son aislados. Uno lee los informes recientes de la Auditoría Superior y sigue viendo irregularidades por miles de millones que quedan sin aclarar.
No exactamente las mismas de las aerolíneas, pero del mismo espíritu: dinero que se pierde entre burocracia, excusas y compadrazgos.
Y mientras, el contribuyente de a pie sigue cargando la mochila. Yo, que soy de por aquí del norte, donde la gente se mata trabajando desde que sale el sol, no puedo evitar preguntarme: ¿hasta cuándo vamos a seguir aceptando que la ley sea para unos y no para otros?
No es envidia. Es rabia pura de justicia. Porque cuando un pequeño empresario se atrasa, le cortan el crédito, le cierran la puerta y hasta le ponen el nombre en listas negras. Pero cuando se trata de empresas grandes, con abogados caros y contactos en las alturas… pues el tiempo pasa. Los aviones siguen despegando. Y el adeudo se diluye entre oficios y excusas.
¿No le pasa a usted lo mismo? A mí estos temas me ponen a reflexionar. Vivimos en un país donde el cielo es de todos. Pero para algunos parece que vuela gratis. Y nosotros seguimos poniendo la lana con nuestro esfuerzo diario.
Ojalá algún día las autoridades se den cuenta. La verdadera fuerza de un país no está en ser blandos con los poderosos. Está en tratar a todos por igual. Porque al final, la confianza se pierde de a poquito. Como el humo de un avión que se va… y nadie sabe si volverá. La neta es que duele. Duele ver que la justicia tiene alas para unos y cadenas para otros. Y que mientras tanto, el que menos tiene sigue pagando por todos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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