Querida lectora, querido lector, ¿Cuál es la frase más bonita que te han dicho?
Según un dicho popular, las palabras se las lleva el viento, y lo único que cuenta son los hechos. Es cierto que puede ser muy fácil incumplir con lo que decimos, sin embargo las palabras son herramientas muy poderosas y tienen una importante carga mágica cuando estén acompañadas de fe e intención.
Seguramente puede haber discursos que percibimos como neutrales, pero la gran mayoría de las comunicaciones en las que nos involucramos diariamente, poseen la capacidad de impactar en nuestras emociones y por consiguiente en nuestro estado de ánimo. Nos pueden hacer sentir bien (e inclusive, en ocasiones, muy bien) o mal, a veces terriblemente mal.
Pensemos, por ejemplo, en los regaños que recibimos durante nuestras infancias. Cuando nos portábamos mal o hacíamos alguna travesura, nuestros genitores nos regañaban. Era algo que nos lastimaba pero era necesario para que aprendiéramos a comportarnos mejor. Esos regaños eran la forma que nuestras personas cuidadoras tenían para educarnos y por consiguiente, ir construyendo, desde la infancia, nuestra mejor versión.
El lenguaje, y a través de él la capacidad de comunicar nuestras ideas, pensamientos y sentimientos, es lo que nos caracteriza como seres humanos. Sin embargo, las palabras pueden ser armas, tienen la fuerza de herir y, en algunos casos, destruir.
Ya la historia nos enseñó el potencial letal que los discursos de odio pueden tener en la construcción de políticas genocidas y de exterminio. Sin embargo, en la cotidianidad de las comunicaciones que cada uno de nosotros tiene en su día a día, hay palabras y frases que nos pueden afectar (especialmente si las percibimos como agresiones y provienen de personas que tienen algún poder sobre nosotros, por una relación jerárquica o afectiva) y otras que, en cambio, nos llegan como abrazos al corazón.
En otra ocasión hablaremos de las palabras que hieren, para reflexionar sobre cómo podemos aprender a controlar el impacto que generan en nuestras vidas. Puede haber mensajes que en ningún momento quieren ser ataques u ofensas y aun así nosotros los percibimos como tales pensando que somos víctimas permanentes de agresiones de las demás personas. A veces, inclusive las personas que más nos aman nos hieren involuntariamente quizás por su manera de expresarse o porque ven que nos estamos haciendo daño y ya no saben cómo llamar nuestra atención.
Pero aquí quiero concentrarme en los mensajes positivos, en aquellas palabras y frases que nos hacen sentir bien. Que sea un “te amo” o un “te quiero” de una persona que nos quiere de verdad (pareja, familiar o amistad), un “te estimo” o “te admiro” o un “gracias por estar en mi vida”.
La lista puede ser muy larga. Sin embargo, no es suficiente juntar palabras bonitas en una misma frase. La verdadera magia sucede cuando esas palabras nacen desde el corazón, cuando esas frases son sinceras y las decimos porque es lo que sentimos de verdad.
Si las decimos para no quedar mal o para tratar de conseguir algo a cambio, estamos abusando del poder mágico de las palabras amorosas.
Sin embargo, entre las muchas frases mágicas, hay una en particular que me parece muy poderosa y que es una de mis favoritas: “Dime en que te puedo ayudar”. Es la clave para encargarnos de verdad de alguien que amamos (y no hablo de amor romántico) y que queremos cuidar y proteger. Es la fórmula mágica para decir a los nuestros que estamos para ellos y que pueden contar con nosotros. Pase lo que pase. No hay nada más bonito que cuidar a las personas que queremos.
Querida lectora, querido lector, ¿y tu frase mágica cual es?
Más sobre esta sección Más en Coahuila